
En la redacción del Wanderer se recibió la siguiente carta:
Estimado Señor Wanderer:
He estado leyendo con mucho interés sus últimos post acerca de la salvación y de la gracia, y las discusiones que ellos han suscitado.
En los últimos días, un lector nos alertó acerca de un post, de un autoría del Sacerdote Fiel, que había sido publicado en el blog de Cabildo en el que, de alguna manera, se contestaba los suyos y se advertía de los peligros que ellos encerraban. ¡Qué interesante es ese escrito!
Nos advierte el fiel sacerdote que los escritos wanderianos producen confusión en las almas. Y tiene razón, aunque no veo bien el motivo. Es que, le soy sincero Wanderer, yo no sé bien qué es el alma o, dicho de otro modo, yo creo que no soy un alma. Me parece que soy un hombre, y no veo cómo se puede confundir al alma sin confundir al hombre. Lejos de mí, laico infiel como soy, de criticar al Sacerdote Fiel, pero me resulta difícil comprender su defensa de la naturaleza humana cuando nos considera solamente un alma. Pero claro, es probable que sea yo tan carnal, que me conciencia de alma esté ofuscada por mi conciencia de cuerpo.
El Padre Fiel destaca que el peligro no es sólo actuar contra la gracia, sino también no “cooperar con ella” porque se espera todo de ella. ¡Qué triste me puso esta afirmación! Porque yo espero todo de la gracia. Por supuesto que quiero cooperar, pero soy pecador, y necesito de la gracia para que me ayude a cooperar. Yo solito no puedo hacer nada, y no digo esto como retórica, sino a partir de mi propia y dolorosa experiencia. Porque si yo tengo que cooperar, creo que me voy a condenar. Es que, Wanderer, yo quiero cooperar, pero no puedo cooperar. Y cuando coopero, es porque la gracia me hace cooperar. Lo único que puedo hacer es ponerme delante del Señor, abrirle mi corazón y mostrarle mi miseria.
El Sacerdote Fiel nos advierte que con puro rezar el rosario, novenas y triduos no es suficiente. Yo estoy de acuerdo con él, don Wander. A veces, pocas, rezo el rosario, pero la lectura de la Palabra de Dios y la lectio de los Padres de la Iglesia me ayudan mucho. Probablemente el Padre Fiel me diga que eso es lo que hacen lo protestantes o los protestantizantes como Newman y Bouyer, pero yo no entiendo por qué alimentarse diariamente de la Palabra, es decir, del Verbo o del Logos, puede ser peligroso. A mí se me hace que, cuando leo su palabra, el Señor abre la caparazón de las letras y de los sonidos, y se me revela Él mismo, dándome el don de su paz. ¿Es que será esta una práctica protestante? ¿Es que me estaré volcando por la libre interpretación? Yo creía hasta ahora que quien obraba es el Espíritu, pero quizás, para obrar, la Trinidad necesite siempre al Sacerdote Fiel o a algún otro ministro consagrado. En definitiva, yo soy un pobre laico infiel.
Porque, pienso, quizás sea ese el orden que estableció Dios. El post del Sacerdote Fiel es un dechado de orden: el orden de la naturaleza, la gracia natural, la gracia sobrenatural; silogismos correctamente formulados y ordenados. ¡Qué bien ordenada debe tener su cabeza el padrecito fidelísimo! Y no sólo su cabeza. Él, a diferencia de este pobre pecador, debe vivir en un universo natural y sobrenatural perfectamente ordenado por su razón poderosa y taxonómica, donde cada cosa encaja perfectamente en su lugar. Yo, en cambio, cada vez confío menos en los órdenes de la razón. No entiendo esas distinciones entre tantas gracias: actual, habitual, natural, sobrenatural… Yo creo que la gracia es kharis, es el resplandor de Dios y es su compasión casi maternal que se refleja es su amor misericordioso. Yo creo que la gracia es el donum Dei que el Señor le prometió a la Samaritana, y que es Él mismo. Yo creo que la Gracia es la adopción que hace de nosotros por el Espíritu los hijos de Dios en Cristo resucitado. Yo creo que la gracia es “el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. Y todo esto, creo yo, muy racional no es o, al menos yo, no puedo explicarlo con la razón. Trato de vivirlo.
Pero el párrafo del Sacerdote Fiel que más me ha perturbado es el último de su post. Allí se me dice que debo poner mi propósito de enmienda frente a mí, “por delante, frecuentemente, varias veces al día, para motivar mi voluntad”. ¡Qué pecador debo ser yo, si cuando salgo de confesarme ya me olvidé de mi propósito de enmienda! Yo, durante el día, con mucha frecuencia, trato de poner delante de mí la memoria de un Dios que me ama y que se entregó por mí y la certeza de que mi Señor venció a la muerte con su muerte y que me espera en el cielo para incorporarme a su vida divina. ¡Qué mal lo mío! Yo nunca trato de motivar mi voluntad para no volver a pecar. Apenas si puedo motivar mi amor por Dios.
Un Laico Infiel





