jueves, 14 de abril de 2022

Jueves Santo

 




Cuando los gloriosos apóstoles eran iluminados en la Cena, durante el lavado de los pies el impí­o Judas fue oscurecido con la enfermedad de la codicia, y a inicuos jueces te entregó a Ti que eres el Justo Juez. Mirad al amante de la riqueza, quien por causa de su codicia se ahorcó; huye del alma insaciable que se atrevió a tal extremo contra el Maestro. ¡Señor, quien por sobre todo eres bueno, gloria a Ti!


Tropario del Jueves Santo

Liturgia bizantina

miércoles, 13 de abril de 2022

Miércoles Santo

 


Oh Buen Dios, yo he pecado más que la adúltera, y sin embargo nunca te ofrecí refrescantes lágrimas. En oración silenciosa, ahora me prosterno ante Ti, besando con amor tus pies inmaculados, a fin de recibir de Ti, oh Maestro, el perdón de mis pecados. Clamo a Ti: “Oh Salvador, líbrame de la oscuridad de mis malas obras”.


Kontakion de Miércoles Santo

Liturgia bizantina

martes, 12 de abril de 2022

Martes Santo

 


En medio de la noche, mi corazón permanece mirándote, 

oh Dios, 

porque tus mandamientos son la luz que brilla sobre la tierra.



Oración del Novio

Liturgia Bizantina de Semana Santa

lunes, 11 de abril de 2022

Lunes Santo

 


He aquí, el novio viene a medianoche,

Y bienaventurado el siervo a quien Él encuentre velando,

Mas, indigno es el siervo a quien Él encuentre  desatento.

Ten cuidado, por lo tanto, alma mía, que no te sobrevenga el sueño, 

Para que no seas entregada a la muerte, y seas excluida del Reino.

Mas bien, levántate y exclama: Santo, Santo, Santo, eres Tú, Dios nuestro,

Por las intercesiones de la Theotocos, ten piedad de nosotros.


Tropario del Lunes Santo

Liturgia bizantina

domingo, 3 de abril de 2022

Las confusiones del ultramontanismo

 




por Eck


Introducción

El que escribe estas líneas no es experto en la Historia de la Iglesia de los siglos XIX y XX  y mucho menos en la cuestión ultramontana, en el Vaticano I o en los comienzos del movimiento modernista más allá que un conocimiento somero. Sin embargo, no puedo dejar de ver numerosas confusiones en torno a un tema donde es necesario distinguir muchos aspectos para poder resolver la clave principal, la potestad papal, su ejercicio y sus límites dentro de la Iglesia. Si algo caracteriza esta disputa es lo densamente entrelazada que está con todos los demás problemas contemporáneos de la Iglesia desde la Contrarreforma y aun antes. Tanto que en medio de ellos nos puede ocurrir, si no se tiene mucho cuidado, lo que cantaba un viejo romance: "Entre tanta polvadera, perdimos a don Beltrán".


¿Qué es el ultramontanismo papal? Una posible definición

Se puede decir que el ultramontanismo papal es la creencia de que todos los hechos, palabras y la misma persona de un Papa son inspiradas directamente por Dios y tienen el aura de infabilidad en la práctica aunque no se acepte en la teoría. En resumidas cuentas, el Papa no se equivoca nunca en nada y decir lo contrario es atacar la institución, poner en peligro a la Iglesia y blasfemar de Dios que no impediría tales problemas en la cabeza de Su Iglesia.

En el fondo el ultramontanismo no tiene nada que decir de los contenidos de la Fe más allá de  la inspiración divina e infalibilidad total del pontífice. Es más un cómo que un qué de la enseñanza de la Iglesia y llevado al extremo se caería en dos errores muy graves: el primero es concebir al Papa como una especie de encarnación de Dios en la tierra o un andante y parlante Oráculo de Delfos de la divinidad y el segundo es mucho más sutil, el profundo relativismo en que se basaría la Fe, a la manera del mormonisno, donde su inspirada presidencia puede cambiar los dogmas a su gusto según el aire que le dé. ¿Por qué no? Lo único verdaderamente fundamental sería el del origen divino de esa infalibilidad, lo demás se basa en lo que diga el Papa, que no puede equivocarse jamás. 


La confusión entre tradicionalismo y ultramontanismo: las apariencias engañan

Como se puede ver, no estamos en la eterna pelea entre el tradicionalismo y el modernismo ya que el verdaderamente ultramontano será tradicional o modernista según lo sea el Papa de turno que le toque. Una de las confusiones tiene su nacimiento aquí y se explica por la historia del siglo XIX en la que el papado se constituyó en uno de los bastiones del Antiguo Régimen porque le iban en ello los Estados Papales y el sometimiento de la Iglesia a los estados liberales. Con León XIII y su política del ralliement se vio que no eran lo mismo sino ¿por qué el catolicismo francés tuvo dos veces que tragar la píldora de aceptar por obligación la III República en contra de sus íntimas convicciones monárquicas en vez de mandar al pontífice a esparragar en una cuestión opinable sobre la forma de gobierno y de competencia exclusiva del pueblo galo como era su forma de estado?

Por otra parte y como sucede con la devotio moderna esta concepción de la potestad papal absoluta es una gran inflamación tumoral de la infabilidad tradicional que siempre tuvo la Sede de Pedro desde Cristo pero que, unida a las influencias de la Reforma y del Estado Moderno, ha llegado a constituirse en la metástasis actual. Es otra de las confusiones que atacan a la Iglesia, confundir la tradicional infalibilidad papal con ultramontanismo, y que explicaría hechos con apariencia tan contradictoria como los casos de Newman, tradicionalista, y Lamennais, ultramontanista. Consecuentes hasta el límite, sus finales muestran la conclusión final de sus concepciones.


Las raíces ocultas del ultramontanismo: los movimientos modernos

Sagazmente alertaba Nietzsche del peligro de combatir a los monstruos porque nos podemos convertir en uno de ellos. Esto ocurre, sobre todo, cuando se hace mecánicamente el agere contra sin gran discernimiento, pudiendo caer en el error diametralmente opuesto, como en un espejo donde la izquierda es la derecha y viceversa. Desde nuestra humilde opinión se puede rastrear el problema en esta reacción mecánica pero manteniendo la forma mentis de los tres problemas que tuvo la Iglesia en Occidente: Nominalismo, Protestantismo y Estado Moderno, muy relacionados entre sí puesto que cada uno es hijo del anterior y su secularización sucesiva.


1) Nominalismo

De sobra es conocido que en este movimiento filosófico la Voluntad desbanca al Entendimiento como la potencia más alta del hombre. Con ello el poder y la obediencia adquieren suma importancia para determinar si se tiene fe y se pertenece a la Iglesia así como la diferencia  tajante entre la fe y las obras. Según donde se ponga el foco de la obediencia, en el interior o el  exterior, se decidirá entre una y otra. 


2) La Protesta

Con el protestantismo, las tendencia anteriores llegaron a una nueva cota. Los herejes se centraron en la obediencia interior voluntarista y así atacaron los fundamentos de la Iglesia visible al negar su jerarquía, cayendo en el subjetivismo de la Sola Scriptura y la anarquía en sociedades basadas en la fe, que necesitaron un Estado todopoderoso para evitar la disolución de todos los vínculos (Leviatán). Así emergió la cuestión de la soberanía, quién debía tener este poder total, en Europa y dio nacimiento al totalitario Estado moderno.

Como reacción en el catolicismo se intensificó la obediencia exterior a los mandatos de la jerarquía y el Papa iba escalando en la inflación de sus poderes sobre la Iglesia, desvinculados cada vez más de la Tradición, y como casi único interprete (magisterio) de las Escrituras. Solo la restauración de la escolástica de raíz tomista y de las órdenes contemplativas además del humanismo retardaron este movimiento. Con las revoluciones del XIX y a causa del hundimiento de las iglesias nacionales y la casi desaparición de las órdenes contemplativas, el Papado se volvió el Arca de Noé de una Iglesia casi anegada por el maremoto pero reforzó aún más los problemas de fondo, agravados con el calco  de la organización del Estado moderno en su interior:


3) Estado Moderno

El gran problema del Estado moderno está en la cuestión de la soberanía, que da plenos poderes a su titular para hacer todo lo que quiera y donde la tradición, la razón y los fines legítimos han sido sustituidos por la mera voluntad fundante. Hija legítima de la Reforma, daría lugar a tres desarrollos sucesivos cada vez más radicales y rupturistas: la monarquía absolutista, donde la soberanía está en el rey; el liberalismo, donde la soberanía está en la nación y el socialismo, donde está en el pueblo. Cualquiera que haya estudiado las ideas políticas de la Antigüedad, la Edad Media y en la doctrina clásica de la monarquía hispánica, su heredera, verá el gran abismo que hay con estas ideas revolucionarias. El primero en verlo fue Sto. Tomás Moro y explica la gran conmoción que supuso en las monarquía europeas varios libros publicados sin ningún problema en España: la Defensio fidei de Suárez y el De rege et de regis institutione de Mariana.

Poco se reflexiona que Pío IX (1792-1878) fue el primer Papa criado después de la Revolución y la introducción en Italia del Estado moderno. Eran ampliamente conocidas sus ideas liberales antes de su elección y que aplicó tanto al Papado como a los Estado Pontificios hasta las revoluciones de 1848. A partir de aquí virará completamente el rumbo pero mantendrá hasta su muerte los modos y las formas del Estado Moderno en la Iglesia sólo que mudando la soberanía del pueblo a la del Papa como representante de su titular, Dios. Arrasamiento de los estamentos intermedios, centralización y burocratización en Roma, concepción de obispos y arzobispos como prefectos del pontífice, juridicismo en las relaciones, atomización de la sociedad eclesiástica con intervención del papado hasta en la sacristías, omnipotencia de cada nivel sobre sus súbditos, irrelevancia de las tradiciones centenarias, decretos educativos, etc. fueron su consecuencia. Se mantuvo, en cambio, los contenidos de la Fe y la Tradición pero cada vez más convertidos en artículos de un código, resecos y de obediencia cada vez más exterior. El significado de la Lex orandi que le da Francisco I es prueba palmaria de ello.


Conclusión

La gran crisis, ya profetizada por muchos estalló en los 60. El cambio radical del papado hacia el progresismo  dividió el ultramontanismo en dos: el conservador y el oficialista. La diferencia estaba en un solo punto: si había un único modelo ideal de la perfección de Papa en la historia. Así quienes creían que sí, el de Pio IX a Pio XII, discurrieron con el silogismo siguiente: 

-el Papa es perfecto, Juan XXIII y sucesores no son perfectos, ergo no son Papas. En distintos grados: sedevacantismo, sede impedida, etc. se puede ver que si subiera al trono petrino uno de su cuerda, inmediatamente volverían por los fueros antiguos de su ultramontanismo latente.

En cambio los oficialistas, mas ultramontanos y coherentes en el fondo, siguen el siguiente silogismo basado en que los Papas son perfectos para el tiempo en que rigen:

-el Papa es perfecto, Juan XXIII y sus sucesores son Papas, ergo son perfectos. Si no siguen a los anteriores es porque los tiempos son otros y sus diferencias son adiaforas sin valor hoy.

Como se puede ver el fermento erróneo sigue incólume y operante en sus malsanas influencias sobre ambos grupos pero esto es harina de otro costal. El Papa no es perfecto y debe recuperar la función y lugar que le asignó Cristo eliminando las confusiones y adherencias históricas que lo deforman.


Apéndice sobre Lamennais. Éste, desencantado de que el papado y la monarquía absoluta no fueras perfectos en su tiempo pero atrapado por su ultramontanismo radical, traspasa la perfección y obediencia absoluta del Papa a la iglesia como conjunto de creyentes. Idéntico proceso que los revolucionarios de 1789: de la soberanía absoluta del rey a la nación. Por lo tanto, no sorprende su trayectoria tanto política como religiosa pues son totalmente coherentes con su forma de pensar y la de los que le siguieron hasta hoy. El ultramontanismo es relativismo puro en los contenidos pero férreo en los modos como los sistemas políticos actuales, sus hermanos gemelos.


jueves, 31 de marzo de 2022

Breves comentarios sobre el escándalo litúrgico en el Gesù

 


En este blog hemos sido muy críticos del papa Francisco desde el comienzo mismo de su pontificado, incluso cuando muchos otros abogaban razonablemente por dejar pasar el tiempo y ver lo que ocurría. Aquí ya sabíamos lo que iba a ocurrir, y no nos equivocamos.

Sin embargo, no me parece adecuada tampoco la actitud que puede observarse en muchos sitios de una suerte de carrera por ver quién le pega más fuerte a Bergoglio, buscando encontrarle la quinta pata al gato, lo cual es una ficción y termina envenenando las almas. Un ejemplo de lo que digo es la legión de “fatimólogos” que se levantó en las últimas semanas a fin de determinar con precisión milimétrica si la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María cumplía o no con los requisitos necesarios. Quien haya visto la ceremonia desapasionadamente y escuchado la oración del Papa Francisco, no puede tener duda que fue una ceremonia católica, donde se escucharon incorrecciones políticas como mencionar la Inmaculada Concepción o la mediación universal de Nuestra Señora, y que la consagración se realizó efectivamente. Lo reconoció complacida hasta la misma FSSPX, sobre la que no puede haber sospecha de progresismo alguno.

También en los últimos días se han levantado voces y dedos de acusación hacia el papa por el escándalo litúrgico ocurrido en la iglesia del Gesù donde, ataviado con la simple sotana blanca y asistiendo a misa, en el momento de la consagración, extendió el brazo y pronunció la fórmula, concelebrando de ese modo la Santa Misa por fuera de todos los requisitos y condiciones exigidas por las leyes litúrgicas. 

Lo que ocurrió es verdaderamente un escándalo: quien es supremo maestro y legislador de la liturgia romana infringe de un modo palmario las rúbricas de ese rito. El papa, como cualquier obispo, puede asistir a una misa “desde el trono”, como dice el rito tradicional, y si no le gusta la palabra, desde un lugar apropiado. Y lo lógico es que lo haga con hábito coral y estola. Bergoglio jamás ha vestido el hábito coral y rara vez usa estola fuera de la misa. Sea. Pero de allí a concelebrar sin ser propiamente un concelebrante, hay un salto muy grande. Por eso mismo, el escándalo producido está justificado.

Sin embargo, me permito algunos comentarios:

1. El papa no se hace más de lo que se hace con mucha frecuencia. Yo mismo he visto hacer exactamente lo mismo (sacerdotes vestidos de calle y ubicados en los bancos de una iglesia), asistir a misa y, en el momento de la consagración, extender el brazo y pronunciar la fórmula, en los años ’90 y en Roma. Hace más de treinta años, al menos, que eso se hace en todo el mundo. Y no me resultaría extraño que el mismo Bergoglio lo haya hecho siendo sacerdote u obispo en Buenos Aires, o haya permitido que sus sacerdotes lo hicieran. No digo que sea una práctica extendida, pero es una práctica bastante habitual, sobre todo en ámbitos religiosos, como residencias o encuentros sacerdotales.

2. Este hecho es una muestra más de lo que hemos dicho invariablemente en este blog: al papa Francisco no le interesa la liturgia, ni la renovada ni la tradicional, y porque no le interesa, no la conoce, ni se preocupa en conocerla. Estoy seguro que cuando hizo lo que hizo en el Gesù, lo hizo con la más limpia conciencia que pueda imaginarse, y nunca se le cruzó por la cabeza que eso no se puede hacer, porque el rito romano, por más renovado que esté, no lo permite. Al pontífice se le escapan estas “minucias”. Su intelecto puramente práctico está abocado a otros intereses, para mayor gloria de Dios.

3. El hecho muestra, además, un daño colateral y que no siempre es percibido, que se ha filtrado en occidente. Al papa Francisco le habrá parecido impropio y extraño asistir a misa sin concelebrar siendo él mismo un sacerdote. 

Es que en la cultura católica actual, incluso en la más tradicionalista, no se entiende que un laico asista a misa y se encuentra en estado de gracia, no comulgue. Recibir la comunión ha pasado a ser casi una condición necesaria de la asistencia a misa. Y algo análogo ocurre con los sacerdotes: no se les ocurre asistir a misa sin concelebrar. Y esta actitud, tanto de laicos como de clérigos, es novedosa. Nunca antes fue así, y creo que no debiera ser así. De hecho, la obligación que tienen unos y otros es la de comulgar o celebrar misa solamente una vez al año. No estoy con esto desalentando la comunión frecuente, o la celebración diaria de la misa, sino señalando que no hay ninguna obligación ni precepto en ese sentido, y que la práctica de la Iglesia siempre fue otra. Actualmente, esa práctica ha cambiado y me pregunto si el cambio es positivo. El ejemplo del Gesù me inclina a pensar que no lo es.

lunes, 28 de marzo de 2022

"Benedicto XVI. Una vida", de Peter Seewald

 


He terminado de leer la biografía de Benedicto XVI escrita por Peter Seewald. Son dos gruesos volúmenes en la edición inglesa, que es la que leí, y tengo entendido que ya ha salido también la edición española. Se trata de un libro que vale la pena tomarse el esfuerzo de leer pues nos introduce en la figura de un hombre excepcional, cuyo largo rol dentro del gobierno de la Iglesia, primero como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y luego como Sumo Pontífice, evitó grandes males y trajo consigo muchos bienes. 

El autor se detiene en relatar minuciosamente la infancia y adolescencia de Ratzinger y su ambiente familiar en la Baviera de pre-guerra. Y el retrato que surge no es solamente el del futuro papa, sino también el de la vida cristiana de esos años y que ahora muchos añoramos. La vida simple de la gente sencilla de poblados católicos, que se regía por la piedad y la liturgia, y donde la fe era verdaderamente el centro de sus vidas. Aparecen detalles curiosos, como que sus padres se conocieron por la sección de citas del periódico local o que el pequeño Joseph nació cuando ellos eran ya grandes. O bien, la precoz inteligencia del niño, que a pesar de su timidez y tendencia a permanecer solo y aislado de su grupo de compañeros de colegio, se fue desarrollando hasta alcanzar las alturas que todos conocemos.

Porque Ratzinger fue y es una de las inteligencias más agudas de las últimas décadas, acompañada de una capacidad de trabajo y producción que deja pasmados a quienes se asoman a su obra. Y se trata de un dato para destacar porque he conocido a gente brillante pero que por un motivo u otro, apenas si tienen uno o dos escritos breves. Ratzinger, en cambio, ni siquiera durante el ejercicio del pontificado romano dejó la pluma, y siguió escribiendo no sólo sus encíclicas, maravillosas piezas de enseñanza magisterial, sino también sus libros, como Jesús de Nazareth, terminado cuando ya era papa.

No en vano, y teniendo apenas poco más de treinta años, era el académico disputado por las universidades alemanas más prestigiosas, lo que le valió no solamente triunfos y halagos, sino también feroces enemigos. Y este es otros de los datos interesantes que presenta el libro: la maldad de muchos colegas teólogos del futuro Benedicto XVI y la guerra declarada y cruel que sufrió, y sigue sufriendo, por parte del progresismo. De modo particular, queda develado el verdadero rostro de Hans Küng, su gran enemigo, personaje oscuro, envidioso y mundano, al que Ratzinger siempre estuvo dispuesto a perdonar a pesar de la malicia y las bajas traiciones del suizo. Y no sólo los teólogos sino también los obispos alemanes fueron siempre sus acérrimos opositores, por considerarlo conservador y “traidor” a la renovación del Vaticano II. Un detalle revelador: el cabildo de la catedral de Münich prácticamente se negó a recibirlo en su toma de posesión en 1977 por sus críticas a la misa de Pablo VI y a la prohibición de celebrar la liturgia tradicional.

El libro muestra también el protagonismo real que tuvo el entonces teólogo Ratzinger durante el Concilio Vaticano II como asesor del cardenal Frings. Era éste el arzobispo de Colonia y, al momento de anunciar el Papa Juan XXIII la convocatoria al Concilio, Joseph Ratzinger acababa de estrenarse como profesor de teología en la Universidad de Bonn. Frings quedó impresionado por una clase que escuchó de él y le pidió que le escribiera la conferencia que debía pronunciar algunas semanas más tarde en Génova, donde el cardenal Siri había organizado unas jornadas de estudios preparatorias al Concilio. El discurso de Frings —un cardenal conservador— causó una enorme sensación pues exponía los puntos centrales de la vida de la Iglesia que el Concilio debía encarar y reformar. Y no es este un dato menor: en un ambiente conservador como era la Génova del cardenal Siri, no hubo oposición sino, por el contrario, un sostenido aplauso de aprobación. 

Queda claro también en el libro que tanto el cardenal Frings como su perito Ratzinger, durante las dos primeras sesiones del Concilio, tuvieron roles protagónicos en el grupo del Rin, con sus reuniones paralelas en el Colegio Germánico para urdir las estrategias que los llevarían a tomar el control del Concilio, y que todo terminara como ya sabemos. Hay que decir, sin embargo, que terminada la segunda sesión, ambos —Frings y Ratzinger—, cayeron en la cuenta que estaban siendo utilizados por el progresismo y que el rumbo que tomaban las cosas era sumamente peligroso para la Iglesia. De hecho, el cardenal de Colonia murió con un gran remordimiento por su actuación durante esas dos primeras sesiones conciliares.

De entre los múltiples aspectos que se podrían señalar del libro, señalo uno más: la renuncia al papado. Es un tema que despierta aún controversias no sólo porque algunos siguen sosteniendo que no fue válida por algún motivo u otro —lo cual, a mi entender, no tiene sustento alguno—, sino por su oportunidad o necesidad. Es verdad que, si Benedicto XVI no hubiese renunciado, hoy no estaría Bergoglio en la sede romana, y nos habríamos librado de todas las calamidades que ha traído este lastimoso pontificado, pero ¿quién nos asegura que estaríamos mejor? ¿Quién gobernaría hoy la Iglesia? ¿Gänswein, Bertone, Sodano? Porque, ciertamente, Benedicto no la gobernaría. Estaríamos nuevamente en el estado de “sede vacante”, tal como se conocieron los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, cuando nadie sabia a ciencia cierta quién gobernaba la Iglesia, o hasta qué punto las decisiones las tomaba el pontífice romano o su secretario. ¿Cuántos obispos no fueron recibidos por el papa inválido y enfermo y salieron de la entrevista con un papelito firmado con nominaciones episcopales u otras medidas, conseguidas por medios turbios y ladinos? El cardenal Ratzinger vio todo eso de cerca y no quiso repetir la misma historia. Y a eso se sumaban sus debilidades, que él conocía y sabía que no podía contra ellas. Por ejemplo, su indecisión para enfrentar los defectos de sus amigos, aunque estos fueran evidentes. Es el caso de la desastrosa gestión del cardenal Bertone como Secretario de Estado y que, a pesar de que Benedicto XVI era consciente de ello y que muchos se lo advertían, no fue capaz de echar de su cargo a quien era su amigo de años, como no fue capaz de sostener a Ettore Gotti Tedeschi en la limpieza que había encarado en el IOR.

El lector del libro, además, puede observar algunos otros defectos, o al menos, que lo son para mí. Uno de ellos es la obsesión de Ratzinger por el ecumenismo. Soy consciente de que es un problema que a los hispánicos nos cuesta calibrar porque no existe entre nosotros. Sé que en algunas diócesis argentinas, cuando en los ’90 se puso de modo hacer actos ecuménicos, los celosos obispos tuvieron que importar protestantes o musulmanes de otras provincias porque en las suyas apenas si podían conseguir algún Testigo de Jehová o algún mormón impresentables que no estaban precisamente interesado en ese tipo de intercambios cariñosos. En Alemania, la situación era distinta, y se entiende mejor la actitud de Ratzinger pero, igualmente, me parece que es un interés exagerado, teniendo en cuenta, además, que el protestantismo no existe más, y que en la actualidad ha quedado reducido a una presencia testimonial, sostenida por los estados, y que representa a un número cada vez más insignificante de fieles.

Otro defecto surge debido al hecho de que Ratzinger vivió la Segunda Guerra Mundial, y la pasó, además, del lado equivocado. Y la guerra fue un acontecimiento traumático para todos, y mucho más para los alemanes, que quedaron con un sentimiento de culpa colectiva del que no pueden desprenderse. Y así puede entenderse la obsesión del Papa Ratzinger por incentivar las relaciones con los judíos, paralela a su obsesión por el ecumenismo. No se trata, por cierto, de que enfriara las relaciones con el pueblo hebreo, pero parece un poco exagerado el empeño que ponía en ellas.

Y este defecto, que es un defecto alemán, se nota con mucha nitidez también en Peter Seewald, que además de alemán es un hombre moderno. Entonces, a lo largo de todo el libro, trata de mostrar que el Papa Benedicto jamás fue ni siquiera simpatizante de posiciones tradicionalistas, y lo hace con argumentos a veces ridículos. Dice, por ejemplo, que la crítica que recibía porque en las ceremonias litúrgicas utilizaba ornamentos barrocos y tradiciones es falsa porque, realidad, usaba los mismos ornamentos que había utilizado Juan Pablo II… basta mirar un par de fotos para descubrir que no era así.

Y en el mismo sentido, busca siempre respetar la corrección política y presentar a Ratzinger exagerando sus gestos contemporizadores con el mainstream. Es notable que, por ejemplo, a veces dedica tres carillas a relatar el encuentro del Papa con un superviviente del Holocausto, y no dice nada de las visitas o discursos a las carmelitas u otras intervenciones de ese tipo. Es decir, el empeño de la corrección política propia no sólo de un moderno sino también de un alemán acomplejado.

A pesar de estos estos y otros defectos que podrían señalarse, se trata de un libro muy recomendable, que enseña a valorar la enorme figura de Joseph Ratzinger y del impagable servicio que brindó a la Iglesia.