El Viejo Vizcacha es un personaje del Martín Fierro. Es el Maquiavelo argentino, hábil para dar consejos y enseñar mañas a fin de salirse con la suya, pasarla bien y mantener el poder. Decía, por ejemplo,
No te debés afligir
Aunque el mundo se desplome;
Lo que más precisa el hombre
Tener, según yo discurro,
Es la memoria del burro
Que nunca olvida ande come.
Dejá que caliente el horno
El dueño del amasijo.
Lo que es yo, nunca me aflijo
Y a todito me hago el sordo:
El cerdo vive tan gordo
Y se come hasta los hijos.
Lo importante, para Vizcacha, no es la inteligencia del hombre superior sino la del burro que sabe lo esencial: el lugar donde hay comida. Lo importante es no pelearse con los que no conviene; dejar hablar a todos pero no hacer caso a nadie.
Los memoriosos cuentan que el P. Jorge Bergoglio tenía siempre sobre su mesita de luz El príncipe de Maquiavelo. Es más probable que haya tenido el Martín Fierro de José Hernández, marcado en el episodio del Viejo Vizcacha.
Ya todos los lectores del blog estarán al tanto de las ideas y vueltas de la carta que publicó Magister en su blog; de la cobardía de algunos cardenales negacionistas y de la hombría de otros, como Pell y Napier, que admitieron haberla firmado.
El matrimonio periodístico formado por el ex-sacerdote Gerard O’Connell y nuestra amiga Elizabetta Piqué asestaron entre ayer a la noche y hoy, una nueva operación de prensa, muy probablemente con la venia de Vizcacha. Pueden verlo en el semanario de los jesuitas de Estados Unidos America y en La Nación.
Más allá de los firmantes asumidos o vergonzantes, la existencia de la carta indicaba una difusa y creciente inquietud entre muchos padres sinodales debido a la insistencia en imponerles como base de discusión un documento, el Instrumentum laboris, que día a día se revela como inadecuado, y el temor a que este escrito invadiera con su ambigüedad la Relatio finalis, cuya redacción está en manos de una comisión nombrada totalmente por Vizcacha -y no elegida por los miembros del sínodo, como había sido siempre la práctica-, integrada por una apabullante mayoría de progresistas.
En vez de una Relatio finalis larga, discursiva y condicionada por el Instrumentum laboris, insidiosa y complicada para ser votada, lo que provocaría que debiera ser aprobada o rechazada en bloque, muchos padres sinodales preferían que al final de la reunión se votara punto por punto propositiones sintéticas y claras, como siempre se hizo en el pasado. Pero está esperanza fue sepultada la primera semana del sínodo por la inesperada intervención del mismo papa Francisco y de sus dos secretarios a fin de bloquear cualquier posibilidad de cambio en el reglamento.
Se trata, claramente, de una estrategia de Vizcacha: el documento o relatio finalis que probablemente ya esté escrito -es lo que se dice-, será largo, aburrido y ambiguo, con ese lenguaje repugnante e indigestible propio de los documentos episcopales argentinos, de las encíclicas bergoglianas y de los escritos de Tucho Fernández. Un texto de esta naturaleza no podrá ser votado punto por punto y se pedirá su aprobación o rechazo en bloque. Ciertamente, no será rechazado, y quedará entonces como fruto del sínodo de la familia un lagunoso documento que servirá para convalidar cualquier postura: la de los más progresistas y la de los conservadores. Díganme si no es esta una típica maña de Vizcacha.
Pero eso no es todo. Un periódico alemán publicaba hoy una nota titulada “El sínodo de las sombras”. En síntesis, lo que allí se cuenta, es que el papa Francisco recibe todos los días en su despacho de Santa Marta, individualmente, a muchos de los participantes del sínodo con quienes pasa largos momentos de conversación.
Es decir, Vizcacha se está encargando de “operar” a aquellos padres sinodales más flojitos o temerosos, ablandándolos con lisonjas o amenazándolos con misericordiaciones -no lo sabemos-, a cambio de que se pasen al bando de los progresistas y lo acompañen en todas sus decisiones.
Díganme, otra vez, si no es eso lo que históricamente hicieron los gobernantes peronistas con los legisladores de la oposición: un cheque o un carpetazo con el reporte de negocios sucios, son suficientes para comprar un voto a la hora de aprobar leyes.
Nunca hubiera imaginado José Hernández que se convertiría en el libretista de uno de los peores y más dañinos pontificados de la historia.