domingo, 21 de noviembre de 2021

La liturgia, la comunión en la mano y un cuento de Navidad. Entrevista a Natalia Sanmartín Fenollera




Hay quienes piensan, entre ellos algunos intelectuales católicos, que el tiempo que nos toca es el mejor tiempo posible para vivir. ¿Qué opina sobre esa afirmación?

Depende de cómo se interprete la frase. Todos vivimos en el tiempo en el que debemos vivir, porque todo nuestro ser, incluidas las circunstancias en las que hemos nacido, forman parte de la voluntad de Dios, así que en ese sentido no tengo problemas con la idea. Pero si ese “mejor” se extiende a la época en sí, a la idea es que esta es la mejor de las épocas, entonces no estoy de acuerdo. Es muy difícil juzgar el momento en el que uno vive, nunca hay perspectiva suficiente, pero me parece evidente que estamos inmersos en una época cada vez más oscura, hostil y brutal, aunque se defina a sí misma como tolerante y civilizada, en la que todo el orden cristiano se está derrumbando con enorme rapidez. Esta especie de veneno ha penetrado también en la Iglesia mediante una labor de desgaste, confusión y secularización que no ha comenzado hoy, pero que se está acelerando cada vez más. Es una crisis que tiene una característica inquietante, el hecho de que hay una enorme cantidad de gente que no la ve.


¿No es una visión demasiado pesimista o incluso desesperanzada?

Creo que es una visión dolorosa, sí, pero realista, y que no tiene nada que ver con la desesperanza, sino con abrir los ojos y ver dónde estamos y qué es lo que tenemos delante. Me parece fundamental asumir que vivimos en una cultura que no solo ha dejado de ser cristiana, sino que apenas es ya cristianizable, que no solo es indiferente a la fe, sino radicalmente hostil a ella. Pero esto no excluye la esperanza, porque nada de lo que sucede ni en el mundo ni en la Iglesia es gratuito; Dios lleva las riendas de la historia. A nosotros nos toca lo que siempre ha tocado a los cristianos, preservar lo que se nos ha dado, conservar la fe de los apóstoles, no una nueva fe, sino la fe que la Iglesia ha custodiado a lo largo de los siglos, y hacerlo para nuestra salvación y la de los que vengan detrás de nosotros.


Usted da una gran relevancia a la liturgia y ha hablado en muchas ocasiones de la misa tradicional, que está muy presente en este cuento de Navidad. ¿Qué relación hay entre fe y liturgia y por qué es tan importante?

La Iglesia enseña que lo que se reza es lo que se cree, por eso la liturgia ha expresado a lo largo de los siglos la fe milenaria de la Iglesia, lo que ésta siempre ha creído, y por eso es tan importante protegerla y preservarla. La liturgia se nos ha dado en primer lugar para rendir culto a Dios, pero también es una escuela de fe y de piedad para nosotros. Eso explica, y puedo decirlo porque lo he vivido personalmente, la fuerza de conversión que tiene la liturgia tradicional, el modo en que expresa las grandes verdades cristianas. Para mí la misa tradicional es inseparable de mi fe, descubrirla me trajo de vuelta a la práctica religiosa y puso luz donde las clases de religión, las catequesis y las convivencias escolares pusieron confusión. Su reverencia, su misterio, su riqueza y su fuerza enseñan con mucha más claridad que el mejor de los catecismos verdades eternas, como la presencia real, el valor sacrificial de la misa o la sacralidad del culto a Dios.


El motu proprio Traditionis Custodes del Papa Francisco ha limitado recientemente la misa tradicional. ¿Cómo ha recibido en su caso esa decisión?

Con estupor, con dolor y una enorme sensación de impotencia. Como la mayoría de los que amamos la liturgia tradicional, yo nací después de la reforma litúrgica y descubrí la antigua misa casi por casualidad, en la medida en que un cristiano puede creer en la casualidad. He madurado mi fe gracias a ella y gracias también a los esfuerzos del Papa Benedicto XVI, que quiso ponerla al alcance de todos los fieles como el tesoro de la Iglesia que es. Él recordó que lo que la Iglesia católica ha considerado sagrado en el pasado tiene que seguir siendo sagrado. Por eso, a poco que uno tenga presente el principio de no contradicción y no abdique de la razón, la primera reacción ante lo que está ocurriendo es como mínimo de incredulidad.


En el motu proprio se habla de los fieles como nostálgicos de otros tiempos, pese a la juventud de una gran parte de los católicos de misa tradicional y el creciente número de vocaciones. ¿Se puede sentir nostalgia de una misa que no se conoció?

Es evidente que no. Y que basta con abrir los ojos para ver que esa descripción no se corresponde con la realidad. Tengo una relación muy estrecha con monasterios benedictinos, como Clear Creek o Le Barroux, que celebran la liturgia tradicional, me he encontrado con muchas personas de muy distintas procedencias, muy diferentes entre sí, en muy distintos países, que acuden a misa tradicional, algunos en sus parroquias, otros en monasterios y otros en lugares con presencia de institutos sacerdotales tradicionales, como es mi caso en Madrid. Hay una enorme cantidad de familias y de jóvenes, generaciones de católicos que ya han sido bautizados y educados en la antigua liturgia, escuelas, universidades, congregaciones y seminarios que aman y celebran esta misa, la misma que santificó a tantos grandes santos de la Iglesia. Y hay también un creciente número de seminaristas y sacerdotes diocesanos que quieren conocerla y celebrarla. Afortunadamente, la mayor parte de los obispos conocen que esta realidad y están siendo prudentes al aplicar el motu proprio en sus diócesis. Pero no hay duda de que vienen tiempos difíciles, que exigirán mucha oración, mucha fe y fortaleza.


¿Cree que Traditionis Custodis acabará con la misa tradicional?

Creo que hay un elemento importante que TC no ha tenido en cuenta. Los católicos tradicionales no pertenecen a ningún movimiento, no forman una organización, no es una realidad homogénea, no es una estructura que se puede disolver, hay todo tipo de personas entre ellos, como es propio de la Iglesia. Pero la mayor parte de ellas tienen algo en común: han sacrificado mucho por la misa, han pagado un precio alto por un tesoro que han encontrado enterrado en el campo, y están acostumbrados al esfuerzo. Mi experiencia es que una vez que conoces la misa tradicional no es sencillo volver atrás, no se vuelve atrás. Y en último término, las cosas son bastante simples si se miran con perspectiva: pese al daño y el dolor que ha generado el motu proprio, y las dificultades que vendrán, los cristianos nacemos y morimos, los pontificados comienzan y se acaban, pero la antigua liturgia de la Iglesia permanece. Ha sobrevivido a los siglos, y no dudo de que seguirá haciéndolo.


En una entrevista reciente, usted se ha posicionado en contra de la comunión en la mano. ¿Por qué?

Creo que la historia de la comunión en la mano es la historia de un caballo de Troya. Siempre me llama la atención que se hable tanto sobre las tensiones que vivió el Papa Pablo VI por la encíclica Humanae Vitae y tan poco sobre las que le produjo este conflicto y sobre el modo en que intentó reconducirlo. Durante su pontificado, él reafirmó la que sigue siendo la ley general de la Iglesia en este ámbito, la comunión en la lengua, y estableció un indulto, una excepción, para resolver el problema de algunas regiones donde la comunión en la mano se practicaba en abierta desobediencia a Roma, entre ellas Bélgica, Holanda y Alemania. La decisión le produjo mucho sufrimiento, porque no era partidario de la medida, como tampoco lo fueron la mayoría de los obispos que consultó antes de tomarla. Temía que hacerlo debilitase la fe en la presencia real de Cristo en el sacramento, un temor que él mismo confirmó más tarde y que le llevó a limitar el indulto, aunque no logró evitar que la práctica se generalizase. Lo terrible de todo esto es que lo que nació como una respuesta pastoral a una desobediencia se ha convertido en una práctica generalizada y hasta impuesta, como hemos visto en esta pandemia, en la que se ha aplastado de forma intolerable la piedad y los sentimientos religiosos de todos los fieles que comulgamos como prescribe la ley de la Iglesia.


¿Y qué supone personalmente para usted?

Para mí es una cuestión fundamental de adoración y de veneración a Dios. Si se cree no solo intelectualmente, sino también, por decirlo así, con las entrañas, que Cristo está realmente en el sacramento, la única actitud posible es postrarse de rodillas ante Él y recibirlo como hicieron los grandes santos, los mártires y la inmensa mayoría de los cristianos que nos han precedido.


En su cuento de Navidad una madre le explica a su hijo que la muerte no es el final, sino «un despertar». En un mundo que no quiere pensar en el misterio de la muerte, ¿tiene sentido tratar de explicársela a un niño?

Es cierto que la muerte es un misterio, pero también lo es que la revelación y la doctrina de la Iglesia arrojan luz sobre ese enigma, no es una realidad de la que no sepamos absolutamente nada. A mí me parece que en la educación de un niño cristiano la muerte tiene que ocupar su lugar, porque sin ella no se puede explicar qué es el hombre, por qué es como es y por qué debe ser redimido y salvado. ¿Cómo se explica la redención o el pecado original sin hablar de la muerte? Hay un temor natural a la muerte, pero creo que a un niño puede explicársele, en su lenguaje y poco a poco, lo que sabemos de ella y de lo sucede tras ella. Sin esa explicación, la vida humana es un rompecabezas sin sentido.


Su cuento de Navidad es un cuento sacramental, lo ha explicado en más de una ocasión. ¿Es posible contemplar el mundo de forma sacramental?

Simone Weil dice en uno de sus escritos que resultaría absurdo que cualquier iglesia, construida por manos humanas, esté repleta de símbolos, y que el universo no esté infinitamente lleno de ellos. Sólo hay que leerlos. Yo creo que es así y que esa es la manera correcta de contemplar la creación, el orden que Dios ha impreso en el mundo, el secreto de un mundo que vemos de espaldas, en esa imagen tan hermosa de Chesterton. El cuento de Navidad, que escribí para los benedictinos de Barroux, cuenta la historia de un niño que le pregunta insistentemente a Dios, durante tres años, si la Navidad existe, si es real, y de cómo Dios escucha y responde a esa voz.


En el cuento se reza, y se reza en latín. ¿Por qué?

Mi madre y mi abuela me enseñaron a rezar las letanías del rosario en latín, no los misterios, pero sí las letanías, y para mí es natural hacerlo así; rezarlas en vernácula me resulta extraño. También es lo más natural en el contexto del cuento, porque es la historia de un niño criado en un entorno católico tradicional. El latín sigue siendo la lengua de la Iglesia, es un idioma dulce y musical, con un significado que no cambia, y eso es parte de su belleza.


En el cuento vuelva a plantear la idea del alejamiento del mundo, de un mundo en el que cada vez es más difícil educar en el fe cristiana, pero del que pocos pueden separarse. ¿Cómo afrontar ese reto?

Es una pregunta muy difícil de responder. La Iglesia ha enseñado siempre que un cristiano debe tener una sana distancia con el mundo, vivir en el mundo, pero no pertenecer a él. Esto me parece muy evidente ahora, cuando la secularización, el error y la confusión han roto todos los diques fuera y dentro de la Iglesia. Hoy no basta con elegir un colegio católico o enviar a los niños a catequesis, porque muchos colegios católicos transmiten algo que ya no es posible considerar catolicismo, y lo mismo ocurre en un buen número de parroquias. Yo creo que son las familias, y en especial las madres en los primeros años, las que deben asumir esa función, las que deben inculcar y transmitir la fe. Un niño católico debería crecer en un entorno de piedad católica, con toda su fuerza, su poesía y su belleza, y con una liturgia que le acerque al misterio y la adoración.


¿En algún momento se propone evangelizar desde la literatura o esta idea está lejos de su pensamiento cuando escribe?

No me propongo evangelizar al escribir, sino simplemente hablar de cosas que me parecen buenas, valiosas y verdaderas, que son importantes para mí y creo que es importante defender, y son pocas. El cardenal Newman cuenta en sus diarios que nunca escribió una línea sin una razón, sin un motivo que en su opinión justificase hacerlo. Yo creo en ese principio, y trato de seguirlo.


Fuente: Infovaticana.

jueves, 18 de noviembre de 2021

La suprema autoridad de la Congregación para la Doctrina de la Fe no puede ser desafiada por una declaración

 


por Roberto de Mattei


Una declaración que se opone a "la licitud moral de las inyecciones experimentales de COVID-19 contaminadas por el aborto" (en adelante, Declaración) lleva varios días circulando entre los católicos, a título particular, para recoger firmas de religiosos y laicos en oposición a la "recepción de estos productos moralmente contaminados, peligrosos e ineficaces, junto con los injustos mandatos para su recepción que se imponen a millones de estudiantes y trabajadores en todo el Occidente cristiano". 

Lo que nos impulsa a criticar esta Declaración antes de su publicación es la estima que tenemos por algunos de los promotores de la iniciativa. En efecto, estamos convencidos de que la declaración según la cual los que se vacunan cometen un pecado representa un grave error que se opone a la Congregación para la Doctrina de la Fe y al consenso de eminentes teólogos morales y bioéticos (entre ellos, S.E. el Cardenal Willem Eijk, el P. Ezra Sullivan O.P., el Prof. Josef Seifert, el Dr. Joseph Shaw, el National Catholic Bioethical Center, el P. Arnaud Sélégny). Además, es una opinión que siembra problemas de conciencia injustificados y representa un verdadero “gol en contra", como define el periodista italiano Francesco Boezi las frágiles tesis del segmento antivax del mundo tradicionalista. Estos católicos, según Boezi, amenazan con comprometer la credibilidad de todo un frente, dejando a los progresistas la vía libre para el futuro.

La Declaración, tal y como ha llegado a nosotros, se compone de veinticuatro puntos introducidos con el término jurídico "considerando", seguidos de una breve conclusión que, basándose en el preámbulo, presenta las razones para el rechazo de la “licitud moral de las inyecciones experimentales de COVID-19 contaminadas por el aborto".

Los dos primeros puntos de la Declaración se refieren a los pasajes de la constitución Gaudium et Spes (51 §3, 27) y de Evangelium Vitae (nº 58) que reafirman la condena del aborto. Habría sido bueno precisar que se trata de una condena que forma parte del Magisterio de la Iglesia desde tiempos inmemoriales y que es confirmada por estos documentos.

El cuarto y el quinto preámbulo se refieren a la Nota sobre la moralidad del uso de algunas vacunas anti-Covid 19, publicada el 21 de diciembre por la Congregación para la Doctrina de la Fe (Nota). 

Según este importante documento, "es moralmente aceptable recibir vacunas Covid-19 que han utilizado líneas celulares de fetos abortados en su proceso de investigación y producción" (nº 2, énfasis en el original). "La razón fundamental para considerar moralmente lícito el uso de estas vacunas es que el tipo de cooperación al mal (cooperación material pasiva) en el aborto provocado del que proceden estas líneas celulares es, por parte de quienes hacen uso de las vacunas resultantes, remoto. El deber moral de evitar esa cooperación material pasiva no es obligatorio si existe un peligro grave, como la propagación, de otro modo incontenible, de un agente patológico grave —en este caso, la propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa el Covid-19. Por lo tanto, debe considerarse que, en tal caso, todas las vacunas reconocidas como clínicamente seguras y eficaces pueden utilizarse en conciencia con la certeza de que el uso de dichas vacunas no constituye una cooperación formal con el aborto del que proceden las células utilizadas en la producción de las vacunas. Hay que subrayar, sin embargo, que el uso moralmente lícito de este tipo de vacunas, en las condiciones particulares que lo hacen, no constituye en sí mismo una legitimación, ni siquiera indirecta, de la práctica del aborto, y supone necesariamente la oposición a esta práctica por parte de quienes hacen uso de estas vacunas" (n. 3). La Nota de la Santa Sede añade que "la razón práctica hace evidente que la vacunación no es, por regla general, una obligación moral y que, por tanto, debe ser voluntaria. En cualquier caso, desde el punto de vista ético, la moralidad de la vacunación depende no sólo del deber de proteger la propia salud, sino también del deber de perseguir el bien común (n. 5, énfasis en el original). A falta de otros medios para detener o incluso prevenir la epidemia, el bien común puede recomendar la vacunación, especialmente para proteger a los más débiles y expuestos. Sin embargo, quienes, por razones de conciencia, rechazan las vacunas producidas con líneas celulares de fetos abortados, deben hacer todo lo posible para evitar, por otros medios profilácticos y un comportamiento adecuado, convertirse en vehículos de transmisión del agente infeccioso. En particular, deben evitar cualquier riesgo para la salud de aquellos que no pueden ser vacunados por razones médicas o de otro tipo, y que son los más vulnerables".

La Declaración resume la Nota de la Santa Sede, estableciendo que "afirma explícitamente que sigue existiendo el 'deber moral de evitar tal cooperación material pasiva' en el crimen del aborto mediante el uso de dichas inyecciones; sin embargo, explica que este deber 'no es obligatorio' en presencia de un 'grave peligro' que puede ser evitado por la 'vacuna', y cuando no se dispone de una terapia alternativa 'éticamente irreprochable Covid-19'". Esto permite al autor de la Declaración añadir al punto 6: "Mientras que en ausencia de al menos estos criterios sigue siendo moralmente ilícito recibir dichas inyecciones". Esto no es exacto si se lee atentamente el texto.

Implícitamente se reconoce a la Congregación para la Doctrina de la Fe como autoridad suprema en el ámbito de la fe y la moral, pero en el preámbulo posterior (nº 6) se afirma que: "A pesar de que la Nota expresa la opinión de que la actual "propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa Covid-19" constituye el "grave peligro" necesario para justificar el uso de vacunas contaminadas por el aborto, tal juicio está más allá de la competencia de los obispos para emitirlo de forma autorizada, ya que su competencia se define como propia de los ámbitos de la fe y la moral (LG 25)".

Con estas palabras, la Declaración intenta socavar la credibilidad de la Nota de la Santa Sede, afirmando que la competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe se limita al ámbito de la fe y la moral y no se extiende al de la medicina. Por lo tanto, la Nota carecería de valor, ya que se basa en datos científicos falsos o inexactos. A partir de este punto, o del preámbulo no. 7 al núm. 21, la Declaración reúne una serie de datos científicos según los cuales la pandemia del Covid-19 no constituye un peligro grave y las vacunas son un instrumento ineficaz e incluso perjudicial para detenerla.

Argumentando de este modo, los redactores de la Declaración afirman haber llegado a conclusiones morales opuestas a las de la Congregación para la Doctrina de la Fe, basándose en datos científicos, al tiempo que acusan a la Congregación para la Doctrina de la Fe de ser incompetente en el ámbito científico. La pregunta es obvia: ¿cuál es la competencia científica de quienes redactaron el documento? ¿Y por qué es lícito que los particulares formulen un juicio moral basado en datos científicos si la Congregación para la Doctrina de la Fe no puede hacerlo?

Los datos en los que se basa el juicio de la Congregación para la Doctrina de la Fe son los universalmente aceptados por las autoridades sanitarias de todas las naciones del mundo. ¿Son los datos falsos? Si partimos del principio de que todas las instituciones nacionales o internacionales mienten, toda la medicina moderna y la atención hospitalaria se derrumban. ¿Cómo la sustituimos? De hecho, la existencia de una pandemia, con innumerables millones de casos confirmados y millones de muertes en el mundo es un hecho que entra dentro de la experiencia concreta de cada uno de nosotros, incluso antes de tener en cuenta los datos de la OMS que indican que ha habido 250 millones de casos confirmados y 5 millones de muertes. Y la evidencia es la base de cualquier juicio filosófico y moral. Por otra parte, los antivacunas que hoy niegan la gravedad de la enfermedad suelen ser los mismos que durante mucho tiempo negaron su existencia (y en parte siguen haciéndolo). ¿Cómo es posible imaginar que algo que no existe es, al mismo tiempo, poco grave? 

Tras esta larga e impropia intromisión en el mundo científico, los preámbulos 22, 23 y 24 de la Declaración vuelven a proponer como verdad indiscutible la tesis de la ilegitimidad moral de la vacunación contra el Covid-19, basándose en un texto del padre Michael Copenhagen (ya refutado a fondo por el doctor Joseph Shaw): "Considerando que un análisis moral más profundo revela una objeción prohibitiva al observar que el receptor de cualquier inyección de este tipo se convierte en "un participante inmediato en la comisión del robo continuo de restos humanos obtenidos mediante el asesinato deliberado, su profanación mediante la explotación y el tráfico, así como la omisión final de enterrarlos respetuosamente".

La Declaración concluye con estas palabras "Nosotros, los abajo firmantes, afirmamos por la presente que, incluso suponiendo que una persona se oponga plenamente a que estas vacunas basadas en genes estén contaminadas por el horrendo crimen del aborto, que debido a la presencia de cualquiera de las tres condiciones siguientes referidas anteriormente, sigue siendo objetivamente ilícito que una persona acepte estas vacunas:

  • la ausencia manifiesta de un "peligro grave" que suponga el COVID-19
  • la disponibilidad positiva de terapias seguras y eficaces "éticamente irreprochables del COVID-19", y 
  • la ausencia de datos de prueba adecuados que son moralmente necesarios para intentar siquiera calcular un análisis de riesgo/beneficio para tales terapias genéticas experimentales".

Así pues, después de negar a la Congregación para la Doctrina de la Fe el derecho a utilizar datos científicos y de utilizar datos (pseudo)científicos para emitir una declaración de verdad moral, ha llegado el momento de que los redactores de la Declaración ocupen el lugar de la Congregación para la Doctrina de la Fe como autoridad moral suprema y lo proclamen en Internet a los católicos de todo el mundo. 

Sin embargo, como enseña San Pío X en la encíclica Pascendi, el Magisterio de la Iglesia no nace de las conciencias individuales y no tiene forma democrática. La regla de la fe y la moral reside en la Tradición de la Iglesia y no en las firmas recogidas en la web. Y el sensus fidei sólo es verdaderamente tal cuando percibe un contraste directo entre lo que proponen los eclesiásticos y lo que la Iglesia ha enseñado siempre. No es el caso de la Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe que nos tranquiliza sobre la legitimidad moral de la vacunación. 


Fuente: The Voice of the Family






lunes, 15 de noviembre de 2021

Desconcierto

 

Eugene de Leastar, Amoris letitiae. Colección privada

La semana pasada festejamos a San Martín de Tours, uno de los grandes santos de la Cristiandad latina, equivalente en muchos aspectos al San Nicolás de los orientales. Y el breviario romano incluye allí una antífona que dice: Dixérunt discípuli ad beátum Martínum: Cur nos, pater, deseris, aut cui nos desolatos relinquis? Invadent enim gregem tuum lupi rapaces (“Dijeron los discípulos a San Martín: Padre, ¿por qué nos abandonas y nos dejas desolados? Los lobos rapaces invaden tu rebaño”). Nosotros no somos discípulos de San Martín y ni siquiera tenemos la posibilidad de poder dirigirnos a un “padre” en busca de auxilio, aunque, como ellos, vemos también como el rebaño del Señor es invadido por lobos feroces, que son bienvenidos por los pastores que deberían ser los custodios de la majada.

Son los tiempos que nos tocan vivir, difíciles y duros, pero son los nuestros y no podemos escapar de ellos, y es deber nuestro estar alertas y advertir la llegada del enemigo. Y lo cierto es que vigías no faltan; internet ha facilitado enormemente las comunicaciones y todos saben, en mayor o menor medida, lo que está ocurriendo. Y los primeros que lo saben son los obispos y los sacerdotes. Y es aquí justamente donde aparece mi primer desconcierto: ¿cómo es posible que no reaccionen? Descuento que muchos de ellos son hombre virtuosos, que conservan la fe católica y, sin embargo, callan; se hacen los distraídos o sencillamente se retiran. Sería la conducta previsible para los obispos argentinos, caracterizados por su mediocridad y cobardía, pero me extraña mucho que suceda lo mismo en el resto del mundo. 

La imagen que ilustra este post, aunque un poco grosera, muestra una realidad: el Papa Francisco es aclamado por su corte de cardenales y obispos adictos cuando, olvidando la temible realidad del pecado, oficializa el adulterio y abstiene su juicio con respecto a las prácticas homosexuales. Y el mismo seguimiento obsecuente obtiene cuando cambia el anuncio del Evangelio de Cristo por el evangelio de Greta, y sus últimas intervenciones son grititos de horror ante los daños ecológicos producidos por la malvada humanidad, y no por los horrendos pecados que se comenten y ofenden al Dios del cielo y de la tierra. 

La semana pasada, el canalla del cardenal De Donatis, vicario del Papa para la diócesis de Roma, prohibió la liturgia tradicional en toda la Urbe con la única excepción de la iglesia de la Trinità dei Pellegrini, pero prohibiendo aún a ésta celebrar el Triduo Pascual en el rito tradicional. Y todos los sacerdotes de la diócesis que quieran celebrar la misa que celebró la Iglesia por más de mil quinientos años, deberán recibir una autorización expresa y por escrito del mismo cardenal. Yo me pregunto si Mons. Zanchetta, procesado en Argentina por abuso sexual a sus seminaristas y que se encuentra protegido y con puesto oficial (y ciudadanía incluida) en el Vaticano, pidió permiso escrito a algún cardenal para realizar sus prácticas. O si Mons. Ricca, también vivito y coleando en Santa Marta pidió permiso a la Secretaría de Estado para retozar con jovenzuelos uruguayos cuando se aburría de su amigo suizo. O si Mons. Luigi Ventura, nuncio apostólico en París, tenía permiso del Sustituto para manosear a los jóvenes camareros en las recepciones diplomáticas a las que era invitado. Esta es la situación de la Iglesia actual: se prohibe terminantemente dar culto a Dios y se ampara a los pecadores públicos.

Y mientras todo esto ocurre, la enorme mayoría de quienes deberían hablar, es decir, los obispos, callan. El pobre cardenal Burke, uno de los pocos que hablaban siempre que fuera necesario, sigue recuperándose —y Dios en su misericordia quiera que lo logre totalmente—, del ataque de un virus que no existe, y de los otros cardenales, mejor es olvidarse. He quedado sorprendido por las declaraciones del cardenal Sarah, a quienes muchos —sobre todos los neocones estilo Opus Dei o Legionarios de Cristo— veían como la esperanza del papado… no ha sido más que un bluff. Hace algunas semanas apareció el libro titulado From Benedict’s Peace to Francis’s War y editado por Peter A. Kwasniewski, donde se reúne una amplia serie de estudios sobre el motu proprio Traditiones custodes. Entre ellos, un escrito del cardenal Sarah, y otro también del arzbosipo Viganò. Y Sarah ha salido a decir que se sentía “traicionado” puesto que él no sabía en absoluto de qué trataría el libro y quiénes serían los otros autores que lo acompañarían. No vaya a ser, claro, que el Papa Francisco se enfade al verlo firmar junto a su archienemigo Viganò. Sin embargo, el autor de este blog también participó de ese libro con dos capítulos, y cuando fue consultado al respecto por Kwasniewski, se le explicó exactamente de qué trataría el volumen y que tipo de autores serían incluidos. Si esto hizo el editor con un personaje completamente secundario como soy yo, cuánto más habrá hecho con el cardenal Sarah. La valentía y la coherencia no parecen ser cualidades del purpurado guineano. A Dios gracias, el peligro de que fuera elegido Papa ya pasó. 

Y el problema no termina con los malos sino que se extiende también a los buenos. La torpeza que demuestran los amigos es de antología. Y el último caso es de no creer. Hace algunas semanas, el cardenal Nichols, arzobispo de Westminster, envió una serie de consultas acerca de la aplicación de Traditiones custodes, a Mons. Roche, prefecto de la Congregación del Culto Divino. Y la respuesta, que no se hizo esperar, fue catastrófica con respecto a las extremas restricciones que exige Roma con respecto a la celebración de la misa tradicional. En primer lugar, yo me preguntó quién filtró esa carta. ¿Fue un progre? ¿Fue el mismo Roche? Yo, conociendo el paño, creo que fue un tradi. Y me pregunto cómo justifica en conciencia ese acto. Es verdad que podría haberse tratado de una respuesta —la de Roche— escrita ex profeso para hacerse pública, pero no pareciera ser el caso. Y si era una carta personal, el único que tenía derecho a su lectura era su destinatario y aquellos que en razón de su oficio debían tomar conocimiento de ella. La violación de correspondencia puede ser un acto moralmente grave, y en este caso lo es, y con consecuencias canónicas también graves. ¿O será que para los católicos tradicionalistas el fin justifica los medios, y todo está permitido para alcanzar el fin que ellos consideran bueno? 

Pero la cuestión es la torpeza demostrada. Si alguien tuvo acceso a esa carta y decidió hacerla pública, debería haber repensado su estrategia. Al dar a conocer a todos los obispos y sacerdotes del mundo la interpretación oficial de algunos puntos de Traditiones custodes que habían quedado en la nebulosa y con los que se podía jugar a nuestro favor, no han hecho más que advertir a los obispos que la cosa es seria y que debe extremadamente severos y restrictivos con las autorizaciones, pues la el motu proprio se orienta a la solución final: el exterminio lo antes posible del rito tradicional. No entiendo tanta ineptitud. ¿Qué ganaron? ¿El scoop o la primicia? ¿Dar a conocer al mundo entero la maldad de Roma, como si la supiéramos ya de sobra? Flaco favor le están haciendo a la causa de la Tradición.

Pero ya que tenemos la carta de Mons. Roche publicada, me quiero detener un momento en una de sus afirmaciones. En el punto f.) afirma refiriéndose a la liturgia tradicional: “[…] una liturgia que no calza con la reforma conciliar (textos que, de hecho, fueron abrogados por el papa san Pablo VI), y una eclesiología que no es parte del Magisterio de la Iglesia”. ¿Algún obispo tomará cuenta de la gravedad de esta afirmación? En primer lugar, una flagrante contradicción con lo declarado por el Papa Benedicto XVI en el motu proprio Summorum Pontificum, donde afirmó: “En cuanto al uso del Misal de 1962, como forma extraordinaria de la liturgia de la Misa, quisiera llamar la atención a que este Misal nunca fue derogado legalmente y, en consecuencia, en principio, siempre estuvo permitido”. Pero hay algo más grave, y basta un simple silogismo para darse cuenta: el Magisterio de la Iglesia es el testigo de la Revelación y, por tanto, su función será custodiar el desarrollo armónico de la enseñanza ya contenida en la Escritura y en la Tradición. Pero ese desarrollo debe ser armónico (San John Henry Newman establece siete reglas para corroborar que así sea) y nunca contradictorio con lo afirmado anteriormente. La liturgia tradicional fue parte del Magisterio durante más de mil quinientos años; y si ya no lo es, implica que ese Magisterio cambió en contradicción con el anterior. Y creo que es lícito suponer que un cambio radical de este tipo, que contradice abiertamente lo dicho unánimemente durante siglos anteriores, no es más que el reflejo de una nueva iglesia. Será cuestión de cada uno decidir de cuál de las dos iglesia forma parte, si de la de siempre o de la que, según Mons. Roche, prefecto de una congregación romana, nació con el Vaticano II. (Recomiendo la breve pero contundente carta del P. Paul J. McDonald, un sacerdote canadiense sobre el tema).

Y en cuanto a recomendaciones, es de lectura imperdible la carta del sacerdote dominico polaco Wojciech Gołaski, que acabo de publicar en este mismo blog 

Es verdad que ante tanto caos y dolor, hay algunos lenitivos. En primer lugar, toda esta situación se da durante un pontificado totalmente desprestigiado y cuyo fracaso es evidente ya para todo el mundo. Y por eso, es cuestión de paciencia.  Los gerontes que gobiernan la iglesia y que, en su obcecada senilidad, estulticia y maldad siguen hablándonos de las bondades del Vaticano II y de sus reformas, morirán pronto. Y otros los reemplazarán. Y éstos, en general, son mejores. Es muy elocuente y esperanzadora la encuesta del Austin Institute a la que hizo referencia Specola hace algunos días. 

Y albergo también la esperanza de estemos atravesando una situación como la que describía el cardenal Newman a Pusey, y que en algún momento tendrá solución:  “Sabe que hay mucho de lo que puede llamarse moda en las opiniones y prácticas, según las circunstancias de tiempo y lugar, según la política actual, el carácter del Papa del momento o de los prelados más importantes de un país en particular, y sabe también que las modas cambian. […] los que hablan a los gritos son propensos a salirse con la suya en la Iglesia, como en cualquier otro lugar, mientras que las personas tranquilas y concienzudas habitualmente tienen que ceder”. (Letter to Pusey).


Vaya mi recuerdo y mis oraciones —y pido las suyas a los lectores de este blog— por el alma de fra’ Matthew Festig, quien fuera Gran Maestre de la Orden de Malta, y a quien tuve el placer y la gracia de encontrar varias veces en Inglaterra, y que siempre me causaba la misma impresión: un verdadero hombre de Dios. Fue desposeído de su cargo por el Papa Francisco, empeñado en destruir la Orden melitense y, desde ese día, su salud comenzó a decaer. Falleció inesperadamente en Malta. 


sábado, 13 de noviembre de 2021

Carta abierta a propósito de Traditiones Custodes

 



El 17 de agosto de 2021 un fraile dominico polaco (Wojciech Gołaski O.P.) dirigió una extensa carta abierta al Papa, a raíz del motu proprio Traditiones Custodes, que se podría dividir en tres partes. Por razones de espacio y porque nos concierne a todos, aquí traduciremos la parte del medio (por medular) en la que el teólogo reflexiona sobre el Motu proprio. El resto de la carta versa sobre cómo dio este fraile en conocer la Misa Tridentina, la devoción que le tiene y una decisión privada que toma como consecuencia del motu-propio. Esa decisión, lo habrán adivinado ustedes, consiste en agregarse a las filas de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. Una cosa innecesaria, si bien se mira, pues no creo que a este fraile le impidan celebrar la misa según el ritual dominico, que es la misa que celebraba… pues, San Pío V. Pero, en fin, vaya uno a saber… 


Jack Tollers 


Las palabras del Motu proprio y vuestra Carta a los Obispos dejan enteramente claro que se ha tomado una decisión que ya se está implementando, de quitar la liturgia tradicional de la vida de la Iglesia para echarla al abismo del olvido: no puede celebrarse en las iglesias parroquiales, no deben formarse nuevas asociaciones para eso, Roma debe ser consultada si sacerdotes recientemente ordenados desean celebrarla. Los obispos ahora son efectivamente Traditionis Custodes, “custodios de la tradición”, mas no en el sentido de guardianes para protegerla, sino más bien en el sentido de constituirse en guardianes de una cárcel. 

Permítame expresar mi convicción de que eso no va a pasar y que la operación toda va a fallar. ¿Cuáles son las razones de tal convicción? Un análisis cuidadoso de las dos cartas del 16 de julio acusan cuatro notas a destacar: hegelianismo, nominalismo, la creencia en la omnipotencia del Papa y la cuestión de la responsabilidad colectiva. Cada una de estas notas constituyen un componente esencial de vuestro mensaje y ninguna resulta conciliable con el depósito de la fe católica. Y puesto que no pueden reconciliarse con la fe, no serán integradas a ella, ni teórica, ni prácticamente. Examinémoslas por separado.


Hegelianismo

El término es de uso convencional: no refiere literalmente al sistema del filósofo alemán Hegel, sino a algo que se deriva de su sistema, más que nada una inteligencia de la historia como un proceso de cambios continuos, un proceso bueno, racional e inevitable. Este modo de pensar tiene una larga historia, comenzando por Heráclito y Plotino, pasando por Joaquín de Fiore hasta llegar a Hegel, Marx y sus modernos herederos. Quienes adoptan esta perspectiva suelen dividir a la historia en fases, de tal modo que el comienzo de cada nueva fase es anexa al final de la fase que la precede. Los intentos de “bautizar” al hegelianismo no son sino otras tantas intentonas de nimbar estas fases supuestamente históricas con la autoridad del Espíritu Santo. Se presume que el Espíritu Santo le comunica a la siguiente generación algo de la que no le ha hablado a la precedente, e incluso que puede impartir algo que contradiga lo que dijo antes. En este caso, se nos obliga a aceptar una de tres cosas: ora durante ciertas fases de la historia la Iglesia desobedeció al Espíritu Santo, ora el Espíritu Santo es sujeto de mutación, o bien simplemente es un ser contradictorio. 

Una consecuencia adicional de esta manera de ver al mundo consiste en cambiar el modo de comprender a la Iglesia y la Tradición. La Iglesia ya no se considera como una comunidad que une a los fieles trascendiendo al tiempo, tal como lo sostiene la fe católica, sino como un conjunto de grupos pertenecientes a distintas fases. Estos grupos ya no comparten un lenguaje común: nuestros ancestros no tenían acceso a lo que el Espíritu Santo nos dicta hoy. La mismísima Tradición ya no transmite un mensaje estudiado por las sucesivas generaciones; más bien consiste en mensajes renovados permanentemente por el Espíritu Santo y que exigen nuevo estudio. Así es que venimos a ver alusiones en vuestra carta a los obispos, Santo Padre, a “la dinámica de la Tradición”, a menudo aplicado a acontecimientos específicos. Un ejemplo de esto es cuando escribe que pertenece a esta dinámica “la última etapa del Concilio Vaticano Segundo, durante el cual los obispos se reunieron para escuchar y discernir el camino que el Espíritu Santo le estaba mostrando a la Iglesia”. En la línea de semejante razonamiento, queda implícito que esta nueva fase requiere formas litúrgicas nuevas, puesto que las anteriores eran apropiadas para la fase anterior, que ha perimido. Toda vez que esa secuencia de estadios es homologada por el Espíritu Santo a través del Concilio, aquellos que se aferran a las viejas formas a pesar de tener acceso a las nuevas, se oponen al Espíritu Santo.

¿Y bien? Semejantes pareceres se oponen a la fe. La Sagrada Escritura, norma de la fe católica, no suministra basamento alguno para semejante comprensión de la historia. Por el contrario, nos enseña una cosa enteramente diferente. El rey Josías, habiéndose enterado del descubrimiento del antiguo Libro de la Alianza, ordenó que desde entonces se celebrara la Pascua conforme a él, por mucho que había mediado una interrupción de medio siglo (IV Reyes, XXIII:3). De igual modo, cuando vueltos de la cautividad en Babilonia, Esdras y Nehemías celebraron la Fiesta de los Tabernáculos observando estrictamente los registros de la Ley, a pesar de las muchas décadas pasadas desde su última celebración (Neh. VIII:13-18). En cada uno de estos casos, después de un período de confusión, se volvió a los antiguos documentos de la ley para renovar el culto divino. A nadie se le ocurrió exigir cambios en el ritual sobre la base de que habían arribado nuevos tiempos. 


Nominalismo

Mientras que el Hegelianismo incide sobre nuestra comprensión de la historia, el nominalismo afecta nuestra comprensión sobre su unidad. El nominalismo interpreta que una unidad exterior obtenida por medio de una decisión administrativa jerárquica exterior, equivale al logro de una unidad real. Esto es porque el nominalismo da de mano con la realidad espiritual, buscando en cambio obtenerla mediante medidas regulatorias materiales. Ud. escribe, Santo Padre, que: “Es para defender la unidad del Cuerpo de Cristo que me veo en la obligación de quitar la facultad concedida por mis predecesores”. Pero para obtener tal objetivo—una unidad verdaderavuestros predecesores tomaron medidas opuestas, y no sin razón. Cuando uno entiendo que la verdadera unidad incluye una cosa espiritual e interna (y que, por tanto, difiere de una unidad meramente externa), uno ya no la quiere obtener simplemente imponiendo una uniformidad a base de signos exteriores. No es así como se obtiene una verdadera unidad, sino que, más bien, un empobrecimiento y lo contrario de la unidad: la división. 

La unidad no se obtiene a fuerza de la quita de facultades, la revocación de autorizaciones y la imposición de límites. El rey Roboam de Judá, antes de resolver cómo tratar a los israelitas que deseaban les mejorara la suerte, consultó con dos grupos de consejeros. Los más ancianos recomendaron indulgencia y una reducción de las cargas de aquel pueblo: la ancianidad, en la Sagrada Escritura, a medida significa madurez. Los jóvenes, que eran contemporáneos del rey, recomendaron que se les incrementara las cargas y se los tratara con dureza: la juventud, en las Escrituras, a menudo equivale a inmadurez. El rey siguió el consejo de los jóvenes. Esto no sirvió para unir a Judá e Israel. Al contrario, comenzó una difición del país en dos reinos (III Reyes, XII).  Nuestro Señor remedió esta división con mansedumbre, sabiendo que la falta de esta virtud había sido la causa de la fisura.

Antes de Pentecostés, los apóstoles querían lograr la unidad siguiendo criterios externos. Fueron corregidos por el Salvador mismo, quien, contestando a las palabras de San Juan, “Maestro hemos visto a un hombre expulsando espíritus malignos en tu nombre y no se lo permitimos porque no es uno de los nuestros”, diciendo “No impidáis, pues quien no está contra vosotros, por vosotros está” (Lc. IX:49). 

Santo Padre, usted contaba con varios centenares de miles de fieles que “no estaban en contra suyo”. ¡Y ha hecho tanto para hacerles difíciles las cosas! ¿No habría sido mejor pegarse a las palabras del Salvador recurriendo a fundamentos más profundos, más espirituales de la unidad? El Hegelianismo y el nominalismo frecuentemente aparecen como aliados, puesto que parten de una comprensión materialista de la historia que conduce a la convicción de que cada una de sus etapas caduca irremediablemente.


Creencia en el poder omnímodo del Papa

Cuando el Papa Benedicto XVI otorgó mayores libertades para el uso de la forma clásica de la liturgia, se refirió a costumbres y usos multiseculares. Esto fortalecía su decisión con un sólido fundamento. La decisión de Vuestra Santidad carece de tales fundamentos. Por el contrario, revoca algo que ha existido y durado durante mucho tiempo. Usted, Santo Padre, escribe que encuentra respaldo en las decisiones de S. Pío V, mas él aplicó criterios exactamente opuestos a los vuestros.  De acuerdo a él, lo que ha existido y durado durante siglos así continuaría sin imperturbablemente; sólo lo que fuera más nuevo quedaría abolido. Por tanto, el único fundamento que le queda para respaldar su decisión consiste en la voluntad de una persona con autoridad papal. Y sin embargo, ¿puede esta autoridad, por grande que fuera, impedir que la continuación de antiguas costumbres litúrgicas fuera la expresión de la lex orandi de la Iglesia romana? Santo Tomás de Aquino se pregunta si Dios puede causar que algo que alguna vez existió, no existiese nunca. La respuesta es no, porque la contradicción no forma parte de la omnipotencia de Dios (S. Th. I, q. 25, art. 4). 

De igual modo, la autoridad papal no puede hacer que rituales tradicionales que durante siglos han expresado la fe de la Iglesia (lex credendi), de repente, un día, dejen de expresar la oración de esa misma Iglesia (lex orandi). El Papa bien puede tomar decisiones, pero no unas que violen la unidad que se extiende al pasado y hacia el futuro, mucho más allá de su pontificado. El Papa está al servicio de una unidad mucho más grande que la de su propia autoridad. Pues esa unidad es un don de Dios, no tiene orígenes humanos. Por tanto, es una unidad que precede a la autoridad y a su vez ninguna autoridad la precede.


Responsabilidad colectiva

Al indicar los motivos de su decisión, Santo Padre, hace usted varias y graves acusaciones contra los que se valieron de las facultades reconocidas por el Papa Benedicto XVI. No se especifica, con todo, quiénes perpetraron los tales abusos, o dónde, o cuántos eran. Sólo nos topamos con las palabras “a menudo” y “muchos”. Ni siquiera sabemos si se refiere a una mayoría. Lo más probable es que no sea tal el caso. Y sin embargo, todos los que se valieron de las mencionadas facultades se han visto afectados por estas sanciones penales draconianas. Se han visto privados de su camino espiritual, ora inmediatamente, ora en un tiempo futuro no especificado. 

Por cierto que hay gente que usa mal los cuchillos. ¿Debería por tanto prohibirse la distribución de cuchillos? Vuestra decisión, Santo Padre, resulta mucho más gravosa que el hipotético absurdo de una prohibición universal de producir cuchillos.


Fuente: https://rorate-caeli.blogspot.com/2021/11/open-letter-by-dominican-theologian-fr.html


miércoles, 10 de noviembre de 2021

Newman y el modernismo

 


El lunes 12 de mayo de 1879 por la mañana, el Dr. Newman fue al Palazzo della Pigna, la residencia del Cardenal Howard, que le había prestado sus apartamentos para recibir allí al mensajero del Vaticano que llevaba el biglietto del Cardenal Secretario de Estado, informándole de que en un Consistorio secreto celebrado esa mañana Su Santidad, el Papa León XIII, se había dignado elevarlo al rango de Cardenal. A las once, las salas estaban abarrotadas de católicos ingleses y americanos, eclesiásticos y laicos, así como muchos miembros de la nobleza romana y dignatarios de la Iglesia, reunidos para presenciar la ceremonia. 

Poco después del mediodía se anunció al mensajero consistorial. Entregó el biglietto al Dr. Newman, quien, tras romper el sello, lo entregó al Dr. Clifford, obispo de Clifton, quien leyó su contenido. El mensajero informó entonces al recién creado cardenal de que Su Santidad le recibiría en el Vaticano al día siguiente a las diez de la mañana para conferirle la berretta. Después de haberle hecho los cumplidos de rigor, el ya cardenal Newman respondió en lo que se conoce como su "Discurso del Biglietto". Y allí, entre otras cosas, dice lo siguiente:


Por espacio de treinta, cuarenta, cincuenta años he resistido con mis mejores energías el espíritu del liberalismo en la religión. Nunca como ahora ha necesitado tan urgentemente la Santa Iglesia de campeones contra esta plaga que cubre la tierra entera. En esta ocasión, cuando es natural que alguien en mis circunstancias contemple el mundo y la Iglesia según la situación presente y las perspectivas futuras, nadie juzgará fuera de lugar que yo renueve ahora la protesta con el liberalismo que he repetido con tanta frecuencia”.

Y lo que Newman entendía por liberalismo será lo mismo que la Iglesia denominará, algunas décadas más tarde, modernismo: “El liberalismo en el campo religioso es la doctrina según la cual no hay ninguna verdad positiva en la religión: un credo vale lo mismo que otro. [El liberalismo religioso] es una opinión que gana posiciones y fuerza día tras día. Es contrario a cualquier reconocimiento de una religión como verdadera y enseña que debemos ser tolerantes con todos, pues todo es cuestión de opinión” [Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas (Encuentro, Madrid 1996), 75].


Por eso es tan llamativo que los modernistas usen al pobre Newman para llevar agua a su propio molino, presentándolo una y otro vez como el gran promotor del Vaticano II - ¿qué habría dicho Newman de Dignitatis humanae?-, y los integristas, comprando la mentira de los modernista, lo ubiquen en la vereda de los sospechosos, a cuya lectura es mejor no acercarse. 



lunes, 8 de noviembre de 2021

Las Tres Iglesias: S. Pedro, Santiago y S. Juan

 


por Eck

Ut omnes unum sint, sicut tu Pater in me et ego in te.

(S.Juan, 17, 21)



Introducción

La Divina Providencia a veces nos muestra la trama de la Historia y nos revela los planes de Dios si los sabemos leer con atención y escuchar el mensaje que nos apela. Uno de ellos es la situación de las tumbas de los tres principales apóstoles, Pedro en Roma, Santiago en España y Juan en Éfeso, que nos indica que hay algo más detrás. ¿Es casual que los llamados por Cristo a causa de su impetuosidad Hijos del Trueno estén enterrado uno, el impetuoso místico y profeta, en Oriente y otro, el impetuoso evangelizador de tierras lejanas, en Occidente y teniendo entre ambos al pragmático gobernante Pedro?

Estos apóstoles reflejan en su vida y en sus actitudes los distintos tipos y los rasgos más sobresalientes de las Iglesias que reflejan: Juan, la oriental, Santiago, la occidental y Pedro el gobierno de la Iglesia Universal a través del equilibrio entre estas dos, complementarias. El Gran Cisma de 1054 desequilibró la Iglesia al lanzar a la Sede Romana en brazos de la Iglesia Occidental, cuyos efectos estamos viviendo en nuestros días por la falta del contrapeso de un Oriente que se vio afectado con igual gravedad. La restauración de la Iglesia pasa por volver a equilibrar las dos espiritualidades y devolver a Roma su función de fulcro y comunicación entre ambas.


Los tres Apóstoles como las Tres columnas de la Iglesia y sus modelos.

Es el propio apóstol S. Pablo quien habla de los tres como Columnas de la Iglesia en su Carta a los Gálatas (Gl. 2, 9) [1] y es reafirmado por los Evangelios al destacar en tres pasajes muy importantes la elección por parte de Nuestro Señor de los tres como el grupo más íntimo dentro del Colegio Apostólico:

-Resurrección de la hija de Jairo (Mc. 5, 21-43 y Lc. 8, 49-56).

-La Transfiguración del Señor en el Monte Tabor (Mt. 17, 1-6; Mc. 9, 1-8  y Lc. 9, 28-36).

-La Oración en el Huerto (Mt.. 26, 40-46; Mc. 14 37-42  y Lc. 22, 45-46) 

En estos pasajes se puede ver el reflejo del misterio y la vida de Cristo revelado a sus más cercanos para prepararlos para su misión futura en la Iglesia. El Señor escogió a Pedro como la Piedra fundacional y a los dos hermanos como las vigas maestras que sostendrían todo el edificio. Esta elección se debió a que sus caracteres personales se correspondían a su misión, a los modelos de la Iglesia que representaban y a las iglesias que los encarnarían.

No deja de ser relevante que Santiago y S. Juan sean de la misma sangre y hermanos para manifestar el estrecho vínculo que unirá sus modelos a pesar de padecer antítéticos. Su manera de ser era pasional y ardiente, no en balde eran Hijos del Trueno, Boanerges (Marcos 3, 13-17) y de una madre que osó pedir al propio Cristo los puestos más importantes del Reino (Mt. 20, 20-23; Mc 10, 35-40). Su compromiso los llevó a aceptar el Caliz que les ofreció Jesuscristo sin vacilación y su celo llegaba hasta pedir destruir con un fuego bajado del Cielo a los samaritanos inhospitalarios (Lc.9, 51-56). Sin embargo, este fuego de la Fe se manifiesta en direcciones opuestas. 

El apóstol Santiago lo muestra con su celo misionero al predicar el Evangelio hasta el límite del orbe conocido para llevan la Salvación hasta los confines de la Tierra y regresa a Jerusalén para ser el primero en testimoniar con su sangre a Cristo. En el podemos ver el destino de la Cristiandad occidental, volcado a la acción y la evangelización de naciones y gentes.

El apóstol San Juan lo muestra con su celo contemplativo y su vuelo de águila a las alturas divinas como se puede ver en su Evangelio, en sus cartas y en el Apocalipsis. Será el último en partir de este mundo, el mayor martirio en un alma mística. En el podemos observar el hado de la Cristiandad oriental, volcado a la contemplación y participación en los misterios divinos.

Y en medio S. Pedro, astuto, enérgico, terco y pragmático. Un romano en el cuerpo de un judío para el cual un místico debe pensar que Dios está también entre los pucheros y un activo debe recordar que el fin de su actividad misionera es que todos lleguen al conocimiento de la Verdad. 

Aunque cada Cristiandad tiene un rasgo predominante no podría sobrevivir sin tener una mística como la española o la renana el Occidente y una gran actividad misionera el Oriente, como muestra la conversión de los eslavos. Y Roma no podría encontrar el equilibrio sin ambas para no caer o en una multinacional religiosa o en un lamaismo papal.


La Catastrofe del Cisma de Oriente 

El gran Cisma de 1054 escindió la Cristiandad Oriental de Roma y la Occidental. Aunque es aislamiento oriental venía de antes, el cisma provocó la petrificación de esta iglesia en un atemporalismo y atonía paralizante. Las consecuencias en Occidente las vemos y sufrimos a diario con el voluntarismo cuyo culmen es la Devotio Moderna y las miles de causas terrenas en las que se enfrasca la iglesia actual tanto por interés como por convencimiento. Sin el contrapeso de Oriente, la sede petrina se inclinó a reforzar estas tendencias con su autoridad y a mundanizarse, cayendo en la tentación de convertirse en un poder político y social bajo capa de religión. El Papa Francisco es el culmen de las tendencias de Occidente y de Roma llevadas a paroxismo. La actual Ortodoxia lleva al paroxismo su sacralización de cualquier orden eclesiástico, ritual, civil y nacional de cada iglesia autocéfala hasta considerarlas sub specie aeternitatis perdiendo la visión de la Iglesia Universal y la libertad de los Hijos de Dios.


La Restauración de la Iglesia Universal.

Y sucedió que mientras Moisés tenía alzada su mano, prevalecía Israel; y cuando bajaba su mano, prevalecía Amalec. Mas como las manos de Moisés se cansasen, tomaron ellos una piedra, se la pusieron debajo, y se sentó sobre ella, en tanto que Aarón y Hur le sostenían las manos, uno por un lado, y otro por el otro. Así quedaron firmes sus manos hasta ponerse el sol. Y Josué derrotó a Amalec y a su pueblo al filo de la espada. (Éxodo 17:8-14)

La clave nos la la Escritura en este pasaje del Éxodo, cuando Moisés (Roma), caudillo y legislador, se sienta en la Cátedra edificada sobre la Piedra y sostenido por el sacerdote Aarón (Oriente) y el compañero de Moisés, Hur (Occidente). Cuando bajaba alguno de los brazos al desfallecer sus fuerzas, los ejercitos de Dios perdían y cuando volvía al Cielo junto a la otra, ganaban. Cuando se equilibra la Iglesia formando la Cruz y alcanzando la totalidad es cuando los cristianos ganan todas las batallas de este Mundo, especialmente las espirituales. 

Debemos aprender mutuamente lo que los otros tienen porque así cada parte volverá a recuperar su verdadera esencia como integrante de una Iglesia Universal y su función en la Comunión de la Fe. Oriente para Occidente y viceversa es una necesidad para regresar a lo que somos y curar las heridas y tentaciones de cada parte. 

¿Y quien es Josué? El apóstol S. Pablo, judío grecoparlante, evangelizador también de España y oriental ciudadano romano, modelo de cristiano contemplativo y celoso de la evangelización, gobernante de decenas de iglesias y siempre sometido a S. Pedro y a los otros dos apóstoles con humildad leal y verdadera.



[1] Alguno me puede objetar que este Santiago no era el Mayor sino el de Alfeo, sin embargo relacionando la Carta a los Gálatas con los Hechos de los Apóstoles se puede ver que la reunión privada de Pablo y Bernabe se pudo realizar con la presencia de Santiago el Mayor en Jerusalen, que sería martirizado allí por Hérodes Agripa como cuenta S. Lucas. En este caso cobraría todo el sentido la expresión de S. Pablo y los textos evangélicos que destacan la importancia de S. Pedro y los hijos de Zebedeo. Resumen de los hechos: Hc.11, 27-30 (delegación de S.Pablo y S.Bernabé en Jerusalén), Gl. 2, 9-10 (reunión privada con los apostoles); Hc. 12, 2-3 (martirio de Santiago el Mayor); Hc. 12, 24-25 (vuelta de S.Pablo y S-.Bernabé a Antioquía); Hc. 13, 1-28 (1º viaje apostólico de S.Pablo) Gl. 2, 11-14 y Hc. 15, 1-3 (incidente de Antioquía entre S.Pedro y S.Pablo y controversias sobre la Ley de Moisés); Escritura de la Carta de los Gálatas alertando de las controversias y Concilio de Jerusalen (Hc. 15, 5-29).