lunes, 21 de septiembre de 2009

Del Laico Infiel al Sacerdote Fiel


En la redacción del Wanderer se recibió la siguiente carta:

Estimado Señor Wanderer:

He estado leyendo con mucho interés sus últimos post acerca de la salvación y de la gracia, y las discusiones que ellos han suscitado.

En los últimos días, un lector nos alertó acerca de un post, de un autoría del Sacerdote Fiel, que había sido publicado en el blog de Cabildo en el que, de alguna manera, se contestaba los suyos y se advertía de los peligros que ellos encerraban. ¡Qué interesante es ese escrito!

Nos advierte el fiel sacerdote que los escritos wanderianos producen confusión en las almas. Y tiene razón, aunque no veo bien el motivo. Es que, le soy sincero Wanderer, yo no sé bien qué es el alma o, dicho de otro modo, yo creo que no soy un alma. Me parece que soy un hombre, y no veo cómo se puede confundir al alma sin confundir al hombre. Lejos de mí, laico infiel como soy, de criticar al Sacerdote Fiel, pero me resulta difícil comprender su defensa de la naturaleza humana cuando nos considera solamente un alma. Pero claro, es probable que sea yo tan carnal, que me conciencia de alma esté ofuscada por mi conciencia de cuerpo.

El Padre Fiel destaca que el peligro no es sólo actuar contra la gracia, sino también no “cooperar con ella” porque se espera todo de ella. ¡Qué triste me puso esta afirmación! Porque yo espero todo de la gracia. Por supuesto que quiero cooperar, pero soy pecador, y necesito de la gracia para que me ayude a cooperar. Yo solito no puedo hacer nada, y no digo esto como retórica, sino a partir de mi propia y dolorosa experiencia. Porque si yo tengo que cooperar, creo que me voy a condenar. Es que, Wanderer, yo quiero cooperar, pero no puedo cooperar. Y cuando coopero, es porque la gracia me hace cooperar. Lo único que puedo hacer es ponerme delante del Señor, abrirle mi corazón y mostrarle mi miseria.

El Sacerdote Fiel nos advierte que con puro rezar el rosario, novenas y triduos no es suficiente. Yo estoy de acuerdo con él, don Wander. A veces, pocas, rezo el rosario, pero la lectura de la Palabra de Dios y la lectio de los Padres de la Iglesia me ayudan mucho. Probablemente el Padre Fiel me diga que eso es lo que hacen lo protestantes o los protestantizantes como Newman y Bouyer, pero yo no entiendo por qué alimentarse diariamente de la Palabra, es decir, del Verbo o del Logos, puede ser peligroso. A mí se me hace que, cuando leo su palabra, el Señor abre la caparazón de las letras y de los sonidos, y se me revela Él mismo, dándome el don de su paz. ¿Es que será esta una práctica protestante? ¿Es que me estaré volcando por la libre interpretación? Yo creía hasta ahora que quien obraba es el Espíritu, pero quizás, para obrar, la Trinidad necesite siempre al Sacerdote Fiel o a algún otro ministro consagrado. En definitiva, yo soy un pobre laico infiel.

Porque, pienso, quizás sea ese el orden que estableció Dios. El post del Sacerdote Fiel es un dechado de orden: el orden de la naturaleza, la gracia natural, la gracia sobrenatural; silogismos correctamente formulados y ordenados. ¡Qué bien ordenada debe tener su cabeza el padrecito fidelísimo! Y no sólo su cabeza. Él, a diferencia de este pobre pecador, debe vivir en un universo natural y sobrenatural perfectamente ordenado por su razón poderosa y taxonómica, donde cada cosa encaja perfectamente en su lugar. Yo, en cambio, cada vez confío menos en los órdenes de la razón. No entiendo esas distinciones entre tantas gracias: actual, habitual, natural, sobrenatural… Yo creo que la gracia es kharis, es el resplandor de Dios y es su compasión casi maternal que se refleja es su amor misericordioso. Yo creo que la gracia es el donum Dei que el Señor le prometió a la Samaritana, y que es Él mismo. Yo creo que la Gracia es la adopción que hace de nosotros por el Espíritu los hijos de Dios en Cristo resucitado. Yo creo que la gracia es “el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. Y todo esto, creo yo, muy racional no es o, al menos yo, no puedo explicarlo con la razón. Trato de vivirlo.

Pero el párrafo del Sacerdote Fiel que más me ha perturbado es el último de su post. Allí se me dice que debo poner mi propósito de enmienda frente a mí, “por delante, frecuentemente, varias veces al día, para motivar mi voluntad”. ¡Qué pecador debo ser yo, si cuando salgo de confesarme ya me olvidé de mi propósito de enmienda! Yo, durante el día, con mucha frecuencia, trato de poner delante de mí la memoria de un Dios que me ama y que se entregó por mí y la certeza de que mi Señor venció a la muerte con su muerte y que me espera en el cielo para incorporarme a su vida divina. ¡Qué mal lo mío! Yo nunca trato de motivar mi voluntad para no volver a pecar. Apenas si puedo motivar mi amor por Dios.

Un Laico Infiel

jueves, 10 de septiembre de 2009

El elefante barroco


Ludovicus responde a los pedidos de explicación acerca del barroco.
Como las demandas también me incumbe, hago mías las palabras de Ludovicus. Algo así como un Wandericus.

Sólo un aporte para seguir pensando este interesante tema.

Efectivamente el término paradigma lo introduje en forma no inocente. Y la referencia a la analogía con Kuhn se la debo a un amigo muy "psíquico" pero sobre todo físico él.

La fe desnuda, químicamente pura, es imposible, y por cierto no condice con el misterio de la Encarnación. Perdónenme la palabra demodée, pero siempre hay -horresco referens, parece tan viejo ya el juanpablismo- "inculturación".

Es decir, esa fe se encarna temporalmente en "paradigmas", animalitos conformados por una espiritualidad, un énfasis en determinadas verdades en desmedro de otras, una praxis más o menos recta y una forma de vivir el Misterio -un culto-, todo seleccionado y filtrado conforme el "air du temps". Es inevitable.

Aunque sea reaccionando en contra, como dice San Ignacio (y qué interesante destacar la modernidad de ese "reagere contra" ignaciano). Estos paradigmas no son la fe, sino son la forma en que esa fe se vive y manifiesta, velándola o volviendola más lúcida. Hoy los llamaríamos ideologías, pero son más que ideologías.

Habitualmente se opacan más por el lado de la praxis, habida cuenta de que la Iglesia cuenta con la promesa de la infalibilidad en materia dogmática. Se opacan y deforman en la praxis, y desde esa praxis contaminan la doctrina, con énfasis desmedidos, sin una formulación explícitamente herética. La herejía es un sabor, más bien. De ahí la dificultad que tenemos con Wanderer en aislar el "paradigma barroco, preconciliar" o como se llame, ponerle nombre, cazar al animalito.

En realidad, el animalito se ve o no se ve. Cuando lo palpamos, nos pasa como a la parábola de los ciegos y el elefante: que el barroco es muy sangriento - pero señor, si el cristiano debe derramar la sangre - que el barroco es anticontemplativo - pero no, señor, rezaban todo el día - que es dolorista - acaso en la Edad Media no decían que la vida es un valle de lágrimas - el barroco descentra la ascética - ¿pero san Francisco no se flagelaba con ortigas y san Simeón no vivía en una columna? - que está obsesionado con la muerte - entonces Platón que define la filosofía como preparación para la muerte y no digamos los Padres, ¿son barrocos? Y así ad infinitum, recorriendo la trompa, la cola, las patas del elefante...

Hay que ver el animalito completo. Y el animalito tiene una estructura, una "forma" que formaliza todo: la elefantiasialidad. Si no la vemos, seguimos discutiendo, porque me van a traer innumerables ejemplos prebarrocos para demostrar que todo eso está en el cristianismo. Sì está. Lo que no está es la "forma" del paradigma.

O para decirlo con el ejemplo de Elder Sofrony: Si tienes un gran mosaico y lo rompes, no por tener todos los pedazos tienes el ícono. La modernidad barroca tiene todos los mosaiquitos, pero no sabe armar el ícono. O lo arma como lo armó.

La verdadera fe, como dice Santiago, es preservarse de la contaminación del mundo. Los paradigmas mezclan teorías estéticas, doctrinas, ideas del Zeitgeist con la fe. A veces sale muy bien, a veces muy mal. Nunca es perfecto. El hombre es un animal situado, encarnado, inmerso en la temporalidad.

Ese carácter anfibologico se revela no sólo en nuestras culturas laicas, propias del "two-storey Universe", como las llaman el mismo Elder Sofrony, sino también y sobre todo en una sociedad que se revela cristiana. Como en los países católicos durante los siglos posteriores a la reforma, afectados por el enorme giro antropologico renacentista, que recién se ha completado en el siglo XX. A las puertas del Concilio de nuestros afanes.

El "paradigma" barroco se conforma pues en un clima antropocéntrico, crecientemente antimetafísico, afectada por el "olvido del ser heideggeriano", activista y pragmático, anticultico, nominalista, voluntarista, apartado de la gran Tradición mistérica, moralista y enemigo de la mística.

¿Puede sorprender que la formulación del paradigma haya sido afectada por el Zeitgeist? Estáis en el Mundo, dice el Señor. ¿Es que el Espíritu Santo garantiza la intangibilidad del paradigma que asume el cristianismo en cada tiempo? ¿Habría que esperar un milagro permanente? ¿Una pureza química en medio de las desviaciones sin cuento que trae que el hombre haya decidido ser el centro del Universo?

El milagro es lo contrario: un San Pío V respetando las venerables tradiciones liturgicas seculares en el mismo siglo en que hubo Papas que encargaban Himnos liturgicos cambiando el nombre "Cristo" por "Apolo" o "Yaveh" por "Jove"; o un Benedicto XIV, flor del pontificado, baluarte de la razón catolica en medio del agnosticismo más descarado de la Ilustración; o que en el fangodel Sulpicianismo más burgués y cursi surja la Flor de Lisieux. Que entre los jesuitas más extraviados en el nominalismo suareciano se ierga un San Roque González. Que, en fin, en un contexto de oportunistas italianizados, rosqueros y obsecuentes papólatras aparezca la figura señera del Siervo de Dios John Henry Newman.

Cuando empieza a hacer crisis el paradigma, por la creciente obsolescencia de sus elementos constitutivos, que no alcanzan a explicar la "realidad" -en este caso, la fe-, viene el cambio de paradigma, la sustitución, lo que ocurre en bloque, como dice el estimado Kuhn. Algunos se aferran el paradigma, lo identifican con la fe. Otros rechazan in toto paradigma y fe. Tiran al bebé con el agua de la bañera sucia. Voilá la lucha.

En eso estamos. Pero esa es otra historia.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Ascesis y espiritualidad barroca

Tal como bien señala el Hombrecito del Sombrero Gris, las últimas discusiones del blog han estado muy divertidas, y dan para pensar. Creo que hay, al menos, dos temas conexos que deben aclararse. Uno, la naturaleza de la ascesis cristiana; y el otro, la profundidad de la presencia del Mal en el hombre y en el mundo. Y empiezo por el primero.

Insisto en el asombro que me causa el empecinamiento de muchos amigos en mantener la propia voluntad en un rol protagónico en el camino de salvación, en desmedro, a veces, de la centralidad de la gracia.

Coincidiendo con Ludovicus, adjudico esta actitud a la influencia barroca, o a la espiritualidad moderna contrareformista y, consecuentemente, al olvido de la espiritualidad cristiana tradicional, aquella emanada de las enseñanzas de los Padres y, a través de ellos, de la enseñanza apostólica.

Una de las características del barroquismo espiritual, nacido con la modernidad es la insistencia en la etapa ascética de la vida cristiana, otorgándole, incluso, una gran autonomía y desconexión con el resto del camino de perfección.

Se trata, sin duda, de una característica de la modernidad: la dispersión de lo que es uno. Y esto sucede en todos los ámbitos. En el religioso, lo vemos, por ejemplo, en la separación de teología, espiritualidad y liturgia y, en el tema que nos ocupa ahora, en la “autarquización” de la ascética con respecto a la iluminación y a la perfección, las otras dos etapas de la vida de perfección.

Para los Padres Orientales, las tres etapas del ascenso a Dios son la purificación (o vía purgativa), la iluminación (o vía contemplativa) y la perfección (o vía unitiva). Estas tres etapas aparecen también, como no podía ser de otro modo, en todos los tratados espirituales de la Contrareforma. Sin embargo, muchas veces se entendió a la primera etapa como de una purificación eminentemente moral, o moral en lo inmediato. No es así en la espiritualidad de los Padres. La purificación es del conocimiento. Es lo que dice el evangelio de Juan: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Un conocimiento purificado, y por conocimiento me refiero al conocimiento de Dios, me liberará de las ataduras, también las morales. Es decir, la purificación moral se producirá como consecuencia y fruto de la purificación del conocimiento.

Se trata, claro está, de un conocimiento amoroso y activo. No es una cuestión de “quietismo intelectualista”, sino de actividad intelectual, la única propiamente humana, que avanza en el conocimiento y en el amor de Dios que se le revela. Y es ese conocimiento amoroso el que obrará la purificación moral.

Este conocimiento se convierte para el alma en una realidad viva: no es sólo teoría, es una fuerza de vida, es una unión de amor transformadora. El conocimiento de Cristo no es sólo pensamiento, también es amor que abre los ojos, transforma al hombre y crea comunión con el Logos, que es verdad y vida. En esta comunión, que es conocimiento perfecto y es amor, el cristiano perfecto alcanza la contemplación, la unificación con Dios.

La espiritualidad barroca provocó una deformación de esta realidad, construyendo una purificación, o ascesis, dolorista y acósmica, que muchas veces termina en una falsa interioridad y en un replegarse sobre sí mismo. La ascesis bien entendida, en cambio, no implica condenación sino, más bien, preferencia. Ella debe ocupar su justo lugar de dependencia de los valores primeros y del valor absoluto, es decir, Dios contemplado, reconocido y servido en una total donación de sí mismo. Toda ascesis tiene esta finalidad.

La vida cristiana consiste en seguir a Cristo, seguirlo a todos los lugares donde Él va, y seguirlo también en la gloria de la Resurrección, y seguirlo por el camino necesario, que es la Cruz. Pero, atención, la cruz es sólo un camino. El fin es la plenitud de la vida eterna. No estamos destinados a la cruz y la cruz no debe ser nuestro objetivo. Nuestro destino es la resurrección.


(Por cierto, el Wanderer ahora es no sólo molinista y feneloniano, sino también gnóstico. Cuidado. Podemos ser varios los herejes. El párrafo en azul es de Benedicto XVI)

martes, 1 de septiembre de 2009

Los veterotestamentarios


Han sido sorprendentes algunas reacciones provocadas por el post de Ludovicus en el que comenta su afirmación de que “ya estamos salvados”. Por un lado, frenéticos talibanes al estilo de Rip que, con derroches de barroquismo y escasez de teología, se han lazando a combatir la neo-herejía. Otros, de tono más solemne, pretenden adscribir al autor a las seguras y definidas categorías de quietista, o molinista o feneloniano. Otros, sólo fueron capaces de insultar con una asombrosa agresividad y, ciertamente, sus comentarios fueron censurados.

Resulta claro que, en todos los casos, Ludovico les movió la estantería y comenzaron a desesperar con tanto movimiento. Lo ideal, por cierto, es permanecer sentados y tranquilos, en las inmóviles categorías tridentinas que brindan seguridad, y huir de la posibilidad de preguntarse y dejarse preguntar. En fin, de aceptar la interpelación.

Dos aspectos, creo yo, son los más notables. Por una parte, la tenaz resistencia a mantener la voluntad en el protagonismo de la obra de la salvación. ¿No será, acaso, un dejo de soberbia? No lo creo, al menos conscientemente. Más bien, creo que se debe a la barroquista formación espiritual que recibieron de algunos curitas con buenas intenciones y pocas lecturas. En definitiva, han permanecido en una espiritualidad antropocéntrica (“Yo soy yo y mi voluntad”) que sólo ha producido antropoides espirituales.

En segundo lugar, la notable confusión de ideas y la pertinacia en permanecer en ella. ¿Es que, afirmar que Estamos salvados, significa que debemos quedarnos de brazos cruzados y caer, por tanto, en el quietismo? Nadie aquí negó la necesidad del propio obrar, movido por la gracia, para alcanzar la salvación. Pero la cosa es que, en realidad, la salvación ya está alcanzada, simplemente porque Cristo murió en la cruz y con su muerte venció a la muerte.

Los amigos comentadores pareciera que pertenecen a una religión veterotestamentaria. En efecto, para ellos la salvación está aún por verse lo cual significa, sin más, que la redención aún no se ha obrado. Están todavía esperando la venida del Mesías. Lo cierto, y lo bueno, es que el Mesías ya vino, y ya nos redimió, y por su redención todos hemos sido salvados. Y no sólo eso, sino que también ya hemos resucitado con Él y nos estamos ya sentados a la derecha de su Padre. Y no se escandalicen, señores veterotestamentarios, porque no son palabras mías sino de San Pablo: “Convivificavit nos Christo — gratia estis salvati — et conresuscitavit et consedere fecit in caelestibus in Christo Iesu” (Ef. 2, 5-6). Lean, y relean. Si no saben latín, vayan al texto castellano: Dios “nos dio la vida con Cristo – en gracia habéis sido salvados – y nos resucitó y con Él y nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”.

La Antigua Alianza se asemeja a la Nueva en que ambas esperan la plena y definitiva manifestación del Señor. La diferencia es que nosotros, en la Nueva, ya hemos recibido las arras de esa unión.

Amigos, no se resistan al gozo profundo que nos da la certeza que San Pablo nos anuncia: somos “domestici Dei et cives sanctorum”. Sí, tal como lo leen: habitantes de la casa de Dios y conciudadanos de los santos (Ef. 2, 19). Hemos dejado de ser extraños y extranjeros. Somos ya habitantes del cielo. Nosotros, los cristianos. Los veterotestamentarios son otra cosa.

Y, para terminar, les dedico un cantito:

Judeae incredula,

cur manes adhuc inverecunda?

Perspice Christicolas,

qualiter laeti canunt inclyta

Redemptori carmina”.

Incrédulo de Judea,

¿por qué permaneces todavía sin vergüenza?

Observa a los cristianos

de qué modo cantan gloriosos

cantos al Redentor.

(Secuencia del domingo de Pascua en el Misal de Sarum)

lunes, 31 de agosto de 2009

Estamos salvados II


Ludovicus comentó una entrada. Pero su magistral comentario merece algo más que la categoría de "comment".

Kimbo, me alegro que le quiera enmendar la plana a San Pablo y a Benedicto, corrigiendoles la forma gramatical:
IN SPE FACTI SALVI SUMUS

Queda para una fe de errata de las próximas ediciones de la Encíclica.

Las reacciones contra la fórmula, así como los intentos por circunscribir la acción salvífica divina "al pasado" (¿el Calvario?)o "al futuro" (el Cielo) y no al Hoy de Dios, único ámbito en que se realiza la obra de nuestra salvación, demuestra que hay una heteropraxis galopante, específicamente voluntarista.

No se soporta que la obra de salvación ya haya sido cumplida por Dios, y se pretende que la aplicación subjetiva ("lo que le falta a la Pasión de Cristo" que dice san Pablo) sea parte necesaria de la acción salvífica de Cristo.

Más brutalmente, algún barroco habla de que la composición de la salvación es 50% Dios 50 % esfuerzo humano. Una versión "a lo divino", del edisoniano "90 de transpiración, 10 de inspiración".
Ay los occidentales, con el "triunfo de la voluntad" y la mar en coche...

Frente a esto, y provocativamente, poner fórmulas a lo Eckart es mandatorio. A ver si sirve para pensar. No me voy a molestar en transcribir a Pieper, que dice lo mismo que hemos dicho, sólo que en pacíficos renglones que se lee con anodina tranquilidad.

Que en este blog haya habido interpretaciones pueriles de la frase (como "el Infierno está vacío"), apelaciones a manuales de iniciación teológica del óptimo Pieper o alguna memez por el estilo ya es más inocente, denota cierta "theological plainness", o sancta simplicitas.
Pero cuidado con creer que Dios está en el allende la muerte. Está ahora mismo, aquí enfrente. Y es la única forma en que se te manifiesta. Hoy. Aquí.
No es un Dios de ultratumba. Está vivo, respirando encima tuyo. Y te ha salvado, te está salvando. Si no lo adviertes, no te salvarás.

sábado, 29 de agosto de 2009

Puritania


Pablo de Rosario me mandó una "Foto que habla" al estilo Nick, que se agradece.
Me advierte, además, que hay alguien muy enojado con el blog. Espermos que no sea el entrañable amigo bebedor de cerveza.

viernes, 28 de agosto de 2009

La interpelación


Estimado Wanderer, estimados todos:

Disculpen si me pronuncio demasiado a menudo, no quiero interferir tampoco con lo que otros, de más valía que yo, tengan para decir, pero es que… esto nos concierne a todos, me parece.

Y sobre todo a usted, estimado Wanderer.

Sucede que con el paso de los años me he ido aficionando más y más al Evangelio, qué quieren que les diga. Empecé a leerlo a diario hace cosa de un cuarto de siglo (creo que por influencia del maldito fraile mal pibe) y desde entonces la afición se ha vuelto algo que sólo se me ocurre calificar como de obsesión. En particular el Evangelio de Juan, y más en particular todavía, las palabras de Cristo, ipsíssima verba Iesu.

Pero luego, una cosa más específica todavía, no sé por qué. Se me ocurre que de toda la miasma, de todo el detritus y general imbecilidad de los progres pos-conciliares y sus abominables neologismos, se me pegó un solo vocablo: interpelar. Dios, la Iglesia, el texto tal… te interpela. Es una palabra fea, bruta parola, concedo, y sin embargo…

Me interpela.

A mí en particular me encantan las preguntas de Cristo, y supongo que es porque me interpelan, me obligan a contestar alguna cosa, no puedo quedarme callado, qué le voy a hacer. Y claro, así comienza una interminable conversación ¿no?

¿Pongo ejemplo? “¿Qué queréis?” (Jn. I:38). Y Señor, qué sé yo… “¿Cómo? Tú eres maestro en Israel y no sabes estas cosas?” (Jn. III:10). Es que, Señor, no sé, pero… “¿Quieres curarte?” (Jn. V:6) Y la verdad que sí Señor…

Estas preguntas de Jesús son innumerables. Claro que hay algunas que pegan más que otras. Que interpelan un poco más, ¿no? “Vosotros también queréis iros?” (Jn. VI:67), o aquella otra, tremenda: “Si digo la verdad: ¿por qué no me creéis?” (Jn. VIII:46). En efecto, en efecto, sólo que… -No me cambies de tema, te digo, te pregunto, en efecto, te estoy interpelando: “¿Por qué no me creés?”.

En ainsi de suite. Ahora, la pregunta que más me gusta no está en San Juan, sino al final del evangelio de Lucas, cuando un desconocido se les aparece a los de Emaús y les pregunta directamente: “¿De qué conversábais cuando ibais por el camino?” (Lc. XXIV:17).

A lo mejor la prefiero porque tal vez, quizá, de a ratos, me anime a contestar a guisa de “De Ti, Señor… y de tus cosas”.

Eso es lo que me gusta de su blog de usted, don Wanderer. Que mientras vamos de camino, con Lupus y Ludovico, con Juancho y el Anónimo Normando, con J.V., el Carlista, el Caníbal de Rotenburgo y tantos más, vamos hablando, no siempre atinadamente, concedo, no siempre del todo amablemente, correcto—pero más o menos vamos conversando sobre Él, en Quién tenemos puestos los ojos (casi siempre, I hope so).

Y últimamente, un poco más. Como es requetesabido (aunque re-negado una y otra vez) no tengo la menor idea de quién es usted. Y a osadas, no me interesa saberlo.

Pero en el Juicio Final sí me voy a enterar. Y en Aquella Hora, a pesar de todo lo demás, se me hace que cuando Cristo le pregunte de qué hablaba con sus amigos cuando iban de camino, va a zafar bastante bien.

Y yo no tanto, que me salió medio zalamero esto, caray con eso, porque hay otra preguntita, ¿no? “¿Cómo podéis vosotros creer, si admitís alabanza los unos de los otros?” (Jn. V:44).

-Bueno, Señor, ocurre que no me dí cuenta y en verdad lo que quería era prohijar…

Etcétera.

Sursum corda,

Jack Tollers.


Muchas gracias, Sir Jack. Espero que, como Ud. dice, en mi día esa pregunta esté más o menos bien respondido. El problema es que habrá otras de las que no podré zafar tan fácilmente.
Wanderer