La diócesis de San Martín es una más de las que pueblan el Gran Buenos Aires. Está regenteada por Mons. Miguel D’Annibale, de la escuela de San Isidro: Casaretto, Ojea, Franzini… una extensa lista de prelados calamitosos fueron sus maestros y compañeros. Y a este obispo se le ha ocurrido que su iglesia diocesana será una “iglesia sinodal”, puesto que estará en permanente estado sinodal, como nos explica este curita desarrapado con ganas de ser obispo.

Es decir, será una iglesia con estados generales permanentes. Un disparate. Nadie critica aquí los sínodos diocesanos, que son parte de la Tradición y que fueron recomendados por el Concilio de Trento. El problema es pretender que el sínodo sea permanente.

Es decir, será una iglesia con estados generales permanentes. Un disparate. Nadie critica aquí los sínodos diocesanos, que son parte de la Tradición y que fueron recomendados por el Concilio de Trento. El problema es pretender que el sínodo sea permanente.
Pero vayamos a lo que nos interesa. Como el primer paso de la sinodalidad es la escucha, la diócesis ha dispuesto un encuesta destinada a ser respondida por la mayor cantidad posible de habitantes de esa circunscripción, más allá de su cercanía o lejanía con la vida diocesana. Se trata de un cuestionario que, según nos dice el curita, fue confeccionado por el mismo obispo y sus sacerdotes. Puede ser respondido on line y pueden verlo aquí.
Estuve tentado de proponer a los lectores del blog una maldad: que cada uno de nosotros se comprometiera a responder diez veces el cuestionario, con respuestas al azar, con lo cual el señor obispo recibiría unos treinta mil cuestionarios extra, que le distorsionarían totalmente el resultado y y su sinodalidad quedaría complemente arruinada. Pero logré vencer la tentación.
Una primera observación tiene que ver con la vergüenza ajena que produce la lectura de esta encuesta y que refleja el estado real de la jerarquía de la Iglesia, que es mucho peor que lo que el peor periodista puede imaginar. No saben ni siquiera escribir en un castellano aceptable. Al leer las pocas líneas de la introducción, se descubren errores de puntuación, de ortografía y de sintaxis.
Pero lo peor de todo es la encuesta en sí misma. Toda encuesta es un instrumento de medición y, como tal, debe ser confeccionado por especialistas. En caso contrario, se pierde el tiempo, porque no mide nada ya que sus resultados no son fiables. Es una balanza que tiene las pesas alteradas. No sirve. Y no hay que ser sociólogo para darse cuenta del carácter elemental de la encuesta episcopal. ¿Qué probará? Lo que D’Annibale y sus curas quieren probar. Ya tienen la hipótesis respondida; hacen la encuesta como un juego destinado a brindar seriedad a su improvisación. Y pongo un par de ejemplos entre tantos: ¿qué persona admitirá que lo que lo motiva a vivir es el poder o el dinero? Más allá de que estas sean las motivaciones reales de una multitud, aparecen de ese modo en la consciencia de sólo unos pocos. Otro: una persona del montón, que se supone es la destinataria del cuestionario, ¿cómo hará para elegir solamente dos opciones de la pregunta sobre qué espera de la Iglesia de hoy? Toda la oferta le resultará atractiva.
Creo que cualquiera de nosotros puede anticipar cuáles serán los resultados de la iniciativa: la mayoría de los participantes consideran que la Iglesia actual es lejana a la gente y esperan una Iglesia más cercana. No es necesaria la encuesta.
Pero vayamos a lo más importante. Lo que sí revela con claridad el cuestionario, como un espejo, es la expectativa y la concepción de Iglesia que poseen de los inútiles que lo diseñaron. Ellos solitos, al elegir las opciones de respuesta que proponen a los participantes, dan a conocer sus propias respuestas. Y el resultado es aterrador.
Cuando preguntan “¿Cómo ves a la Iglesia de hoy?”, las respuestas que ofrecen no son más que la extensión de la visión que ellos mismos tiene de la Iglesia: una institución lejana al pueblo, complicada y burocrática. En el mejor de los casos, su único rasgo positivo es la solidaridad.
Cuando preguntan: “¿Qué esperas de la Iglesia de hoy?”, las opciones dejan ver el concepto que estos sacerdotes tiene de la Esposa de Cristo: una institución abierta, cercana y comprometida con lo social. Sólo eso.

Es muy llamativo y revelador que en NINGÚN momento de la encuesta se haga la menor referencia a algún aspecto sobrenatural. Es sintomático preguntarse por qué a ninguno de ellos se le ocurrió prever una respuesta que dijera, por ejemplo, que se espera “una iglesia santa que santifique a sus hijos”, o “una iglesia eficiente en conducir a las almas a la salvación eterna”; o “una iglesia que acerque a los hombres a Cristo”. Todas las expectativas que suponen que tiene la gente -y creo que suponen bien-, es que la iglesia no es más que una enorme ONG destinada a la acogida de los más vulnerables. El problema es que son las mismas expectativas que poseen ellos.
Un dato curioso es que Mons. D’Annibale se ha especializado en liturgia y ha dado clases de esa disciplina no sólo en seminarios sino también en el Celam. ¿Qué concepción de liturgia puede tener una persona para la cual la iglesia no es más que una institución con fines sociales? Para él, no será más que una suerte de “fiesta comunitaria”, animada por el sacerdote o presidente de la asamblea. Y él, como especialista en liturgia, no será más que una especie de wedding planner sin pretensiones.
Tal vez nos cueste entender cómo funciona la cabeza de D’Annibale y sus sacerdotes; su concepción de iglesia completamente desacralizada, pero hagamos el intento y saquemos algunas conclusiones:
- Alguien podría decir: “Cambió el paradigma de iglesia”. Yo más bien creo que se trata de un cambio de iglesia. D’Annibale pertenece a otra iglesia que utiliza el nombre y las instalaciones de la iglesia católica. La primera opción que debería estar presente en la famosa encuesta es que la iglesia es arca de salvación, pues ella, a través de los sacramentos nos da la vida divina y nos hace herederos del cielo. Eso es lo que predicaron los apóstoles y lo que predicaron los misioneros de todos los tiempos. Lo que los obispos nos están predicando hoy es otra cosa completamente distinta, que ni siquiera nombra a Cristo. Más allá de que no lo queramos ver -es lo que al menos me ocurre a mi- y mucho menos que queramos sacar las consecuencias, estamos frente a dos iglesias: la de siempre, y la otra, la que se prostituye con el mundo.
- ¿Tiene algún sustento pretender que estos “agentes de pastoral”, como se autodenominan, sean castos? ¿Podemos asombrarnos de los escándalos que vemos a diario? Es como si pretendiéramos que una enfermera de la Cruz Rojo o que un activista de Green Peace fuesen célibes? ¿Por qué razón deberían serlo? El celibato sacerdotal y religioso sólo se entiende, y se soporta, en razón del amor a Cristo. Eliminado Cristo como centro de la vida, y puesto los pobres en su lugar, por ejemplo, la estantería se viene abajo con más o menos estrépito. “¿Si hay amor, qué es lo que está mal?”, es la respuesta que darán, que es la misma que dan los seminaristas brasileños según lo devela una inquietante encuesta que comenta Sandro Magister en su blog.
- La genial encuesta no hace más que confirmar lo que tristemente sabemos: la Iglesia, Esposa Inmaculada del Cordero, como tal sólo subsiste en las almas de unos pocos fieles y de algunos buenos y santos sacerdotes. La Iglesia como estructura humana, y la gran mayoría de sus burócratas, empezando por el gerente general, se ha transformado en una gigantesca ONG que persigue los mismos fines que cualquier otra de sus colegas.









