martes, 19 de diciembre de 2023

Salto al vacío

 


Ayer, luego de conocida la noticia del último documento pontificio sobre la bendición a parejas homosexuales, hablé con varias personas más o menos vinculadas a los ambientes eclesiásticos y curiales. La reacción de todas ellas era la misma: incredulidad, azoramiento, estupefacción. La sensación es la de haber saltado desde un barranco, ese mismo barranco sobre el cual el Papa Francisco estuvo haciendo equilibrios durante todo su pontificado. El daño, gravísimo, es ya irreparable y la Iglesia se encuentra en caída libre. 

    Los oficiales de la Curia Romana no son precisamente tradicionalistas; sin embargo, también ellos deben estar espantados y furiosos. Es fácil deducirlo pues hace dos años, el mismo dicasterio de Doctrina de la Fe había publicado un documento que decía exactamente lo contrario al publicado ayer, y los teólogos que allí trabajan siguen siendo los mismos. ¿Se contradijeron? No lo creo. Esto fue un artefacto redactado por Tucho, aprobado por Bergoglio y publicado sin transitar el recorrido habitual, más allá de las desacostumbradas declamaciones de discusión con las que se abre el texto. No aclares porque oscurece, habría que decirle al cardenal Fernández.

    Otro que debe estar también enfurecido es el cardenal Parolin, que hace pocas semanas escribió a los obispos alemanes afirmando que la cuestión de la bendición a las prácticas homosexuales eran innegociable. Ha quedado en evidencia que fue una iniciativa personal, seguramente para posicionarse frente a los cardenales para el próximo cónclave, como ya dijimos en este blog. 

    La primera pregunta que aparece es por qué lo hicieron. ¿Por razones pastorales? No me parece a mí que las parejas integradas por personas del mismo sexo estén agolpadas a las puertas de las iglesias esperando ser bendecidas. Y aquellas que sí querían esa bendición, ya la obtuvieron hace mucho tiempo. La práctica, al menos en Argentina, es usual desde hace al menos veinticinco años. Los motivos son otros, y el principal, en mi opinión, es continuar delineando un pontificado ya no progresista sino rupturista. Bergoglio y Fernández —dos argentinos, la nación predilecta de la Virgen según algunos…— quieren terminar de edificar una nueva iglesia, completamente desgajada de la que fue fundada por Nuestro Señor y se mantuvo firme en su doctrina durante veinte siglos. Ambos quieren tener el privilegio de ser los autores de la consumación del Vaticano II. Y lo han logrado.

    Es probable que haya también motivos personales. Bergoglio y Fernández poseen personalidades laberínticas —psicopática el uno; feminoide el otro—, cargadas de un profundo resentimiento. Tucho, en particular, jamás superó el rencor y la humillación que recibió durante años por parte de Doctrina de la Fe cuando este dicasterio, junto con el de Educación Católica, le impidieron asumir como rector de la Universidad Católica Argentina, y el motivo era justamente la velada defensa que había hecho de las prácticas homosexuales en un artículo periodístico. Al respecto, fue muy reveladora esta entrevista realizada por uno de los peores medios periodísticos de Argentina. Ahora se está desquitando. Todo muy previsible en su armado psicológico. 

    Más allá del daño y del efecto que puede reportar este documento, la pregunta que muchos nos hacemos es cómo se sale de esta situación. La Iglesia, si quiere sobrevivir, no puede sostener y convalidar la declaración Fiducia supplicans. ¿Será posible volver atrás? Durante este pontificado, es ciertamente imposible. Ya conocemos quiénes son los dos que ostentan el poder supremo. Pero entiendo que existen al menos dos elementos que pueden ser útiles al próximo pontífice para tratar de reparar parte del daño infligido. En primer lugar, el rimero de errores teológicos, litúrgicos y pastorales que contiene el documento y que ya están siendo sacados a luz por varios teólogos serios, por ejemplo en este caso. Un Papa tendrá todo el poder que se quiera, pero hay cosas que no puede hacer, por ejemplo, eliminar un mandamiento. Porque, de hecho, la declaración elimina del decálogo el sexto mandamiento [y lo hace justamente el 18 de diciembre, cuando se canta la antífona O Adonai, tan apropiada para estos momentos]. Ya no hay pecado que pueda comentarse contra él puesto que toda práctica sexual merece ser bendecida. Y recordemos que los obispos ya habían suspendido, al comienzo de la pandemia, el tercer mandamiento, relevando a los fieles de la obligación de asistir a misa los domingos y fiestas de guardar. Es decir, el pontificado francisquista ha transformado el decálogo en octólogo.

    En segundo lugar, creo que es imperioso que las voces contrarias a este documento que echa por tierra veinte siglos de Tradición, se expresen clara, rotunda y masivamente. Mons. Joseph Strickland ayer mismo hizo un llamado a todos los obispos a decirle NO a la bendición de parejas del mismo sexo. Creo que ha llegado la hora de que los cardenales, obispos y sacerdotes hablen, que digan claramente lo que piensan; no es posible que sigan callados como perros mudos. Dos tunantes se están cargando la Iglesia y no hay reacción ¿cómo es posible? Si la oposición es contundente ahora, le será mucho más fácil al próximo Papa retroceder y declarar nula a Fiducia supplicans... Lo sé; es pura fantasía. Poco después de conocida la declaración, un sacerdote conservador escribía lo siguiente en sus redes: "Bendecir no es absolver. También se pueden bendecir perritos y gatitos. Hasta tortugas. Y no por ello convalidar que tienen alma, o que, por ello, son hijos de Dios". Son justamente los emasculados conservadores, que prefieren, como el avestruz, esconder la cabeza bajo tierra, los peores.

    Una reflexión final: la situación desesperada que estamos viviendo ha sido posible por las características tumorales que adquirió el papado romano desde Pío IX, alentado por el ultramontanismo. Lo ocurrido es escalofriante: un botarate puesto al frente del discasterio más importante de la Iglesia por puro favoritismo, es capaz de cambiar la doctrina sostenida durante más de veinte siglos simplemente porque obtiene, vaya uno saber con qué medios, la firma del pontífice. En otras épocas, botarates similares obtenían, a lo sumo, una lujosa villa en algún rincón de los Estados Pontificios o el acceso a algún lupanar privilegiado. Hoy obtienen la abrogación de los mandamientos de la ley de Dios, y la Iglesia no tiene mecanismos aptos y eficaces para impedirlo. El Papa de Roma se erigió en monarca absoluto, decapitó a los órganos de control y de contrapeso del poder y, con los años, el Frankenstein ideado por el ultramontanismo cobró vida. Nosotros lo estamos padeciendo. 

lunes, 18 de diciembre de 2023

¿Se consuma la herejía del Papa Francisco? Vía libre a la bendición de parejas sodomitas

 




El blog Messa in Latino acaba de publicar la confirmación de lo impensable: La Santa Sede, oficialmente a través del dicasterio para la Doctrina de la Fe, acaba de autorizar con “fundamentos teológicos”, la bendición para parejas homosexuales.

Se trata de la “Declaración Fiducia supplicans sobre el significado pastoral de las bendiciones del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 18.12.2023”. Pueden leerla aquí.

Desde hace unos días corría el rumor que Tucho estaba preparando este documento, pero parecía demasiado. No dimos crédito y no nos hicimos eco del rumor. Nos equivocamos.

Los sodomitas pueden ser bendecidos; el pecado dejó de serlo. La Iglesia convalida el derecho universal e irrestricto al coito.

¿Cómo explicará el cardenal Fernández y su valedor, el Papa Francisco, que hace dos años ese mismo discasterio había dicho exactamente lo contrario? Aquí está ese documento.

Los colegas de Messa in Latino sostienen que la bendición, al ser un sacramental, no actúa ex opere operat', como los sacramentos; por lo que que es completamente ineficaz si quienes la administran o quienes la reciben no están en gracia de Dios. Están engañando a los pobres pecadores, por mera propaganda.

El edificio de la Iglesia se derrumba.

¿Usquequo, Domine? ¡Exsurge Domine!

La raíz escolástica de la reforma de la misa

 



por Martin Mosebach


Es bien sabido que la intervención sin precedentes del Papa Pablo VI en la liturgia romana tuvo muchas causas; merece la pena señalar una de ellas, que rara vez se menciona y que existe desde hace mucho tiempo, y cuya gravedad probablemente no se reconozca ampliamente ni siquiera hoy. Para las Iglesias orientales y las Iglesias ortodoxas es evidente que todo el rito de la Misa es consagratorio, es decir, que la transformación de las ofrendas de pan y vino en el cuerpo y la sangre de Cristo no se concibe como un mero efecto instantáneo de las "palabras de la institución", sino como un proceso que comienza con el inicio de la liturgia y alcanza su clímax con las palabras de la institución y la epíclesis, la invocación del Espíritu Santo. Esta concepción se expresa inequívocamente en los ritos orientales a través del ofertorio, la preparación de las ofrendas sacrificiales, que en esos ritos constituye el comienzo de la liturgia y en el que, sobre todo, el pan del sacrificio ya es tratado con mucha claridad como transformado en sentido amplio cuando el sacerdote atraviesa el pan con un cuchillo que representa la lanza sagrada. Para las Iglesias orientales, todo el proceso litúrgico está, pues, marcado ya por la Eucaristía y se relaciona con la culminación desde el principio: ni siquiera es posible aquí una división en un elemento no eucarístico y otro eucarístico. El mundo latino consideró originalmente el rito de la misma manera. Lo prueban las palabras del antiguo ofertorio, que se dirigen a los dones como si ya estuvieran en estado de transformación. 

    Con la escolástica, sin embargo, creció la necesidad de definiciones lógicas precisas; el misterio eucarístico debía ser recortado con precisión en el espíritu del pensamiento jurídico romano, que también se preocupa por el establecimiento de la ley en la esfera secular sobre la base del pronunciamiento de fórmulas fijas. No sólo el “cómo” de la consagración, sino también el “cuándo” debía ahora delimitarse de forma lógicamente comprensible. Según los escolásticos, el cambio tiene lugar precisamente al pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración, y no comienza antes. Es un testimonio del profundo respeto a la Tradición, como era habitual antes del Vaticano II, que las antiguas oraciones del Ofertorio no se cambiaran, aunque ya no se entendieran de la misma manera que antes, sino simplemente como una cuestión de “anticipación” de lo que vendría después.

    Este desarrollo dio lugar a una mentalidad que distinguía entre elementos “importantes” y “menos importantes” de la liturgia. Comenzó a desarrollarse un enfoque fatal sobre la validez con respecto a la Santa Misa: un minimalismo eucarístico se estableció allí donde debería tratarse exclusivamente de lo máximo. No obstante, el Concilio de Trento conservó tanto de la antigua tradición que inculcó, en los sacerdotes, la mentalidad de que no había detalles sin importancia en la Santa Misa, y que estaba prohibido omitir nada arbitrariamente. Pero esto no impediría que más adelante se planteara la pregunta: ¿cuáles son las condiciones mínimas de validez?,. Esto se dio sobre todo después del Vaticano II. Si se cumplen esas condiciones mínimas, entonces la Misa es “válida”, y todo lo demás es decoración y pompa y circunstancia, que sólo necesitan y disfrutan las culturas infantiles, pero no los individuos intelectualmente maduros del siglo XXI.

    Pablo VI expresó la ideología minimalista con su retórica característica: que la liturgia romana se había puesto las galas de una reina en siglos pasados, las que ahora desechaba humildemente. Fue una victoria tardía de una escolástica estrecha en un momento en que la escolástica ya no era considerada válida por los teólogos, ¡mientras que al mismo tiempo los propios escolásticos nunca habrían favorecido las consecuencias modernas de este punto de vista! Cómo debería ser la “reforma” de esta evolución errónea queda ilustrado por las palabras del dramaturgo comunista Peter Hacks, sobre la adaptación de la literatura escénica clásica: “La mejor manera de adaptar una obra clásica es comprenderla”. Esto también se aplica a la liturgia tradicional: “La mejor manera de reformarla es comprenderla”. Esta comprensión habría sido decisiva si los reformadores hubieran tenido también presentes las liturgias del Oriente cristiano, tan antiguas como la liturgia romana y esencialmente estrechamente relacionadas con ella. En lugar de ello, se tomó como modelo el protestantismo, que sólo tiene una comprensión extremadamente reducida de la eucaristía, si es que la tiene. El resultado de esta extraña orientación puede observarse en muchos lugares. El minimalismo litúrgico descrito condujo, sobre todo en la experiencia de los fieles, a una evaporación de la conciencia eucarística. A la Santa Sede le complacía aferrarse teológicamente a la concepción tradicional del sacramento de la eucaristía, pero sin la forma sensiblemente tangible; estas afirmaciones perdieron su poder persuasivo y no pudieron frenar la pérdida de fe. Por tanto, no debería sorprender que los católicos fieles empezaran a sospechar que eso era precisamente lo que los reformadores tenían en mente. Esta sospecha se ve confirmada por el empecinamiento de muchos prelados en su persecución del vetus ordo, que, a la vista del ínfimo número de sus adeptos según los criterios de la Iglesia universal, no deja de sorprender a los extraños. Mientras siga celebrándose en algún lugar, no podrá olvidarse el carácter sacrílego de la ruptura con la tradición.


[Prólogo al libro: Joseph Shaw (ed.), The Latin Mass and the Intellectuals, Arauca Press, Bridgeport, 2023].

jueves, 14 de diciembre de 2023

Papa Francisco: ¿cuánto más bajo podemos caer?

 


por Henry Sire

Conferencia pronunciada para la Latin Mass Society de Londres el 24 de noviembre de 2023.


Cuando Joseph Shaw me propuso esta charla a principios de septiembre, le sugerí el título "Papa Francisco: ¿cuánto más bajo podemos caer?", pero lo cierto es que desde entonces los acontecimientos nos han superado. Durante los últimos once años, todos hemos visto el pontificado del Papa Francisco en una trayectoria de descenso acelerado hacia una traición cada vez más manifiesta de la doctrina católica, pero debo decir que no preveía la precipitación gadarena que hemos visto en los últimos tres meses. Si queremos evaluar los gravísimos acontecimientos que están sucediendo a nuestro alrededor, tenemos que intentar comprender al hombre que tenemos ahora sentado en el trono de Pedro. Así pues, antes de comentar los últimos acontecimientos, me gustaría añadir algunos detalles a la imagen del Papa Francisco que ofrecí en mi libro El Papa dictador, que se publicó por primera vez hace seis años.

    Para ponerles en antecedentes sobre este libro, debo explicarles que llegué a trabajar a Roma en abril de 2013, menos de un mes después de la elección del Papa Francisco, y viví allí durante los cuatro años siguientes. Trabajaba para la Orden de Malta, una organización que mantiene estrechos vínculos con la Santa Sede, y rápidamente empecé a escuchar los informes que salían en privado del Vaticano. Mostraban a un Francisco muy diferente de la figura genial y liberal que presentaban los medios de comunicación de todo el mundo. Los enterados decían que, en cuanto las cámaras publicitarias se apartaban de él, Francisco se convertía en una figura diferente: arrogante, despectivo con la gente, dado al lenguaje soez y notorio por furiosos arrebatos de mal genio que eran conocidos incluso por los chóferes del Vaticano. Durante los dos años siguientes seguí escuchando información privilegiada, por ejemplo del difunto cardenal Pell sobre la política interna que se llevó a cabo en los dos Sínodos sobre la Familia de 2014 y 2015. Tengamos en cuenta que en sus primeros años el papa Francisco apenas había mostrado su mano y que la gente asumía que era el reformador liberal que supuestamente necesitaba la Iglesia. A principios de 2016 escribí un artículo para Angelico Press titulado "Papa Francisco: ¿Dónde está el reformador detrás del ídolo mediático?". Empezaba a pensar que alguien tenía que escribir un libro desvelando el abismo entre la imagen pública del papa Francisco y la realidad tal y como se ve dentro del Vaticano; pero en ese momento no pensé que sería yo quien lo escribiera.

    Además del abismo informativo que he descrito, había otro derivado de la barrera lingüística. De hecho, había mucha información disponible desde hacía años sobre Jorge Bergoglio y su carrera en Argentina, pero sencillamente no había llegado al resto del mundo porque no se había traducido al inglés. Dado que soy medio español, éste fue otro de los factores que apuntaron a que me hiciera cargo de la tarea que se necesitaba. Cuando decidí empezar a trabajar en el libro, lo primero que hice fue hacer un viaje a Argentina, que realicé en marzo de 2017, para hablar con personas que pudieran informarme sobre el historial de Bergoglio. Esta era la información que tristemente les había faltado a los cardenales cuando eligieron a Bergoglio en 2013. En particular, había un libro muy revelador que había sido escrito poco después de la elección papal, pero que había sido rápidamente sellado y desde entonces casi no estaba disponible. El título era El Verdadero Francisco, de Omar Bello. El autor era un ejecutivo de relaciones públicas que había conocido personalmente a Bergoglio durante los últimos ocho años, al haber trabajado para él en un canal de televisión gestionado por la archidiócesis de Buenos Aires. Como profesional en el campo de las relaciones públicas, Bello no tardó en reconocer en Bergoglio a un maestro en la autopromoción. También describió a un hombre consumado en el ejercicio encubierto del poder y la manipulación de las personas.

    Por ejemplo, Bello cuenta en su libro dos historias que ya eran bien conocidas en Buenos Aires. Una fue la forma en que Bergoglio se disgustó con un miembro del personal arzobispal, el Sr. Félix Botazzi, y decidió despedirlo sin mostrar su mano. El ex empleado agraviado buscó entonces una entrevista con Bergoglio, que se mostró ignorante. "No sabía nada de eso, hijo mío. ¿Por qué te despidieron? ¿Quién lo hizo?" El Sr. Botazzi no recuperó su empleo, pero el arzobispo le regaló un coche nuevo, y se marchó convencido de que Bergoglio era un santo, dominado por un círculo de subordinados malintencionados. La otra historia que repite Bello es la de un sacerdote bonaerense del personal diocesano que buscó ayuda psiquiátrica, agotado por la alegre danza que a él y a sus colegas les dirigía su arzobispo. Tras escuchar sus penas, el psiquiatra le dijo: "No puedo tratarle. Para resolver sus problemas tendría que tratar a su arzobispo".

    Estas y otras revelaciones se hicieron poco después de que Bergoglio fuera elegido Papa, pero en realidad ya antes habían aparecido informes reveladores en los medios de comunicación en español. Por ejemplo, en 2011 el periodista español Francisco de la Cigoña publicó un artículo en el que describía cómo Bergoglio estaba construyendo él mismo una red de poder en las jerarquías sudamericanas a través de seguidores que había plantado en varios departamentos del Vaticano. De la Cigoña resumió su informe:

Así es como Bergoglio procede a generar una red de mentiras, intrigas, espionaje, desconfianza y, más eficaz que nada, miedo. Bergoglio es una persona que sobre todo sabe cómo generar miedo. Por mucho que se esmere en impresionar a todos con la apariencia de un santo de escayola, austero y mortificado, es un hombre con mentalidad de poder.

    Debemos tener en cuenta que esto fue escrito mucho más de un año antes de que Bergoglio fuera elegido Papa, antes de que nadie tuviera motivos para sospechar que podría ser más ampliamente peligroso.

    Cuando empecé mi libro, me fijé el objetivo de transmitir al mundo angloparlante reportajes de este tipo en español, pero había otra prueba cuya no aparición no se había debido a la barrera del idioma. Mientras vivía en Roma, empecé a oír hablar a los periodistas de un documento llamado Informe Kolvenbach, que varios de ellos habían intentado localizar sin éxito. Era el informe que el padre Kolvenbach, general de los jesuitas, había escrito en 1991, cuando se había propuesto nombrar al padre Bergoglio obispo auxiliar en Buenos Aires, y se rumoreaba que era claramente desfavorable. Se había conservado una copia del informe en el archivo de la Curia General de los jesuitas en Roma, pero desapareció rápidamente en cuanto Bergoglio fue elegido Papa. En el curso de mi investigación descubrí que al menos una copia del informe existía en manos privadas, pero su propietario no se atrevía a compartirla conmigo con el fin de publicarla. Lo más cerca que pude llegar a él fue a través de un sacerdote que lo había leído antes de que desapareciera del archivo de los jesuitas, y me dio lo esencial del mismo de la siguiente manera: El P. Kolvenbach acusaba a Bergoglio de falta de equilibrio psicológico, desviación, desobediencia encubierta bajo una máscara de humildad y uso habitual de un lenguaje vulgar. También señaló, con vistas a su idoneidad como obispo, que Bergoglio se había mostrado como una figura divisiva mientras fue provincial de los jesuitas en Argentina. Tras once años de papado de Francisco, podemos decir con toda justicia que el padre Kolvenbach había acertado de pleno.

    Otra clave del modo de actuar de Bergoglio es el trasfondo político de Argentina, tan ajeno a la comprensión anglosajona. Una de las primeras cosas que oí sobre Bergoglio cuando fui a Roma me la dijo un sacerdote argentino: "Lo que tienes que entender de él es que es un político puro". En aquel momento, no capté el alcance de esto, pero hay que añadir que la política de Francisco está modelada por la gran figura de Argentina en el siglo XX, Juan Perón, que fue dictador del país de 1946 a 1955, los años en los que Bergoglio crecía. Perón deslumbró a toda una generación de argentinos con su estilo oportunista y sin escrúpulos, y su legado ha seguido dominando la vida política del país desde entonces. Bergoglio fue más que un discípulo genérico del gran hombre. Cuando era maestro de novicios de los jesuitas argentinos a principios de los setenta, ayudaba activamente a un partido llamado Guardia de Hierro que trabajaba, con éxito, para traer de vuelta a Perón del exilio durante sus últimos meses como presidente hasta su muerte en 1974. Según los estándares ordinarios, ésta era una forma inusual de pasar el tiempo libre para el maestro de novicios de una orden religiosa, pero ilustra el comentario que me hizo un argentino que había sido alumno del joven Bergoglio cuando enseñaba en un colegio jesuita en los años sesenta. Basándose en el conocimiento personal de toda una vida, me describió a Bergoglio como "un enfermo del poder" - un hombre para quien el poder es una manía, o una enfermedad.

    Así que, basándome en informes como estos, procedí a escribir mi libro, e incluí en él un capítulo sobre la carrera de Bergoglio antes de su elección. En él, mi propósito era proporcionar algo así como un estudio del carácter que lamentablemente les había faltado a los cardenales cuando lo eligieron papa en 2013. Sin embargo, desde su publicación he descubierto una gran cantidad de nueva información que demuestra que, de hecho, las cosas eran mucho, mucho peores de lo que imaginaba.

    La primera revelación ha sido sobre la mala praxis financiera implicada en el gobierno de Bergoglio de la archidiócesis de Buenos Aires. He mencionado antes el artículo de Francisco de la Cigoña sobre la red de poder que el cardenal Bergoglio construyó en el Vaticano, pero hay que añadir que esa red fue posible gracias al despliegue de grandes sumas de dinero. El trasfondo de todo ello fue la casi bancarrota en la que había incurrido la Santa Sede en los años ochenta y noventa por las actividades delictivas de sus gestores financieros, el arzobispo Paul Marcinkus y su menos conocido pero igualmente corrupto sucesor Donato de Bonis. En estas condiciones, la capacidad de transferir grandes sumas a las arcas vaticanas daría a un eclesiástico una enorme influencia. El cardenal Bergoglio lo hizo a través de su control de la Universidad Católica de Argentina, que contaba con una rica dotación de 200 millones de dólares. Concretamente, entre 2005 y 2011 se transfirieron unos 40 millones de dólares de la Universidad de Argentina al Vaticano, en una transacción que se suponía que era un depósito, pero que el Banco Vaticano procedió rápidamente a tratar como una donación. Hasta hace uno o dos años no se ha empezado a rectificar esta apropiación indebida.

    Sin embargo, esto no es más que la punta del iceberg de una enorme corrupción financiera en la archidiócesis de Buenos Aires que se ha mantenido en secreto, aunque el Vaticano la conocía desde muy pronto. En 2009, a los once años de gobierno del cardenal Bergoglio como arzobispo, el papa Benedicto ordenó una visita secreta a la archidiócesis por parte de un monseñor que fue enviado allí ostensiblemente como miembro diplomático de la nunciatura papal, y descubrió graves irregularidades que incluían blanqueo de dinero y vínculos con la mafia. Para ser justos, estas malas prácticas databan de antes del nombramiento de Bergoglio como arzobispo en 1998, pero quedaron sin reformar debido a la habitual política de Bergoglio de encubrimiento y protección de los culpables. Se dice que la información que el investigador papal obtuvo durante su visita le ha dado un dominio sobre el Papa y le ha permitido seguir una carrera vaticana bien protegida a pesar de la enemistad de figuras poderosas.

    La archidiócesis que dirigía el cardenal Bergoglio estaba así impregnada de irregularidades financieras. Para darles un poco de historia de esto, me remontaré al primer nombramiento de Bergoglio como obispo auxiliar de Buenos Aires en 1991. Como ya he mencionado, obtuvo este cargo a petición del entonces arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Quarracino, pero el hombre que más influyó para presionarlo fue monseñor Roberto Toledo, miembro del personal arzobispal. Por qué monseñor Toledo fue tan defensor de Bergoglio no sabría decirlo, pero emerge como la figura central en el siguiente gran escándalo surgido en la archidiócesis. Se trata de un gran fondo de pensiones de los militares argentinos, a los que en 1997 se pidió que hicieran un préstamo a la archidiócesis de diez millones de dólares. Para entonces, el cardenal Quarracino estaba enfermo y el obispo Bergoglio ya había sido nombrado su sufragáneo con derecho a sucesión. En la reunión celebrada para ultimar el préstamo, el cardenal Quarracino estaba demasiado enfermo para asistir, pero estuvo representado por monseñor Toledo. Cuando llegó el momento de firmar el contrato, monseñor Toledo abandonó la sala, aparentemente para obtener la firma del cardenal Quarracino, y regresó al momento con una firma que, como se supo más tarde, había sido en realidad falsificada por él mismo. Poco después, la caja militar de pensiones se encontró en dificultades e hizo gestiones para recuperar su préstamo a la archidiócesis de Buenos Aires, tras lo cual el cardenal Quarracino negó haber firmado nunca el contrato.

    El cardenal Quarracino murió poco después y Bergoglio le sucedió como arzobispo de Buenos Aires. Lo que llama la atención es su trato de guante de seda con monseñor Toledo cuando se descubrió el fraude. Primero fue enviado de vuelta a su ciudad natal sin ninguna sanción. Finalmente, ocho años después, en 2005, fue juzgado por fraude, pero nunca se dictó sentencia. Hay que añadir que monseñor Toledo era bien conocido por ser homosexual y por tener un amante masculino, un monitor de gimnasia, que había desempeñado un papel de intermediario en las relaciones financieras que he descrito. El detalle más macabro de este caso surgió en 2017, cuando monseñor Toledo, que llevaba dieciocho años trabajando como párroco sin ningún tipo de sanción eclesiástica, fue acusado de asesinar a un amigo suyo de toda la vida y de falsificar su testamento para obtener una herencia millonaria.

    Monseñor Toledo es un ejemplo de prelado que ya estaba en su puesto cuando Bergoglio llegó como obispo auxiliar, pero es igualmente revelador observar a quienes promovió una vez que se convirtió en arzobispo. El primero en el que hay que fijarse es Juan Carlos Maccarone, a quien Bergoglio nombró obispo auxiliar en 1999. En 2005, Maccarone fue destituido del episcopado por el papa Benedicto tras ser filmado manteniendo relaciones sexuales con una prostituta homosexual en la sacristía de su catedral. Sin embargo, el cardenal Bergoglio le defendió públicamente, afirmando que la filmación era un montaje para derribar al obispo por su compromiso político de izquierdas. Otro protegido fue Joaquín Sucunza, a quien Bergoglio consagró obispo auxiliar en 2000, aunque para entonces ya había sido citado en una causa de divorcio como amante de una mujer casada. El obispo Sucunza continuó como auxiliar, e incluso fue nombrado por el papa Francisco administrador temporal de la archidiócesis en 2013, tras su propia elevación al papado.

    Estos casos muestran un patrón de cinismo moral y amiguismo clerical que Bergoglio ha mostrado entre bastidores, mientras presentaba la imagen pública de un reformador. Los ejemplos más flagrantes están relacionados con su historial como protector de clérigos abusadores sexuales. Un caso es el del sacerdote de Buenos Aires Rubén Pardo, que fue denunciado por abusar sexualmente de un chico de quince años. La madre del chico tuvo grandes dificultades para conseguir que la archidiócesis admitiera el caso; se quejó de que el cardenal Bergoglio protegía al sacerdote culpable, que le daba alojamiento en una residencia diocesana, y que cuando intentó hablar con el cardenal en la residencia arzobispal éste la hizo expulsar por el personal de seguridad. El sacerdote fue finalmente condenado por la justicia civil y poco después murió de sida, y un tribunal de Buenos Aires obligó a la Iglesia católica a indemnizar a la familia por lo que había sufrido. La opinión de la madre sobre la pretensión de Bergoglio de tomar medidas enérgicas contra esos delitos fue: "El compromiso de Bergoglio es sólo palabrería".

    Otro caso muy conocido fue el del padre Julio Grassi, que dirigía hogares infantiles que utilizaba para explotar la ambición de los chicos de salir de la pobreza a través del fútbol profesional. En 2009, el padre Grassi fue condenado por abusar sexualmente de un adolescente, pero mientras el caso estaba en curso, la conferencia episcopal argentina, encabezada por el cardenal Bergoglio, se gastó mucho dinero en encargar un documento de 2.600 páginas para afirmar su inocencia. El informe fue condenado por el tribunal argentino como un burdo intento de interferir en la justicia y de perjudicar la vista judicial. Mientras tanto, el propio P. Grassi declaró que a lo largo de las audiencias había contado con el apoyo personal del propio cardenal Bergoglio. Como sabemos, hay muchos obispos en el mundo cuyas carreras han terminado por acusaciones menos graves que ésta, y sin embargo Bergoglio ha conseguido salir indemne de ellas. Además, como Papa ha demostrado en muchos casos que no tiene escrúpulos en proteger a los delincuentes sexuales clericales, independientemente de la supuesta política de tolerancia cero que profesa aplicar.

    Creo que merece la pena ofrecer una explicación general o genérica de esta extraña laxitud, que en el fondo hunde sus raíces en la cultura sexual machista de América Latina. Eso no es más evidente en ningún lugar que en Argentina, donde tradicionalmente se ha dicho que un "maricón" se define como un hombre que sólo se acuesta con su propia mujer. Esta cultura contamina al propio clero. Muy a menudo entre estos latinoamericanos, y de hecho entre los italianos y otros, existe la inclinación a tratar la visión menos tolerante de las fechorías sexuales como una manifestación del puritanismo anglosajón. Con esta actitud, la corrupción sexual rampante en la Iglesia y en el Vaticano tiene pocas esperanzas de ser reformada y, de hecho, ha empeorado mucho bajo el actual Papa.

    Los hechos que acabo de mencionar han sido publicados en diversos artículos, o en algunos casos descubiertos por mí, en los últimos cinco o seis años, y mi comentario al respecto es el siguiente: cuando escribí El Papa dictador el estado de mi información me llevó a dar una imagen de Bergoglio como un hombre con ciertos defectos de carácter que deberían haber sido conocidos por los cardenales cuando lo eligieron en 2013; pero de hecho la realidad es mucho peor. Lo que encontramos que existía en 2013 era una situación de horrible corrupción clerical en la Iglesia argentina, y vemos a Bergoglio sentado directamente en el centro de la misma. Ahora bien, no le estoy acusando de ser él mismo corrupto financiera o sexualmente como los clérigos a los que protegía. Me remito a la descripción que el periodista De la Cigoña hizo de él como "trabajando cuidadosamente para impresionar a todos con la apariencia de un santo de yeso". Hay que admitir que Bergoglio siempre ha sido personalmente austero, de hecho ostentosamente, pero ha combinado esto con una política de rodearse de personas moralmente débiles y corruptas, precisamente para poder controlarlas y construir su propio poder a través de ellas, y esta política la ha continuado durante todo su pontificado.

    Tenemos que fijarnos en la situación que existía en el Cónclave de 2013, tras la sorpresiva abdicación del Papa Benedicto XVI. En general, se reconocía que la Iglesia se enfrentaba a una crisis, y el cardenal Bergoglio fue elegido explícitamente para realizar reformas, en particular en tres áreas: en primer lugar, el escándalo mundial de abusos sexuales por parte de clérigos, que había socavado gravemente la autoridad moral de la Iglesia; en segundo lugar, el marasmo de las finanzas vaticanas; y en tercer lugar, la corrupción moral y política dentro de la Curia Romana, de la que Benedicto XVI había recibido pruebas aplastantes en un informe presentado en diciembre de 2012. En estas tres áreas, el pontificado del Papa Francisco, lejos de aportar reformas, ha empeorado infinitamente las cosas. En un caso tras otro, hemos visto a delincuentes sexuales clericales protegidos con un descaro que eclipsa cualquier cosa del pasado. En el ámbito de las finanzas vaticanas, al principio parecía que el papa Francisco propugnaba una auténtica reforma. Nombró al cardenal Pell con amplios poderes para reformar las finanzas de los distintos departamentos vaticanos, pero en dos años quedó claro que se trataba de una promesa vacía. La auditoría de los departamentos vaticanos que Pell había puesto en marcha fue cancelada, y fue cancelada por dos de los hombres que el propio Francisco había puesto en el poder: El cardenal Parolin, como Secretario de Estado, y el cardenal Becciu, su adjunto en aquel momento. El cardenal Becciu, tras cuatro años de creciente poder, perdió el favor del papa Francisco en 2020, fue efectivamente despojado de su cardenalato y actualmente está siendo juzgado por delitos financieros. Ya en 2017, Parolin y Becciu ordenaron entre ambos la paralización de la reforma financiera del cardenal Pell, en una serie de incidentes que ilustran el régimen de dictadura sin ley que impera ahora en el Vaticano. Uno de ellos fue el trato dado al laico Libero Milone, que había sido nombrado auditor general del Vaticano dos años antes para llevar a cabo la reforma financiera. En 2017 fue despedido en circunstancias sugestivas de un estado fascista, con la policía vaticana irrumpiendo en sus oficinas y confiscando sus ordenadores, mientras se le daba allí mismo un ultimátum para que dimitiera o sería arrestado. Como parte de la explicación de este trato, el cardenal Becciu se quejó de que el Sr. Milone había estado espiando a sus superiores, en otras palabras, que estaba haciendo el trabajo para el que había sido nombrado.

    El aspecto más notorio de esta represión fue la forma en que se deshicieron del cardenal Pell. En 2017 tuvo que regresar a Australia para enfrentarse a cargos históricos de abusos sexuales, por los que fue condenado a prisión, hasta que su condena fue anulada en apelación tres años después. Para entonces ya era demasiado tarde para que reasumiera su cargo en el Vaticano. Hay muchas razones para creer que la acusación australiana fue instigada y asistida por figuras del Vaticano como medio para detener su reforma, y el cardenal Becciu ha sido nombrado específicamente como el agente de esta política.

    Cuando pasamos a la reforma de la Curia en su conjunto, la experiencia de los últimos once años ha sido tan desastrosa como la historia financiera. Y la razón es que el interés del Papa Francisco no está en reformar la Curia sino en controlarla. Como he mencionado antes, siempre ha ejercido su control nombrando para los cargos a personajes moralmente débiles y comprometidos, que se convierten en sus herramientas incondicionales. Así, en la primera mitad de su pontificado vimos cómo los pocos individuos de verdadera integridad en la Curia eran destituidos uno a uno -Burke, Sarah, Müller, Pell- y una colección sin parangón de villanos clericales ocupaba su lugar. Por ejemplo, la Administración del Patrimonio de la Santa Sede, que controlaba el dinero del Vaticano, permaneció bajo la presidencia del cardenal Calcagno, un estafador clerical italiano de la vieja escuela, a pesar de que estaba siendo investigado por negocios inmobiliarios en su diócesis anterior que perjudicaron las finanzas de la diócesis; también era un conocido protector de delincuentes sexuales clericales. Permaneció en su poderoso cargo y tuvo el privilegio de cenar todas las noches con el Papa Francisco hasta que se jubiló por motivos de edad en 2018.

    Un nombramiento aún más escandaloso por diferentes motivos fue el del arzobispo sudamericano Peňa Parra, que ocupó el puesto del cardenal Becciu como adjunto al secretario de Estado en 2018. Peňa es un hombre que, siendo estudiante, fue expulsado de su primer seminario por considerársele moralmente sospechoso, y se dice que hizo su carrera al amparo de un círculo de clérigos homosexuales que le protegieron y le hicieron progresar. Se afirma que huyó de su Venezuela natal y se refugió en Roma tras un grave incidente que provocó la intervención de la policía venezolana. Estos antecedentes no han sido obstáculo para que Peňa se convirtiera en el segundo hombre más poderoso de la Secretaría de Estado, cargo que aún ocupa. Es sólo un ejemplo del círculo de latinoamericanos desagradables que han sido ascendidos a la cúpula de la Iglesia bajo el actual Papa. Y así sigue, con un nombramiento escandaloso tras otro que hunden la reforma moral de la Curia cada vez más en el reino de lo imposible.

    Sin embargo, los medios de comunicación del mundo, que tan salvajemente atacaron a Benedicto XVI en cada oportunidad, han permanecido en silencio ante escándalos que habrían destruido cualquier otro papado. La razón es sencilla, que el Papa Francisco les da exactamente lo que quieren. Buscan un Papa que debilite a la Iglesia y la doblegue a su propia agenda secularizadora, y eso es exactamente lo que el Papa Francisco les está dando. Esta es, por tanto, la clave de la cuestión: ¿de qué trata exactamente Francisco en su pontificado? Desde el primer momento, la galería a la que ha estado jugando ha sido la de los medios de comunicación seculares, junto con el establecimiento intelectual y político woke, y por ellos se adhiere a todas las causas seculares de moda, en detrimento de la enseñanza católica real. Sus palabras y acciones han sido calculadas exclusivamente para ganarse la aprobación del mundo, y lo ha conseguido por completo. Tan enteramente que puede permitirse ignorar a cualquier otro electorado, y salirse con la suya con un amiguismo y una corrupción clericales por los que los medios de comunicación le habrían fustigado si hubieran venido de un papa conservador.

    Un corolario de esto es su impulso contra la tradición. El papa Francisco se da perfecta cuenta de que el único obstáculo real a su revolución procede de los tradicionalistas de la Iglesia católica, el único elemento con algo de espinazo dispuesto a reconocer que el emperador no tiene ropa. De ahí la campaña que ha emprendido durante todo su pontificado contra los llamados católicos "rígidos" y "retrógrados", de los que se burla en cada oportunidad. Repitió este tema hace sólo unas semanas, cuando dijo que era un escándalo que los jóvenes sacerdotes acudieran a sastres eclesiásticos para encargar sotanas y vestimentas tradicionales. Todos sabemos cuáles son los verdaderos escándalos de la Iglesia moderna, pero los únicos que molestan al papa Francisco son los de los sacerdotes que siguen la tradición. De ahí también su ascenso del cardenal Roche a Prefecto del Culto Divino en lugar del cardenal Sarah, y el Motu Proprio Traditionis Custodes para deshacer el trabajo de Benedicto XVI. (Por cierto, se ha señalado que una posible traducción de Traditionis Custodes es "los carceleros de la tradición", que es ciertamente el trabajo que al cardenal Roche y al papa Francisco les gustaría estar haciendo). Al igual que al Papa Francisco, al cardenal Roche también le gusta sermonear a los católicos tradicionales sobre lo anticuados que están. Se ha comentado que la Iglesia católica es la única institución en la que hombres de setenta y ochenta años dicen continuamente a personas de veinte y treinta que tienen que ponerse al día. Al Papa Francisco le conviene fingir que el tradicionalismo católico es una cuestión de que a los sacerdotes les gusta llevar sotana y usar incienso en la iglesia, pero sabe muy bien que es una cuestión de doctrina, del Depósito de la Fe, de la filosofía perenne de la Iglesia, de los tesoros de la espiritualidad; y por eso es un obstáculo inquebrantable para un Papa que intenta conducir a la Iglesia por los caminos del secularismo moderno.

    Antes de terminar, debo comentar la situación en la que nos encontramos actualmente. Como dije al principio, los acontecimientos de los últimos tres meses han cogido por sorpresa incluso a quienes no se hacían ilusiones sobre el régimen actual. La espiral descendente se ha acelerado hasta un punto que yo, por mi parte, no había previsto. Lo que hemos visto en los últimos tres meses son los escándalos del papado del Papa Francisco en su forma más concentrada. Empezaré por el escándalo de los abusos sexuales clericales y su encubrimiento, cuyo ejemplo más flagrante ha estado muy presente en las noticias. Se trata del caso, del que estoy seguro que todos han oído hablar, del jesuita P. Rupnik, acusado de abusos sexuales del tipo más horrendo infligidos a hermanas religiosas de las que se suponía que era el director espiritual. Los abusos incluían elementos sacrílegos espantosos en los que no voy a entrar, y llevaban produciéndose décadas, pero los jesuitas no hicieron nada al respecto. A principios de este año decidieron tardíamente que era mejor prescindir del P. Rupnik y lo expulsaron de la Compañía, pero la protección hacia él continuó por parte del Vaticano. El P. Rupnik había sido declarado culpable del grave delito canónico de absolver a una de sus parejas sexuales en el confesionario y había incurrido en la pena automática de excomunión, pero la excomunión fue levantada en el plazo de un mes. No sólo eso, sino que precisamente en ese momento el padre Rupnik fue invitado a predicar un retiro en el propio Vaticano. Los intentos de llevar a este sacerdote a juicio eclesiástico se vieron obstaculizados por el hecho de que sus delitos habían prescrito; esto puede levantarse en los casos apropiados, pero el Papa Francisco no lo hizo. Negó públicamente su implicación en el caso, pero Christopher Altieri ha escrito: "altos cargos eclesiásticos cercanos a Francisco han sugerido con fuerza que Francisco tuvo prácticamente todo que ver con la gestión del mismo". El padre Rupnik es, de hecho, típico de los inmorales compinches clericales a los que el papa Francisco ha estado protegiendo sistemáticamente a lo largo de su pontificado y antes de él.

    A mediados de este año, el encubrimiento de Rupnik estaba alcanzando su punto álgido. Había figuras, como el también jesuita cardenal Ladaria, Prefecto de la Doctrina de la Fe, que querían que el P. Rupnik fuera castigado de lleno, y se dice que esa fue la razón por la que Ladaria fue notoriamente desinvitado al reciente Sínodo sobre la Sinodalidad. Las fuerzas vaticanas intentaron incluso que se anulara la excomunión anterior del P. Rupnik por irregular. Finalmente se provocó una protesta pública, en primer lugar cuando un informe de la propia Comisión para la Protección de Menores del Vaticano criticó la laxitud que se estaba mostrando, y en segundo lugar cuando se reveló que el P. Rupnik, a pesar de su expulsión de los jesuitas y de las acusaciones que aún pesaban sobre él, había sido incardinado recientemente en la diócesis de Koper. A finales de octubre, el Vaticano anunció finalmente que los defectos en la tramitación del caso del P. Rupnik habían sido puestos en conocimiento del Papa y éste había decidido renunciar a la prescripción para permitirle ser juzgado. Sobre esto ha comentado Christopher Altieri "Plazos inverosímiles y explicaciones absurdas, este anuncio no hace sino confirmar aún más que la responsabilidad, la rendición de cuentas y la transparencia son bromuros transparentemente cínicos. El acto de poder bruto demuestra que el imperio de la ley en la Iglesia es una farsa".

    ¿Cuáles son los otros actos papales que nos han asaltado en las últimas semanas? Hemos tenido la exhortación apostólica Laudate Deum, sobre la llamada crisis climática, en la que, como alguien ha señalado, el papa Francisco se ha puesto en plan Greta Thunberg. La exhortación declara: "Ya no es posible no creer en la causa primordialmente humana del cambio climático". Tantos otros artículos de la creencia cristiana se han tambaleado, pero alegrémonos de que el Papa Francisco siga defendiendo un dogma de fe incuestionable. También hemos asistido a otros escándalos morales, como el hecho de que, por ejemplo, al cardenal Ricard de Francia se le haya permitido conservar su cardenalato a pesar de haber admitido haber abusado de una niña de 14 años hace años, o que el Papa Francisco haya vuelto a defender, en el caso del obispo Gisana de Sicilia, a un obispo acusado de proteger a abusadores sexuales y haya denigrado a sus acusadores.

    Todo esto es chocante, pero lo que debemos analizar es un acontecimiento de consecuencias más graves para la Iglesia. Se trata del curso abiertamente cismático de la Vía Sinodal alemana, que ha proseguido sin que el papa Francisco haya intentado ponerle freno o reprenderlo. El 3 de noviembre, el obispo de Speyer anunció que autorizaba la bendición de parejas homosexuales y que elaboraba una lista de sacerdotes de su diócesis dispuestos a realizarlas. De nuevo, silencio absoluto por parte de Roma. Pocos días después llegó el anuncio de que el obispo Strickland de Tyler había sido destituido por no plegarse a la línea modernista. Aquí vemos demostrado con perfecta simetría el patrón del pontificado del Papa Francisco: se protege al hereje y se destituye al fiel obispo católico. El cardenal Müller ha calificado públicamente la destitución del obispo Strickland como un abuso del derecho divino del papado. Un periodista italiano se ha animado a describir este papado como “El pontificado de las purgas”, y a contrastar la práctica de Francisco con su profesado lema de Misericordia. Peter Kwasniewski ha comentado:

Hace años Henry Sire llamó al papa Francisco 'el papa dictador', Una y otra vez esta evaluación ha sido reivindicada, y nunca más que cuando el papa depone a un obispo sin el debido proceso, en contra del derecho canónico y por ninguna falta grave imaginable. Ha combinado la mentalidad de "Yo soy la Tradición" de Pío IX con el lema de Juan Perón: "Al amigo, todo. Al enemigo, ni siquiera la justicia'.

    Por muy grave que sea todo esto, debemos prestar más atención al recién clausurado Sínodo sobre la Sinodalidad, porque es el medio por el que el papa Francisco está intentando institucionalizar su revolución. El primer comentario que hay que hacer es que todos estos sínodos, incluidos los dos anteriores sobre la Familia, han sido gestionados de tal forma que han permitido a una camarilla de modernistas hacer avanzar su programa bajo el pretexto de un proceso consultivo. Citando a un observador italiano

El desarrollo de los diversos Sínodos de este pontificado, empezando por el de la familia y terminando de forma estrepitosa con el último, demuestra que las reglas de las discusiones y deliberaciones, preparadas antes con la selección de los propios participantes, han sido cambiadas repetidamente para acallar el rechazo evidente por parte de la mayoría eclesial a la línea de pensamiento único que se le intentaba imponer, y para impedir que surgiera en el seno del Sínodo una línea que no coincidiera con la predeterminada desde arriba.

    Sin embargo, cuando surgió el informe final del Sínodo todos recibimos una sorpresa; resultó ser inesperadamente poco concluyente. Muchos nos quedamos perplejos por un momento, pero obtuvimos la explicación de una revelación noticiosa que apareció poco después. Se trataba de la revelación de un plan para cambiar las reglas de los cónclaves papales con el fin de introducir la participación de los laicos, incluidas las mujeres. Lo que esto nos demostró fue que lo importante del Sínodo precedente no había sido el documento que surgiera de él, sino el proceso en sí. Estaba diseñado para ablandar a la Iglesia para una revolución en la elección papal. Así, habíamos tenido obispos haciendo declaraciones como: "A partir de ahora será imposible celebrar un Sínodo sin la participación de los laicos". Si eso fuera así, la gente también estaría exigiendo una elección papal en condiciones similares.

    Esta noticia reveló que desde hacía meses había conversaciones entre el Papa y el cardenal Ghirlanda para cambiar las reglas del Cónclave. El cardenal Ghirlanda, por cierto, además de ser jesuita, es el propulsor de una visión teológica extrema del poder papal que lo convierte en el agente ideal para afianzar el régimen de dictadura papal. En cuanto saltó la noticia, hubo un rápido desmentido por parte del Vaticano, acompañado de furiosos esfuerzos dentro de los distintos dicasterios para averiguar quién había sido el responsable de la filtración. La lección que esto demostró fue que el Vaticano se dio cuenta de que había perdido el control de la narración, como se dice hoy en día, y se había visto avergonzado por una revelación que se adelantaba a sus planes. Creo que puede haber pocas dudas de que la reforma, así llamada, seguirá adelante, pero supongo que la prematura revelación ha trastornado la agenda del papa Francisco.

    Sin embargo, no todas las noticias papales las hace la propia Roma. Un acontecimiento muy significativo ha llegado de Argentina, en forma de las elecciones presidenciales del pasado domingo y la llegada al poder de Javier Milei. En primer lugar, esto fue directamente contrario a la política de la Iglesia, que, al parecer por orden de Roma, había estado haciendo campaña abiertamente contra Milei e instando a los electores a votar en su contra. Más concretamente, Milei es un enemigo declarado del papa Francisco y le ha insultado públicamente, mientras que su vicepresidenta, Victoria Villarruel, es una católica tradicionalista. La Croix ha comentado el resultado: "Francamente, si un grupo de adictos a los asuntos eclesiásticos se sentaran en un bar e intentaran esbozar en una servilleta de cóctel una entrada que equivaliera a un rechazo tout court de la agenda de un papa en funciones, es dudoso que hubieran podido dar con algo más vívido que lo que ocurrió en realidad". Un comentario más severo ha venido de un experto argentino en política religiosa, el profesor Peretó, que afirmó en una entrevista reciente que la victoria de Milei

representa un desaire a Bergoglio y confirma lo que todo el mundo sabe: a los argentinos no les gusta el papa Francisco y no lo quieren. Desde hace años, cuando aparecen noticias sobre Bergoglio en periódicos y portales, los administradores se ven obligados a cerrar los comentarios de los lectores, en su mayoría despectivos y duros. Muchos habrán pensado que el rechazo a Bergoglio estaba extendido sólo entre quienes leen y se mantienen informados. Ahora se ha demostrado que está presente en todos los estratos sociales, incluso entre los pobres. Por esa misma razón, Bergoglio nunca vendrá a Argentina, porque su viaje sería un fracaso. Es cierto que la mayoría del bajo clero, especialmente los sacerdotes más jóvenes, están hartos de Bergoglio y no quieren saber nada de él: un rechazo que abarca todo lo que el Papa hace y propugna.

    Esa es la opinión de Argentina, a la que el resto del mundo debería prestar atención, como habrían hecho los cardenales electores en 2013.

    Así pues, parece que también en este ámbito los planes del Papa Francisco se han desbaratado, y no deberíamos subestimar las consecuencias de ello para un Papa que es un político tan desnudo como Francisco. En resumen, ¿qué podemos esperar para el futuro inmediato? Dudo en hacer predicciones, pero lo que los acontecimientos de las últimas semanas nos han demostrado es que el Papa Francisco es un anciano con prisa. Está desesperado por institucionalizar su revolución antes de morir, y no se detendrá ante nada para conseguirlo. Así que la respuesta a la pregunta "¿cuánto más bajo podemos caer?" es que probablemente no haya límite, y podemos esperar escandalizarnos con enormidades cada vez peores. Sin embargo, el Papa Francisco debe tener en cuenta que no lo controla todo. Además de las elecciones presidenciales en Argentina, más cerca de casa hay una ley muy tradicional que él no tiene poder para derogar, y es la ley de la mortalidad humana. La realidad final es que el Papa Francisco no estará aquí para siempre, pero que Cristo nos ha dicho: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo".


Fuente: OnePeterFive

miércoles, 13 de diciembre de 2023

¿Qué pasó con Mons. Baliña?

 


Nos enteramos hoy que Mons. José María Baliña, obispo electo de Mar del Plata, ha renunciado a su cargo antes de asumirlo. La nota en la que explica su decisión a sus fieles marplatenses que nunca fueron (aquí) afirma que el motivo es un problema de desprendimiento de retina… La verdad es que suena raro, muy raro. Tan raro como que afirme en su nota que seguirá “ofreciendo mi servicio sacerdotal en la Arquidiócesis donde estoy”. ¿Por qué servicio sacerdotal y no episcopal?

    Recordemos que Mons. Baliña fue hasta su elección obispo auxiliar de Buenos Aires, nombrado por Francisco, y una de sus peores elecciones: de lo más progre y mediocre. En este blog publicamos en más de una ocasión sobre él. Pueden ver, por ejemplo, este video o esta entrada. Seguramente, son muchos los que saben la verdad detrás de la decisión episcopal de Baliña y se ventilará más pronto que tarde.

    No es la primera vez que sucede algo del género, ni en Argentina ni en el mundo entero. Si nos atenemos solamente a nuestro país, el capuchino Carlos Alberto Novoa De Agustini fue nombrado obispo auxiliar de Lomas de Zamora apenas comenzado el pontificado de Francisco, pero pocas semanas después y antes de ser consagrado, renunció. Y no hace mucho, ocurrió exactamente lo mismo con el P. Fabián Belay, elegido como auxiliar de Rosario. Algunos maliciosos opinan que en ciertas circunstancias, los muertos ocultos en los armarios cobrar vida.

    El hecho, más allá de las razones que lo provocaron, muestra una vez más el caos que significa el pontificado de Bergoglio para quien no existen reglas y normas porque, en última instancia, la Iglesia es él y puede hacer lo que quiera con ella. Es la nunciatura la que debe estudiar los antecedentes de cada candidato al episcopado con los informes que recibe de la Conferencia Episcopal Argentina. Son los nuncios y sus funcionarios los que están capacitados para esa delicada tarea, pero Bergoglio se sabe omnipotente y, como el conoce Argentina, decide saltarse todos los pasos y advertencias de la nunciatura, y nombrar directamente a quien le viene en gana. Y estas son las consecuencias.

    Y quienes deben tomar nota también de estos hechos vergonzosos son los mismos obispos argentinos, completamente sometidos al yugo papal, y que aceptan sin chistar los caprichos del tirano felizmente reinante. Nunca lo harán, pues saben que sin esos caprichos la mayor parte de ellos no serían más que curitas de parroquia perdidas en las pampas, pues para otra cosa no les da su naturaleza. Saben, y se ven reflejados el caso de Mons. Baliña, que “lo que natura non da, Bergoglio non presta”.