lunes, 12 de octubre de 2015

Perlitas sinodales

. El Papa Francisco asumió el ministerio petrino consolando a sus fieles con la promesa de una “Iglesia de puertas abiertas”. No aclaró que, en cambio, el aula sinodal sería de puertas cerradas con varios cerrojos, los suficientes para tener bien enjaulado al Espíritu Santo. Su amanuense, el cardenal Beria-sseri (¿o era Baldisseri?) dispuso que, sobre las discusiones de los padres
sinodales, solamente se conocerá lo que la oficina de la Santa Sede decida al final de la jornada de trabajo. Cada uno de los participantes podrá dar a conocer a los medios lo que él dijo pero no lo que dijeron otros sinodales. “Transparencia y apertura en primer lugar”, es el lema de Beria.  No contaban, sin embargo, con que los obispos polacos son un poco duros de entender y publicaron en la página web de su Conferencia Episcopal un breve resumen de las intervenciones de todos los Padres del Sínodo. Por cierto, la información duró pocas horas porque, desde el Vaticano, los obligaron a quitarla. Sin embargo, fueron prudentemente registradas por medios como Infovaticana y Rorate Coeli. Se pueden recoger varias perlitas de lo afirmado por nuestros padres y maestros en la fe.
. El obispo belga Johan Bonny propuso que “Debe tenerse en cuenta los elementos positivos presentes en las uniones civiles, prestar atención a los “granos de verdad” que contienen. Evitar la exclusión. Dejar un margen de maniobra a los obispos locales. Desarrollar una visión de la Iglesia como familia – unidad en la diversidad”. Más que “granos de verdad”, yo veo en las uniones civiles “pústulas de sífilis” y no me parece que las consideraciones de este señor obispo sean católicas. Alguien podría decir que, en la historia de la Iglesia, fue muy común que, en sínodos y concilios, los obispos participantes afirmaran doctrinas contrarias la ortodoxia. Pero, claro, una cosa era escuchar a un obispo nestoriano pronunciarse por las dos personas de Cristo o Felix de Urgell proclamar que Jesús era sólo hijo adoptivo del Padre. Cosa muy distinta es la propuesta del obispo belga acerca de una Iglesia como “unidad en la diversidad” que, para él, significa que los adúlteros y sodomitas de cualquier pelaje deben ser acogidos y aceptados en su estilo de vida. 
. Los obispos panameños poseen una refinada formación teológica. El arzobispo Lacunza, abogó por una apertura de la Iglesia a los divorciados con un ejemplo veterotestamentario: “Moisés dio su consentimiento a las personas, al divorcio por “la dureza de su corazón”. Hoy en día, la “dureza de corazón” se opone a los planes de Dios. ¿No podría ser Pedro tan misericordioso como Moisés?”. No contaba este agustino recoleto con la sutileza bizantina del patriarca sirio melquita Gregorio III Laham quien le recordó que “Jesús corrigió a Moisés" y que, por tanto, el razonamiento del panameño no tenía fundamento alguno. Y remató: “La inestabilidad del matrimonio es contraria a su naturaleza”.  
. El canadiense Lacroix repitió una cantinela contemporánea: “Dios te ama como eres, pero Él no te deja en el lugar donde te encuentras”. ¿Qué significa eso? ¿Jesús amó a la Magadalena como era? Ciertamente la amó como pecadora pero le exigió que se arrepintiera y no volviera a pecar. Pareciera que se trata solamente de sincerarse consigo mismo y presentarse como tal  ante el Señor, porque es así como Él nos ama. Y está bien, pero no dicen que ese es sólo el primer paso. Es como si el hijo pródigo cayera en la cuenta que está enterrado en la inmundicia de los cerdos y mandara a decir a su padre dónde se encuentra, asegurándole que allí se quedará. Mons. Lacroix dice que Dios no te deja en el lugar donde te encuentras, y yo digo que sí te deja allí donde quieres estar porque respeta tu libertad. Él no te sacará si tu no quieres salir.
. En tanto, el arzobispo brasileño Castriani recordaba a los padres sinodales que el Amazonas está desapareciendo. Su próxima intervención consistirá en una propuesta para salvar a las cacatúas de la extinción.
. El arzobispo de Berlín, Heiner Koch, se pregunta el por qué de la exclusión de los sacramentos a los re-casados. La respuesta es bastante simple: porque para recibir los sacramentos de vivos, entre los que se encuentra la eucaristía, hay que estar en gracia de Dios, y el adulterio es pecado mortal. 
. Interesante la intervención del cardenal Rylko: “Se dice que la Iglesia debe ser como “un hospital de guerra”, pero nadie puede ser obligado a ir al hospital”. La imagen del “hospital de campaña”, propuesta por el el Papa Francisco, no tiene más que un efecto mediático. Lo ha notado Rylko: de nada sirve el hospital si los enfermos no quieren curarse. La enfermedad de fondo es la falta de fe en los enfermos… y en los obispos. 
. El también alemán cardenal Marx afirmó que “No hay que mostrar los aspectos negativos de nuestra cultura, porque nuestra gente no entiende”. Mostrémosle los pajaritos y las florcitas de la primavera pero no les digamos que después viene el invierno. Es decir, no le hablemos del infierno y de la condenación eterna porque entienden. El problema es que lo van a entender cuando ya se estén tostando. Y me pregunto yo de quién será la responsabilidad.
. Chapeau para el bielorruso Tadeusz Kondrusiewicz:  “Si estamos de acuerdo con dar los sacramentos a los divorciados que viven en una nueva relación, estamos a favor del divorcio”. No me extrañaría que sea próximamente misericordiado.

. Y para cerrar, el cardenal Pell, como digno ex-Wallabies, apuntó directo al Papa Francisco: “¿Por qué la comisión que redactará la relación final del Sínodo ha sido nombrada con esa composición?”, dijo. La composición tiene una clara mayoría progresista y ha sido nombrada directamente por el Bergoglio. Ya sabemos entonces, el por qué.  

jueves, 8 de octubre de 2015

El sínodo de Groucho Marx


Está por ver que el Espíritu Santo asista a los obispos reunidos en el sínodo de la familia que se está celebrando estos días en el Vaticano. Pero el que sin duda está presente y omnipresente en esa asamblea, es el espíritu de Groucho Marx. De ahí que el lema del sínodo pueda resumirse en su archiconocida frase: «Estos son mis principios; y si no le gustan, tengo otros».
Es evidente que los principios de la Iglesia católica relativos a la familia no son del agrado de nuestra posmoderna civilización occidental. Se acerque uno como se acerque al tema, y por mucha voluntad de vivir y dejar vivir que se pretenda, la idea católica de familia, y la mentalidad dominante en nuestros días, no encajan, y a duras penas si pueden coexistir. Empezando por el postulado de que el matrimonio es un vínculo de un hombre con una mujer. Siguiendo por la indisolubilidad de dicho vínculo. Y concluyendo por la idea de que el matrimonio debe estar abierto a la procreación. En un mundo como este, férreamente dominado por la lógica binaria, no hay forma humana de conjugar semejante planteamiento con la extendidísima idea de que un matrimonio es un vínculo entre dos (???) seres adultos cualesquiera del género humano ―e incluso esto último tal vez sea también revisable―, que se ligan libremente por el tiempo y en la forma en que ellos decidan, y, por supuesto, sin compromiso alguno de procurar descendencia.
De manera que el conflicto entre la Iglesia y el mundo está garantizado. ¿Garantizado? Bueeeno. Parecía que sí, pero ahora va a ser que no. Y es que, por lo que vamos viendo, el Pontífice felizmente reinante conoce bien la sentencia de que, si uno no quiere, dos no se pelean. Y ha decidido que él no quiere pelearse (¿con la clientela?). Quede para San Pablo aquello de «he peleado el buen combate». Además de que San Pablo era un peligroso extremista, y bastante homófobo. Algún día habrá que ajustar las cuentas con él. Pero guardemos eso para otro sínodo, porque no se puede resolver todo de una vez. 
De momento, conviene buscar la forma de decir «Diego» donde se dijo «digo» en el tema de la familia. Pero tampoco se puede hacer eso muy directamente, puesto que no hay que olvidar que en la Iglesia sigue quedando alguna gente que cree en el catecismo, y que incluso recuerdan la «familiaris consortio» de San Juan Pablo II (... otro pesado). Y tales integristas podrían enfadarse si no se procede con tacto y sutileza, y montar desagradables broncas.
De manera que lo mejor es salir a las periferias de la inteligencia, a buscar conceptos indigentes, vagos y neblinosos, que nos permitan afirmar, según levante el día, o según se mueva el viento, una cosa o su opuesta, con teológico desparpajo: «inclusividad», «gradualidad», distinción entre «doctrina» y «pastoral»,... Todo esto da mucho juego. Siempre podremos sostener que la doctrina no cambia, sólo que ella describe el ideal hacia el que nos encaminamos. Ahora bien, mientras que llegamos o no, hay que tematizar el proceso (¿infinito?) de acercamiento, en el que caben, como estadios intermedios, todas las realidades humanas que se pretenda. Las cuales requieren un misericordioso acompañamiento pastoral, y blá blá blá. Y no olvidemos, además, que la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte.
Una pena que San Juan Pablo II, quién sabe si oliéndose ya el pastel, escribiera en la encíclica «veritatis splendor» cosas como esta:

«La doctrina de la Iglesia, [...], es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. [...] Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente [...] En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su profundo significado de irradiación de la sabiduría eterna de Dios [...] Incluso en las situaciones más difíciles, el hombre debe observar la norma moral. Sería un error gravísimo concluir... que la norma enseñada por la Iglesia es en sí misma un "ideal" que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las —se dice— posibilidades concretas del hombre: según un "equilibrio de los varios bienes en cuestión".»

Difícil lo puso. Pero para eso tenemos un sínodo de la familia. Y un pueblo desmemoriado. Entretanto, el enjambre de padres sinodales zumba suelto por Roma, y, de repente, todo parece posible, aceptable, y pastoralmente acompañable: Del divorcio a la poligamia, nada queda sin probar. ¿En qué puedo servirle? ¿Qué desea el señor? Este debe ser el nuevo tono eclesial. O, como declaró un destacado participante el otro día: «Debe ponerse fin al lenguaje exclusivo y hacer un fuerte énfasis en abrazar la realidad tal como es». Que es lo mismo, pero en más fino.
Groucho Marx sonríe, mientras su cinismo toma posesión de los príncipes de la Iglesia, ya con todo descaro. La doctrina y el depósito de la fe son cortados a pedazos, y sus astillas arrojadas a la caldera sinodal, que gira y gira a toda velocidad. ¡Más madera, muchachos, esto es la guerra!

«Una noche en la ópera», «Un día en las carreras», «Un sínodo de la familia». Grandes comedias de los hermanos Marx. Aunque, bueno, el mérito de la última no corresponde exclusivamente a ellos. Pues, a fin de cuentas, el guión lo ha escrito el Papa Francisco. Y el Papa Francisco ha elegido a los actores, y a los redactores de las conclusiones, y hasta lo que deben concluir. El Papa Francisco es, en definitiva, la continuación de Groucho Marx por otros medios.

Francisco José soler Gil

martes, 6 de octubre de 2015

Del lodazal a la ciénaga

Llama la atención que una institución como la Iglesia Católica que, aún desde un punto de vista meramente humano, ha pervivido en el tiempo como ninguna otra, superando innumerables avatares históricos debido a la pericia de su clase dirigente, se encuentre en el actual nivel de decadencia, incapaz de activar los anticuerpos acumulados durante tantos siglos a fin de deshacerse de los bandidos que la han invadido. 
¿Cómo se explica que Jorge Mario Bergoglio haya llegado a ocupar la Sede de Pedro? Se trata de un personaje limitado que, si hubiera permanecido en ocupaciones mundanas, jamás habría pasado de jefe de estación ferroviaria de pueblo. O bien, ¿cómo es posible que Mons. Krzysztof Charamsa haya permanecido durante años ocupando un puesto en la Congregación para la Doctrina de la Fe y, paralelamente, llevando una vida de pecado a través de conductas homosexuales,  conviviendo con otro hombre, en abierta oposición a la doctrina que debía defender y a los mismos mandatos del Señor? ¿Es que nadie se dio cuenta? ¿Es que a nadie le importó? ¿Es que nadie se animó a echarlo? ¿Qué cocido se cuece tras los muros vaticanos?
Las causas de este fenomenal desaguisado son múltiples. Y yo quiero insistir una vez más en una de ellas: el abandono por parte de la Iglesia de la inteligencia. Y el ejemplo más palpable de todos es que, al pontífice brillante intelectualmente que tuvimos hace pocos años, lo dejaron solo en la durísima tarea de gobernar, forzando su renuncia, y elevaron a su puesto a un vivillo incapaz de hablar con propiedad siquiera su lengua materna.
En el siglo XIII, los “cuadros” de la Iglesia se formaban en las universidades. Los estudiantes de París, Oxford y Bolonia eran todos clérigos, religiosos o seculares. No pretendían formar intelectuales; simplemente formar la inteligencia de la fe en quienes iban a predicarla. Luego, los jesuitas inventaron los seminarios, y algún tiempo después apareció Saint Sulpice. Hoy, los sacerdotes se forman en parvularios intelectuales. Y pongo un ejemplo. En el seminario de una diócesis de la periferia cuyana, un personaje menor y prescindible, enseña seis materias filosóficas. Me pregunto yo cómo se hace para poseer semejante sapiencia si a esa tarea se suman las funciones pastorales que desempeña y las tareas burocráticas que el obispo le encomienda en la curia. Pero esto no es todo. Este señor cura ha elaborado un documento para sus seminaristas en el que, partiendo de la infalibilidad del magisterio de la Iglesia y del poder magisterial de los obispos, que delegan en los profesores de los seminarios (?), concluye que los seminaristas no pueden discutir u objetar lo que sus profesores le enseñan. Replica, por cierto, lo que su Ordinario enseña: la obediencia está antes que la Verdad.
Vuelvo a la pregunta inicial resignificada por el caso relatado: ¿cómo es posible que la Iglesia haya seleccionado como responsables de una porción de su rebaño y de la formación de sus pastores a semejantes especímenes, capaces de sostener tales monstruosidades intelectuales?
La cosa viene de lejos y no comenzó con el Vaticano II. Rorate Coeli publicó recientemente un ensayo de Louis Bouyer escrito en 1978 y titulado “La Iglesia católica en crisis” (pueden leerlo aquí en inglés). Allí, el brillante y silenciado teólogo francés, trata el problema del lefebvrismo con su característica lucidez y valentía, poniendo cada cosa en su lugar. Cuenta -y esto es lo relevante para el tema de este post- que su predecesor en la cátedra de Historia de la Iglesia en el Institut Catholique de Paris, el P. Guy de Broglie, S.J., solía hacer, después del tercer vaso de vino, esta reflexión: “Pío X sacó ventaja de la inesperada oportunidad que le brindó la separación de la Iglesia y el Estado para reducir a los clérigos franceses a la pobreza, y de la oportunidad que le proveyó el Modernismo para condenarlos a la ignorancia, y de ambas para poner imbéciles que los gobernaran. Y todo esto porque temía, casi obsesivamente, que retornara el galicanismo. Algún día, para el que no falta tanto, veremos cuánto nos ha costado esta decisión, y Roma será la primera perjudicada por todo esto”.
Probablemente, San Pío X sea responsable de lo que le achaca de Broglie. Pero recordemos también que Newman, inmediatamente después de su conversión, cuando fue a Roma a estudiar, se escandalizaba del pobre estado de la filosofía y de la teología. No había estudios sobre Aristóteles o Santo Tomás. Unas cuantas preguntas que le hizo a sus profesores del colegio de Propaganda Fide los confundieron totalmente y no supieron qué responderle. Y esto ocurría en octubre de 1846 (The Letter and Diaries of John Henry Newman, vol. XI, Oxford, 1977, p. 280). Y una sensación similar le causó a R. H. Benson la formación sacerdotal en Roma en 1903 como ya discutimos en este blog.
Varias décadas más tarde, escribía el P. Castellani: “El régimen del seminario iba en mi tiempo [se refiere al seminario de Devoto en la década del ’30, regenteado por los jesuitas] -y estimo que no ha cambiado mucho- a contrapelo del sentido común y la honradez natural: no se cumplían los mandatos y avisos de la Santa Sede, mientras se hacían grandes homenajes al “Día del Pontífice”. No se aprendía con seriedad ni se enseñaba con competencia; y el rector de entonces profesaba públicamente porque así le convenía a él -contra lo declarado por S.S. Pío XI en su encíclica Studiorum duce- que el “sacerdote no necesitaba ciencia sino piedad” -y había que ver lo que entendía él por piedad-; de modo que en su juicio los estudios eran como una manera de pasar el tiempo, hasta que llegara la ansiada hora de meter barba en cáliz… y ejercer el “ministerio”: el ministerio de la impartición de la Verdad, reducida así por él a la venta intensiva de ceremonias mágicas a cargo de una manga de empleados servilmente sometidos a la llamada “Jerarquía”, es decir, a la Gerencia. Una prueba de esto es que los exámenes eran una verdadera farsa, y los alumnos que allí se aplazaban por ignorantes eran promovidos muchas veces después por él sin más control ni trámite que el capricho de sus preferencias y sin más méritos que ser “confidentes del Rector”, y así en lo demás” (Seis ensayos y tres cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p. 194). 
¿Es que la situación cambió desde que Castellani escribiera esto en 1953? Claro que cambió. Para peor. A los rectores de los seminarios actuales, y a los obispos que son sus responsables, no les importa que los sacerdotes tengan ciencia y mucho menos que tengan piedad. Les importa que tengan “olor a oveja”. Les importa que sean pastores, y hay que ver lo que entiende esta gente por “pastor”. Peor aún: no se espera que el sacerdote salga a ejercer el ministerio de la Verdad y tampoco que celebre ceremonias más o menos mágicas (las ceremonias que celebran hoy son todo lo contrario); se espera que repartan misericordina y salgan a curar heridas, como si las heridas del alma -es decir, el pecado- pudiera curarse con sonrisas, cantos melosos, guitarritas y gestos amariconados. Lo único que cura es la Verdad: la verdad sobre Dios y la verdad sobre uno mismo. Y para conseguir ambas, hace falta estudio y piedad verdadera. 
Y esta situación de catástrofe no es privativa de Argentina. Es la situación universalmente aceptada, aún en las otrora famosas universidades romanas. Díganme quién le hace caso hoy en los ambientes eclesiásticos a los exámenes y qué significa, en la realidad, aprobar con Summa cum laude o con Rite probatus, si es que alguna vez algún profesor se anima a calificar de ese modo a un estudiante. Nada, absolutamente nada.

Don Francisco José Soler Gil se preguntaba hace unos días en este mismo blog: “¿Podría convertirse hoy un Chesterton al discurso buenista de Bergoglio? ¿Cabe pensar en un Knox, en un Belloc, en un Geach, en una Edith Stein, en una Elizabeth Anscombe que abrazaran la Iglesia movidos por el discurso que ésta trata de subrayar ahora?”. No lo creo. A los polvos acumulados durante más de dos siglos, los convirtió Juan XXIII en un lodazal al convocar el concilio Vaticano II, y hoy, con Bergoglio en la sede petrina, son una ciénaga maloliente a la que difícilmente alguien se anime a adentrarse. 

Un cuento breve


El hermano mayor había ensuciado todo y, para que la mamá no lo descubriese, trató de esconder la basura bajo la alfombra.
El hermano menor lo vio y le dijo que eso estaba mal, que no era el modo de limpiar. La única respuesta fue que tenía que callarse y que no se metiera, que eran cosas del hermano mayor.
El hermano menor, no pudiendo hacer otra cosa, gritó, diciéndole a la
mamá: “¡Mamá, Estibe (así llamaba a su hermano mayor, Steve) está escondiendo la basura bajo la alfombra, y se enojó porque lo vi”.
El hermano mayor escuchó el grito y le pegó al hermano menor.
Efectivamente, se había enojado porque lo vieron esconder la basura bajo la alfombra.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado.

Autor Anónimo

sábado, 3 de octubre de 2015

La piedra de molino



El mismo día que la Sala de Prensa del Vaticano aclaró que el Papa de ninguna manera apoya la postura valientemente contraria al matrimonio homosexual de la funcionaria Kim Davis, se conoció el video del tierno encuentro entre un exalumno del Pontífice, su pareja homosexual treinta y seis años menor y la familia de éste.
El Papa Francsico fue profesor del colegio secundario de Yayo Grassi en 1964. Este señor tendrá actualmente entonces, no menos de 55 años. Logra una entrevista con el Santo Padre en la Nunciatura Apostólica en Washington a la que asiste con su novio, de diecinueve años, y la familia indionesia del doncel. Por el diálogo que se escucha en el video, queda claro que la parejita ya había se había encontrado con el Papa en Roma, puesto que éste lo reconoce.
Si esto no es escandalizar a los pequeños, yo ya no sé qué es el escándalo.

viernes, 2 de octubre de 2015

¡Qué te hicieron Kim Davis!

Fueron muchos los fieles que conservan la fe católica que, luego del triunfal y mundano viaje pontificio a los Estados Unidos, se reconfortaron cuando se filtró la información que el papa había recibido durante 15 minutos en la Nunciatura Apostólica a la jueza Kim Davis que había sido encarcelada por negarse a celebrar un matrimonio entre personas del mismo sexo. En la ocasión, Bergoglio la había reconfortado y alentado a que se mantuviera firme en sus convicciones.
Era raro y yo, que soy malo, me olí que algo se vendría. Y se vino nomás. Hoy nos enteramos que el pobre P. Lombardi tuvo que salir, nuevamente, a explicar lo que realmente el Papa hizo: debido a la amabilidad y apertura características del Sumo Pontífice, recibió a muchas personas en la nunciatura en Washington, entre las cuales estaba Kim Davis, pero a la que apenas saludó sin saber siquiera de quién se trataba. Ese saludo, aclara Lombardi, no debe entenderse como un apoyo a su postura contraria al matrimonio gay.
No albergo dudas de que, efectivamente, Bergoglio recibió, saludó y alentó a Davis. Como buen peronista, le dijo lo que la pobre mujer quería escuchar, y al día siguiente dijo e hizo lo contrario. Ya está más que demostrado que es una persona que no tiene la menor inhibición moral para la doblez y la mentira, como buen jesuita. 
Pero aquí entra a tallar otro factor. La noticia que explotó ayer a través de Marco Tosatti, informadísimo periodista especializado en temas vaticanos: un grupo de 30 sacerdotes, la mayoría de ellos jesuitas, con la presencia de un argentino (Mons. Tucho Fernández) y liderados por el P. Spadaro, cercanísimo consejer de Bergoglio y director de La Civilttá Catolica, se están reuniendo desde hace algunos días en una residencia romana de la Compañía a fin de redactar el documento final del Sínodo sobre la Familia. Es decir, el documento final, que será aquel que el firme el Papa, ya está escrito, y en él se tratan los temas más complejos: segundas bodas de divorciados y su comunión sacramental, y unión de personas del mismo sexo.  
Hoy acaban de aparecer las disposiciones que reglamentarán el funcionamiento del Sínodo, es decir, el modo en el cual el cardenal Baldisseri, su Secretario General, manipulará la asamblea. Llama la atención, por ejemplo, que se mencione que el Santo Padre ha insistido en que “el Sínodo debe ser un espacio protegido, para que pueda actuar el Espíritu Santo, de modo que los Padres tengan la libertad de expresarse con parresía”. Y, por este motivo, los fieles conoceremos solamente un briefing al final de la jornada con lo acontecido en el aula sinodal, reseña que será elaborada, por cierto, por Lombardi y la oficina de prensa de la Santa Sede. Es decir, no sabremos qué dicen y qué opinan los obispos. Sabremos solamente el “relato” que el Papa quiera que sepamos.  

Preparemonos porque se vienen días difíciles.