jueves, 30 de mayo de 2019

Nada, nada queda



Escribe Federico García Lorca a su familia desde Nueva York, el 14 de julio de 1929:

Lo más interesante de esta inmensa ciudad es precisamente el cúmulo de razas y de costumbres diferentes. Yo espero poder estudiarlas todas y darme cuenta de todo este caos y esta complejidad.
“He asistido también a oficios religiosos de diferentes religiones. Y he salido dando vivas al portentoso, bellísimo, sin igual catolicismo español.
“No digamos nada de los cultos protestantes. No me cabe en la cabeza (en mi cabeza latina) cómo hay gentes que puedan ser protestantes. Es lo más ridículo y lo más odioso del mundo.
“Figuraos vosotros una iglesia que en lugar de altar mayor haya un órgano y delante de él a un señor de levita (el pastor) que habla. Luego todos cantan, y a la calle. Está suprimido todo lo que es humano y consolador y bello, en una palabra. Aun el catolicismo de aquí es distinto. Está minado por el protestantismo y tiene esa misma frialdad. Esta mañana fui a ver una misa católica dicha por un inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto innato de la belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la Virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza.
“Ahora comprendo también, aquí frente a las iglesias protestantes, el porqué racial de la gran lucha de España contra el protestantismo y de la españolísima actitud del gran rey injustamente tratado en la historia, Felipe II.
“Lo que el catolicismo de los Estados Unidos no tiene es solemnidad, es decir, calor humano. La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, prueba para los sentidos, de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración. Pero es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios.

Epistolario completo; Cátedra, 1997; 626-627.





lunes, 27 de mayo de 2019

Retractationes


El gran San Agustín dio el ejemplo. Llegados a un cierto punto es necesario volver la mirada y considerar si todo lo que escribimos y pensamos sigue estando vigente y aún lo sostenemos, o es necesario revisarlo y ajustarlo. Lo hizo en su libro Retractationes y yo, apenas un blogger de poca mota, quiero señalar un error que sostuve durante varios años y que la realidad me lo ha revelado como tal en los últimos meses.

Durante varios años, y sobre todo al comienzo de este blog, sostuve aquí y allá que la Iglesia, durante los últimos siglos se había focalizado demasiado en los pecados contra el sexto mandamiento en detrimento de otros más graves y sustanciales, de modo tal que la santidad había quedado reducida a la virtud de la castidad, entendida como pureza angelical, conseguida a fuerza de presiones y avemarías, que terminaban por explotar en uno u otro momento. La mía no era una posición original. El progresismo la sostiene desde sus comienzos y también algunos ambientes tradicionalistas que consideran casi como una presea los “pecados de caballero” porque -dicen-, el hombre es por naturaleza polígamo y no se le puede pedir peras al olmo. “¡Y todavía se enorgullecen! Deberían estar de duelo”, les diría San Pablo (I Cor. 5,1). Es que nosotros no éramos como esos neocones beatones y mojigatos...
Está a la vista el resultado de este error que también yo asumí. Los pecados contra la castidad pueden ser, como de hecho son, pecados que se ubican en las zonas ligeras de la taxonomía moral, pero son igualmente graves y sus consecuencias devastadoras. Y para demostrarlo, basta ver lo que ha ocurrido en la Iglesia en los últimos tiempos: sacerdotes de todos lo pelajes y posicionamientos dentro del terreno de la ortodoxia que, alegremente en la mayoría de los casos, vivían una vida sexual desordenada cuando no dilectiva.  Y todos nos preguntamos cómo era posible que esos religiosos que pasaban por hombres piadosos y temerosos de Dios, luego de una noche de juerga, celebraran al día siguiente la santa misa con aparente devoción. A ese punto de sacrilegio espantoso los llevaba la ceguera de la fornicación.
Y me pregunto cómo pude yo adoptar una posición displicente hacia esas faltas cuando todos los santos y maestros de la fe alertaban siempre con tanta fuerza contra ellas. Quien lee la Filocalia, por ejemplo, encuentra que a cada paso los Padres del Desierto advierten a sus monjes sobre el peligro de los pecados contra la castidad, pues a través de ellos el demonio toma posesión del alma. Y de ellos en adelante, todos los autores espirituales han seguido por el mismo camino, y no en vano la Iglesia presentó durante siglos como ejemplos a seguir a aquellos santos que se distinguieron por su pureza que, en ocasiones, me parecían ñoñerías. 
La cuestión era cuidarse del jansenismo porque, extrañanamente, en los ambientes tradicionales y conservadores el mote de jansenista o puritano es particularmente temido; se trata de un insulto y un desprecio que todos queremos evitar. Y lo curioso es son pocos -muy pocos- los que saben qué fue real e históricamente el jansenismo, convertido en una etiqueta útil para ser adherida en la frente de cualquier indeseable. Si alguien advertía acerca de la inconveniencia de chistes de doble sentido, o de conversaciones masculinas sobre mujeres, o de palabras subidas de tono, era un jansenista. Los buenos católicos estábamos libres de esas minucias morales; estábamos para cosas mucho más grandes que esas. Y así nos fue.
No voy a repetir aquí lo que todos los que aprendimos un buen catecismo sabemos, y lo que todos los maestros y doctores de nuestra fe nos han recomendado acerca de la belleza y necesidad de la castidad, y de la gravedad de las faltas en su contra: se trata de un pecado donde no existe la parvedad de materia. Quiero proponer, en cambio, lo que enseñaba Aristóteles porque, si no bastan para convencernos los argumentos sobrenaturales y la voluntad de Dios, al menos probemos con los que surgen del orden natural. 
«De modo que también en términos generales es prudente el hombre reflexivo… [y] la prudencia... tiene que ser, por tanto, una disposición racional verdadera y práctica respecto de lo que es bueno y malo para el hombre» (Etica a Nicómaco, VI, 5 (1140 a 24-1140 b 5), es decir, un conocimiento de lo que es el fin del hombre y de los medios por los que debe transcurrir el comportamiento propio para alcanzarlo. El descontrol sexual y la falta de castidad entumece y bloquea justamente este tipo de conocimiento.
Prudencia se dice en griego frónesis, y templanza, sofrosyne, y Aristóteles indica que el término sofrosy-ne significa justamente «salvaguarda de la fróne-sis», o sea, salvaguarda de la prudencia. (Etica a Nicómaco. VI, 5 (1140 b ll): «Y lo que salvaguarda es la clase de juicio a que nos hemos referido; porque el placer y el dolor no destruyen ni perturban toda clase de juicio, por ejemplo, el de si los ángulos del triángulo valen o no dos rectos, sino los prácticos, que se refieren a la actuación. En efecto, los principios de la acción son los fines por los cuales se obra; pero el hombre corrompido por el placer o el dolor pierde la percepción clara del principio, y ya no ve la necesidad de elegirlo todo y hacerlo todo con vistas a tal fin o por tal causa: el vicio destruye el principio» (Etica a Nicómaco, VI, 5 (1140b 13-19).

Hay todavía en Aristóteles un factor de máxima relevancia en orden a evitar el descontrol sexual, que se relaciona también con el enfoque mismo del tema: la vergüenza y el pudor. La vergüenza es de suyo un sentimiento de rechazo de lo que es vil, debilitante o degradante (Etica a Nicómaco, X, 9 (1179 b 12), y siendo el descontrol sexual lo más degradante por ser lo que más anula el pensamiento y, por tanto, lo que más impide al hombre ser él mismo, es por esta razón lo que mayor vergüenza provoca. Vergüenza se dice en griego aischyne, de cuya raíz aisch- se forma el sustantivo aischrós, que significa obsceno, y el verbo aischyno, que significa deshonrar. El descontrol sexual produce vergüenza porque deshonra.
Por otra parte, pudor se dice en griego aidós, de cuya raíz aid- se forma el sustantivo aidesis, que significa veneración, compasión, respeto, y el verbo sidéomai, que significa tener pudor, respetar, venerar, tener compasión y honrar. En el pasaje mencionado Aristóteles habla de la vergüenza y el pudor como motivos para robustecer la virtud de la templanza —para evitar el descontrol sexual—, es decir, apela al honor y respeto que merece el sexo (pudor) y a la precaución por la deshonra que su descontrol ocasiona (vergüenza).
Pareciera entonces, que las faltas contra el sexto mandamiento, poco a poco, van minando la prudencia; el hombre des-templado o intemperante, termina siendo en poco tiempo un hombre im-prudente, que deja de pensar y de poner los principios que lo conducirán a sus fines. Y sabemos que la prudencia es la reina de las virtudes. Ofuscada ella, el resto comienzan también a palidecer. 
Peor aún, los fines del hombres incontinente terminan siendo la obtención inacabable de placer sexual, una suerte de deseo dionisíaco que nunca logra satisfacerse y, por eso, es capaz de lo impensable, desde celebrar sacrílegamente la Santa Misa hasta aprovecharse de los que conoce en fuero interno de sus dirigidos o penitentes para satisfacer sus deseos.
Sin-vergüenza les diría Aristóteles, ya que a tal punto llegó el descontrol de su sexualidad, que el temor a la vergüenza que le podrían provocar sus actos si se hicieran públicos, desaparece o se atenúa.  


Abyssus abyssum invocat, decía el rey David (Ps. 42,8). “Abismo que llama a otro abismo”. Como el inglés que se internó en el pantano según la fábula de Castellani, quien se hunde en el barro de la impureza, difícilmente pueda volver atrás. Sólo podrá hacerlo por milagro de Dios. Y Dios no está obligado a hacer milagros.

viernes, 24 de mayo de 2019

La prière. Ora et labora



Llegué por pura casualidad a esta película estrenada el año pasado. Se llama La prière, y en España se conoció como El creyente. Desconozco si se estrenó en Argentina, pero puede ser fácilmente encontrada en los sitios de legalidad dudosa a los que muchos solemos recurrir en estas zonas periféricas del mundo civilizado.
Es una película rara; más que rara, rarísima, por la sencilla razón de que es una película de espíritu católico, casi me animaría a decir para escándalo de algunos, una película con un mensaje profundamente cristiano. Muestra el camino de redención y curación del alma que emprende un pecador con la ayuda de los medios que la Iglesia, desde sus mismos inicios, recomendó para alcanzar la salvación: la oración y el trabajo. Ora et labora
Narra la historia de un joven drogadicto que se acerca a una comunidad ubicada en las soledades de los Alpes franceses, dedicada al rescate y curación de adictos. Pero se trata de una comunidad profundamente católica que utiliza como medios terapéuticos la oración intensa -rosario, la recitación de los salmos y la liturgia-, y el duro trabajo manual de la vida campestre, todo eso en un ambiente de familia, en el que se cuidan unos a otros y obedecen a alguien que es mayor que ellos. Una especie de monasterio contemporáneo.
El catolicismo que muestra la película es el típico de los grupos conservadores franceses, nacidos al calor del carismatismo de derecha. Aunque puedan gustarnos más o menos, son grupos que tuvieron y tienen mucha repercusión y que conservan la fe.
Observaciones: El final podría haber sido un poco mejor, y hay una escena muy inconveniente, totalmente innecesaria, que puede ser salvada fácilmente con solo apretar el botón correspondiente.

jueves, 16 de mayo de 2019

La encuesta espejo de Mons. D'Annibale


La diócesis de San Martín es una más de las que pueblan el Gran Buenos Aires. Está regenteada por Mons. Miguel D’Annibale, de la escuela de San Isidro: Casaretto, Ojea, Franzini… una extensa lista de prelados calamitosos fueron sus maestros y compañeros. Y a este obispo se le ha ocurrido que su iglesia diocesana será una “iglesia sinodal”, puesto que estará en permanente estado sinodal, como nos explica este curita desarrapado con ganas de ser obispo. 

Es decir, será una iglesia con estados generales permanentes. Un disparate. Nadie critica aquí los sínodos diocesanos, que son parte de la Tradición y que fueron recomendados por el Concilio de Trento. El problema es pretender que el sínodo sea permanente.
Pero vayamos a lo que nos interesa. Como el primer paso de la sinodalidad es la escucha, la diócesis ha dispuesto un encuesta destinada a ser respondida por la mayor cantidad posible de habitantes de esa circunscripción, más allá de su cercanía o lejanía con la vida diocesana. Se trata de un cuestionario que, según nos dice el curita, fue confeccionado por el mismo obispo y sus sacerdotes. Puede ser respondido on line y pueden verlo aquí
Estuve tentado de proponer a los lectores del blog una maldad: que cada uno de nosotros se comprometiera a responder diez veces el cuestionario, con respuestas al azar, con lo cual el señor obispo recibiría unos treinta mil cuestionarios extra, que le distorsionarían totalmente el resultado y y su sinodalidad quedaría complemente arruinada. Pero logré vencer la tentación.
Una primera observación tiene que ver con la vergüenza ajena que produce la lectura de esta encuesta y que refleja el estado real de la jerarquía de la Iglesia, que es mucho peor que lo que el peor periodista puede imaginar. No saben ni siquiera escribir en un castellano aceptable. Al leer las pocas líneas de la introducción, se descubren errores de puntuación, de ortografía y de sintaxis.
Pero lo peor de todo es la encuesta en sí misma. Toda encuesta es un instrumento de medición y, como tal, debe ser confeccionado por especialistas. En caso contrario, se pierde el tiempo, porque no mide nada ya que sus resultados no son fiables. Es una balanza que tiene las pesas alteradas. No sirve. Y no hay que ser sociólogo para darse cuenta del carácter elemental de la encuesta episcopal. ¿Qué probará? Lo que D’Annibale y sus curas quieren probar. Ya tienen la hipótesis respondida; hacen la encuesta como un juego destinado a brindar seriedad a su improvisación. Y pongo un par de ejemplos entre tantos: ¿qué persona admitirá que lo que lo motiva a vivir es el poder o el dinero? Más allá de que estas sean las motivaciones reales de una multitud, aparecen de ese modo en la consciencia de sólo unos pocos. Otro: una persona del montón, que se supone es la destinataria del cuestionario, ¿cómo hará para elegir solamente dos opciones de la pregunta sobre qué espera de la Iglesia de hoy? Toda la oferta le resultará atractiva. 
Creo que cualquiera de nosotros puede anticipar cuáles serán los resultados de la iniciativa: la mayoría de los participantes consideran que la Iglesia actual es lejana a la gente y esperan una Iglesia más cercana. No es necesaria la encuesta.
Pero vayamos a lo más importante. Lo que sí revela con claridad el cuestionario, como un espejo, es la expectativa y la concepción de Iglesia que poseen de los inútiles que lo diseñaron. Ellos solitos, al elegir las opciones de respuesta que proponen a los participantes, dan a conocer sus propias respuestas. Y el resultado es aterrador. 
Cuando preguntan “¿Cómo ves a la Iglesia de hoy?”, las respuestas que ofrecen no son más que la extensión de la visión que ellos mismos tiene de la Iglesia: una institución lejana al pueblo, complicada y burocrática. En el mejor de los casos, su único rasgo positivo es la solidaridad.
Cuando preguntan: “¿Qué esperas de la Iglesia de hoy?”, las opciones dejan ver el concepto que estos sacerdotes tiene de la Esposa de Cristo: una institución abierta, cercana y comprometida con lo social. Sólo eso.

Es muy llamativo y revelador que en NINGÚN momento de la encuesta se haga la menor referencia a algún aspecto sobrenatural. Es sintomático preguntarse por qué a ninguno de ellos se le ocurrió prever una respuesta que dijera, por ejemplo, que se espera “una iglesia santa que santifique a sus hijos”, o “una iglesia eficiente en conducir a las almas a la salvación eterna”; o “una iglesia que acerque a los hombres a Cristo”. Todas las expectativas que suponen que tiene la gente -y creo que suponen bien-, es que la iglesia no es más que una enorme ONG destinada a la acogida de los más vulnerables. El problema es que son las mismas expectativas que poseen ellos.
Un dato curioso es que Mons. D’Annibale se ha especializado en liturgia y ha dado clases de esa disciplina no sólo en seminarios sino también en el Celam. ¿Qué concepción de liturgia puede tener una persona para la cual la iglesia no es más que una institución con fines sociales? Para él, no será más que una suerte de “fiesta comunitaria”, animada por el sacerdote o presidente de la asamblea. Y él, como especialista en liturgia, no será más que una especie de wedding planner sin pretensiones. 
Tal vez nos cueste entender cómo funciona la cabeza de D’Annibale y sus sacerdotes; su concepción de iglesia completamente desacralizada, pero hagamos el intento y saquemos algunas conclusiones:

  1. Alguien podría decir: “Cambió el paradigma de iglesia”. Yo más bien creo que se trata de un cambio de iglesia. D’Annibale pertenece a otra iglesia que utiliza el nombre y las instalaciones de la iglesia católica. La primera opción que debería estar presente en la famosa encuesta es que la iglesia es arca de salvación, pues ella, a través de los sacramentos nos da la vida divina y nos hace herederos del cielo. Eso es lo que predicaron los apóstoles y lo que predicaron los misioneros de todos los tiempos. Lo que los obispos nos están predicando hoy es otra cosa completamente distinta, que ni siquiera nombra a Cristo. Más allá de que no lo queramos ver -es lo que al menos me ocurre a mi- y mucho menos que queramos sacar las consecuencias, estamos frente a dos iglesias: la de siempre, y la otra, la que se prostituye con el mundo. 
  2. ¿Tiene algún sustento pretender que estos “agentes de pastoral”, como se autodenominan, sean castos? ¿Podemos asombrarnos de los escándalos que vemos a diario? Es como si pretendiéramos que una enfermera de la Cruz Rojo o que un activista de Green Peace fuesen célibes? ¿Por qué razón deberían serlo? El celibato sacerdotal y religioso sólo se entiende, y se soporta, en razón del amor a Cristo. Eliminado Cristo como centro de la vida, y puesto los pobres en su lugar, por ejemplo, la estantería se viene abajo con más o menos estrépito. “¿Si hay amor, qué es lo que está mal?”, es la respuesta que darán, que es la misma que dan los seminaristas brasileños según lo devela una inquietante encuesta que comenta Sandro Magister en su blog.
  3. La genial encuesta no hace más que confirmar lo que tristemente sabemos: la Iglesia, Esposa Inmaculada del Cordero, como tal sólo subsiste en las almas de unos pocos fieles y de algunos buenos y santos sacerdotes. La Iglesia como estructura humana, y la gran mayoría de sus burócratas, empezando por el gerente general, se ha transformado en una gigantesca ONG que persigue los mismos fines que cualquier otra de sus colegas. 

martes, 14 de mayo de 2019

Francisco de Cusa




La semana pasada, el Papa Francisco una vez más habló de la diversidad de religiones como una riqueza querida por Dios. Para el pontífice resulta indiferente pertenecer a una u otra religión. Es esa la conclusión que se desprende sus dichos. Todas las religiones son expresión de la rica diversidad divina, que se expresa en el colorido y variedad que vemos en los personajes que se acercan a encender la velita.
Este discurso que nos parece tan disruptivo con la tradición y enseñanza la Iglesia tiene, sin embargo, sus antecedentes tardo medievales, y de la mano de un personaje importante e insoslayable del siglo XV: Nicolás de Cusa. Además de teólogo y filósofo de fuste, que piensa en la tradición neoplatónica y propone nuevos interrogantes y nuevas respuestas, fue cardenal y estrechísimo colaborador de dos Papas en cuestiones relacionadas a la relación con los Estados y la reforma de la Iglesia, además de embajador en Constantinopla. No estamos frente a un personaje menor y que nadaba en las periferias. Fue un hombre genial y, estimo yo, piadoso.
Cuando el Imperio Romano de Oriente cae en poder de los turcos en 1453, escribe un pequeño libro titulado De pace fidei, es decir, Sobre la paz de la fe, en la que propone una suerte de paz religiosa, en la que todas las religiones del mundo lleguen a un acuerdo puesto que, en definitiva, todas ellas no son más que expresiones diversas de un mismo Dios.
Escrita en forma de diálogo entre diferentes sabios pertenecientes a credos distintos que se reúnen en presencia del Padre Celestial, quien les encomienda "el encargo de reducir la diversidad de religiones, me­diante un consenso común, a una sola (7-9)".  Porque, para el Cusano, toda la diversidad reside más en los ritos que en el culto a un solo Dios. Y tengamos presente que, en este tratado al menos, el autor entiende por "ritos" los modos de dar culto a Dios que tienen las diferentes religiones. No habla en sentido propio, es decir, en referencia a los diversos ritos que posee la Iglesia Católica. 
Nicolás de Cusa piensa que eso es posible y propone como hipótesis la idea de una única re­ligión, basada en la fe común en un solo Dios, que respete y admita diferencias en los ritos. Fides una, ritus diversus, dice. Él posee una convicción firme, de que esa única y verdadera religión ya existe, de hecho, presupuesta en las demás religiones, aunque no explícita en todos sus aspectos fundamentales.
Para el Cusano, la variedad de ritos es síntoma de riqueza y, so­bre todo, de una positiva rivalidad en el empeño por dar culto a Dios y no es vista sólo como un mal menor: "las diferencias de ritos no serán motivo de confusión, pues han sido establecidas y recibidas como signos sensibles de la verdad de la fe. Y los sig­nos sufren modificaciones, pero no lo significado" (n. 55). Para hacerlo posible, el Cardenal de Cusa propone un acuerdo en lo fundamental, que es la clave de una sólida y efectiva unidad, y una actitud abierta y flexible en el reconocimiento de las diferencias de los usos y costumbres.
¿Habrá leído Bergoglio a Nicolás de Cusa? No lo sé, pero lo cierto es que la propuesta de ambos es casi la misma.
Conclusión: No hay nada nuevo bajo el sol.