jueves, 14 de diciembre de 2023

Papa Francisco: ¿cuánto más bajo podemos caer?

 


por Henry Sire

Conferencia pronunciada para la Latin Mass Society de Londres el 24 de noviembre de 2023.


Cuando Joseph Shaw me propuso esta charla a principios de septiembre, le sugerí el título "Papa Francisco: ¿cuánto más bajo podemos caer?", pero lo cierto es que desde entonces los acontecimientos nos han superado. Durante los últimos once años, todos hemos visto el pontificado del Papa Francisco en una trayectoria de descenso acelerado hacia una traición cada vez más manifiesta de la doctrina católica, pero debo decir que no preveía la precipitación gadarena que hemos visto en los últimos tres meses. Si queremos evaluar los gravísimos acontecimientos que están sucediendo a nuestro alrededor, tenemos que intentar comprender al hombre que tenemos ahora sentado en el trono de Pedro. Así pues, antes de comentar los últimos acontecimientos, me gustaría añadir algunos detalles a la imagen del Papa Francisco que ofrecí en mi libro El Papa dictador, que se publicó por primera vez hace seis años.

    Para ponerles en antecedentes sobre este libro, debo explicarles que llegué a trabajar a Roma en abril de 2013, menos de un mes después de la elección del Papa Francisco, y viví allí durante los cuatro años siguientes. Trabajaba para la Orden de Malta, una organización que mantiene estrechos vínculos con la Santa Sede, y rápidamente empecé a escuchar los informes que salían en privado del Vaticano. Mostraban a un Francisco muy diferente de la figura genial y liberal que presentaban los medios de comunicación de todo el mundo. Los enterados decían que, en cuanto las cámaras publicitarias se apartaban de él, Francisco se convertía en una figura diferente: arrogante, despectivo con la gente, dado al lenguaje soez y notorio por furiosos arrebatos de mal genio que eran conocidos incluso por los chóferes del Vaticano. Durante los dos años siguientes seguí escuchando información privilegiada, por ejemplo del difunto cardenal Pell sobre la política interna que se llevó a cabo en los dos Sínodos sobre la Familia de 2014 y 2015. Tengamos en cuenta que en sus primeros años el papa Francisco apenas había mostrado su mano y que la gente asumía que era el reformador liberal que supuestamente necesitaba la Iglesia. A principios de 2016 escribí un artículo para Angelico Press titulado "Papa Francisco: ¿Dónde está el reformador detrás del ídolo mediático?". Empezaba a pensar que alguien tenía que escribir un libro desvelando el abismo entre la imagen pública del papa Francisco y la realidad tal y como se ve dentro del Vaticano; pero en ese momento no pensé que sería yo quien lo escribiera.

    Además del abismo informativo que he descrito, había otro derivado de la barrera lingüística. De hecho, había mucha información disponible desde hacía años sobre Jorge Bergoglio y su carrera en Argentina, pero sencillamente no había llegado al resto del mundo porque no se había traducido al inglés. Dado que soy medio español, éste fue otro de los factores que apuntaron a que me hiciera cargo de la tarea que se necesitaba. Cuando decidí empezar a trabajar en el libro, lo primero que hice fue hacer un viaje a Argentina, que realicé en marzo de 2017, para hablar con personas que pudieran informarme sobre el historial de Bergoglio. Esta era la información que tristemente les había faltado a los cardenales cuando eligieron a Bergoglio en 2013. En particular, había un libro muy revelador que había sido escrito poco después de la elección papal, pero que había sido rápidamente sellado y desde entonces casi no estaba disponible. El título era El Verdadero Francisco, de Omar Bello. El autor era un ejecutivo de relaciones públicas que había conocido personalmente a Bergoglio durante los últimos ocho años, al haber trabajado para él en un canal de televisión gestionado por la archidiócesis de Buenos Aires. Como profesional en el campo de las relaciones públicas, Bello no tardó en reconocer en Bergoglio a un maestro en la autopromoción. También describió a un hombre consumado en el ejercicio encubierto del poder y la manipulación de las personas.

    Por ejemplo, Bello cuenta en su libro dos historias que ya eran bien conocidas en Buenos Aires. Una fue la forma en que Bergoglio se disgustó con un miembro del personal arzobispal, el Sr. Félix Botazzi, y decidió despedirlo sin mostrar su mano. El ex empleado agraviado buscó entonces una entrevista con Bergoglio, que se mostró ignorante. "No sabía nada de eso, hijo mío. ¿Por qué te despidieron? ¿Quién lo hizo?" El Sr. Botazzi no recuperó su empleo, pero el arzobispo le regaló un coche nuevo, y se marchó convencido de que Bergoglio era un santo, dominado por un círculo de subordinados malintencionados. La otra historia que repite Bello es la de un sacerdote bonaerense del personal diocesano que buscó ayuda psiquiátrica, agotado por la alegre danza que a él y a sus colegas les dirigía su arzobispo. Tras escuchar sus penas, el psiquiatra le dijo: "No puedo tratarle. Para resolver sus problemas tendría que tratar a su arzobispo".

    Estas y otras revelaciones se hicieron poco después de que Bergoglio fuera elegido Papa, pero en realidad ya antes habían aparecido informes reveladores en los medios de comunicación en español. Por ejemplo, en 2011 el periodista español Francisco de la Cigoña publicó un artículo en el que describía cómo Bergoglio estaba construyendo él mismo una red de poder en las jerarquías sudamericanas a través de seguidores que había plantado en varios departamentos del Vaticano. De la Cigoña resumió su informe:

Así es como Bergoglio procede a generar una red de mentiras, intrigas, espionaje, desconfianza y, más eficaz que nada, miedo. Bergoglio es una persona que sobre todo sabe cómo generar miedo. Por mucho que se esmere en impresionar a todos con la apariencia de un santo de escayola, austero y mortificado, es un hombre con mentalidad de poder.

    Debemos tener en cuenta que esto fue escrito mucho más de un año antes de que Bergoglio fuera elegido Papa, antes de que nadie tuviera motivos para sospechar que podría ser más ampliamente peligroso.

    Cuando empecé mi libro, me fijé el objetivo de transmitir al mundo angloparlante reportajes de este tipo en español, pero había otra prueba cuya no aparición no se había debido a la barrera del idioma. Mientras vivía en Roma, empecé a oír hablar a los periodistas de un documento llamado Informe Kolvenbach, que varios de ellos habían intentado localizar sin éxito. Era el informe que el padre Kolvenbach, general de los jesuitas, había escrito en 1991, cuando se había propuesto nombrar al padre Bergoglio obispo auxiliar en Buenos Aires, y se rumoreaba que era claramente desfavorable. Se había conservado una copia del informe en el archivo de la Curia General de los jesuitas en Roma, pero desapareció rápidamente en cuanto Bergoglio fue elegido Papa. En el curso de mi investigación descubrí que al menos una copia del informe existía en manos privadas, pero su propietario no se atrevía a compartirla conmigo con el fin de publicarla. Lo más cerca que pude llegar a él fue a través de un sacerdote que lo había leído antes de que desapareciera del archivo de los jesuitas, y me dio lo esencial del mismo de la siguiente manera: El P. Kolvenbach acusaba a Bergoglio de falta de equilibrio psicológico, desviación, desobediencia encubierta bajo una máscara de humildad y uso habitual de un lenguaje vulgar. También señaló, con vistas a su idoneidad como obispo, que Bergoglio se había mostrado como una figura divisiva mientras fue provincial de los jesuitas en Argentina. Tras once años de papado de Francisco, podemos decir con toda justicia que el padre Kolvenbach había acertado de pleno.

    Otra clave del modo de actuar de Bergoglio es el trasfondo político de Argentina, tan ajeno a la comprensión anglosajona. Una de las primeras cosas que oí sobre Bergoglio cuando fui a Roma me la dijo un sacerdote argentino: "Lo que tienes que entender de él es que es un político puro". En aquel momento, no capté el alcance de esto, pero hay que añadir que la política de Francisco está modelada por la gran figura de Argentina en el siglo XX, Juan Perón, que fue dictador del país de 1946 a 1955, los años en los que Bergoglio crecía. Perón deslumbró a toda una generación de argentinos con su estilo oportunista y sin escrúpulos, y su legado ha seguido dominando la vida política del país desde entonces. Bergoglio fue más que un discípulo genérico del gran hombre. Cuando era maestro de novicios de los jesuitas argentinos a principios de los setenta, ayudaba activamente a un partido llamado Guardia de Hierro que trabajaba, con éxito, para traer de vuelta a Perón del exilio durante sus últimos meses como presidente hasta su muerte en 1974. Según los estándares ordinarios, ésta era una forma inusual de pasar el tiempo libre para el maestro de novicios de una orden religiosa, pero ilustra el comentario que me hizo un argentino que había sido alumno del joven Bergoglio cuando enseñaba en un colegio jesuita en los años sesenta. Basándose en el conocimiento personal de toda una vida, me describió a Bergoglio como "un enfermo del poder" - un hombre para quien el poder es una manía, o una enfermedad.

    Así que, basándome en informes como estos, procedí a escribir mi libro, e incluí en él un capítulo sobre la carrera de Bergoglio antes de su elección. En él, mi propósito era proporcionar algo así como un estudio del carácter que lamentablemente les había faltado a los cardenales cuando lo eligieron papa en 2013. Sin embargo, desde su publicación he descubierto una gran cantidad de nueva información que demuestra que, de hecho, las cosas eran mucho, mucho peores de lo que imaginaba.

    La primera revelación ha sido sobre la mala praxis financiera implicada en el gobierno de Bergoglio de la archidiócesis de Buenos Aires. He mencionado antes el artículo de Francisco de la Cigoña sobre la red de poder que el cardenal Bergoglio construyó en el Vaticano, pero hay que añadir que esa red fue posible gracias al despliegue de grandes sumas de dinero. El trasfondo de todo ello fue la casi bancarrota en la que había incurrido la Santa Sede en los años ochenta y noventa por las actividades delictivas de sus gestores financieros, el arzobispo Paul Marcinkus y su menos conocido pero igualmente corrupto sucesor Donato de Bonis. En estas condiciones, la capacidad de transferir grandes sumas a las arcas vaticanas daría a un eclesiástico una enorme influencia. El cardenal Bergoglio lo hizo a través de su control de la Universidad Católica de Argentina, que contaba con una rica dotación de 200 millones de dólares. Concretamente, entre 2005 y 2011 se transfirieron unos 40 millones de dólares de la Universidad de Argentina al Vaticano, en una transacción que se suponía que era un depósito, pero que el Banco Vaticano procedió rápidamente a tratar como una donación. Hasta hace uno o dos años no se ha empezado a rectificar esta apropiación indebida.

    Sin embargo, esto no es más que la punta del iceberg de una enorme corrupción financiera en la archidiócesis de Buenos Aires que se ha mantenido en secreto, aunque el Vaticano la conocía desde muy pronto. En 2009, a los once años de gobierno del cardenal Bergoglio como arzobispo, el papa Benedicto ordenó una visita secreta a la archidiócesis por parte de un monseñor que fue enviado allí ostensiblemente como miembro diplomático de la nunciatura papal, y descubrió graves irregularidades que incluían blanqueo de dinero y vínculos con la mafia. Para ser justos, estas malas prácticas databan de antes del nombramiento de Bergoglio como arzobispo en 1998, pero quedaron sin reformar debido a la habitual política de Bergoglio de encubrimiento y protección de los culpables. Se dice que la información que el investigador papal obtuvo durante su visita le ha dado un dominio sobre el Papa y le ha permitido seguir una carrera vaticana bien protegida a pesar de la enemistad de figuras poderosas.

    La archidiócesis que dirigía el cardenal Bergoglio estaba así impregnada de irregularidades financieras. Para darles un poco de historia de esto, me remontaré al primer nombramiento de Bergoglio como obispo auxiliar de Buenos Aires en 1991. Como ya he mencionado, obtuvo este cargo a petición del entonces arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Quarracino, pero el hombre que más influyó para presionarlo fue monseñor Roberto Toledo, miembro del personal arzobispal. Por qué monseñor Toledo fue tan defensor de Bergoglio no sabría decirlo, pero emerge como la figura central en el siguiente gran escándalo surgido en la archidiócesis. Se trata de un gran fondo de pensiones de los militares argentinos, a los que en 1997 se pidió que hicieran un préstamo a la archidiócesis de diez millones de dólares. Para entonces, el cardenal Quarracino estaba enfermo y el obispo Bergoglio ya había sido nombrado su sufragáneo con derecho a sucesión. En la reunión celebrada para ultimar el préstamo, el cardenal Quarracino estaba demasiado enfermo para asistir, pero estuvo representado por monseñor Toledo. Cuando llegó el momento de firmar el contrato, monseñor Toledo abandonó la sala, aparentemente para obtener la firma del cardenal Quarracino, y regresó al momento con una firma que, como se supo más tarde, había sido en realidad falsificada por él mismo. Poco después, la caja militar de pensiones se encontró en dificultades e hizo gestiones para recuperar su préstamo a la archidiócesis de Buenos Aires, tras lo cual el cardenal Quarracino negó haber firmado nunca el contrato.

    El cardenal Quarracino murió poco después y Bergoglio le sucedió como arzobispo de Buenos Aires. Lo que llama la atención es su trato de guante de seda con monseñor Toledo cuando se descubrió el fraude. Primero fue enviado de vuelta a su ciudad natal sin ninguna sanción. Finalmente, ocho años después, en 2005, fue juzgado por fraude, pero nunca se dictó sentencia. Hay que añadir que monseñor Toledo era bien conocido por ser homosexual y por tener un amante masculino, un monitor de gimnasia, que había desempeñado un papel de intermediario en las relaciones financieras que he descrito. El detalle más macabro de este caso surgió en 2017, cuando monseñor Toledo, que llevaba dieciocho años trabajando como párroco sin ningún tipo de sanción eclesiástica, fue acusado de asesinar a un amigo suyo de toda la vida y de falsificar su testamento para obtener una herencia millonaria.

    Monseñor Toledo es un ejemplo de prelado que ya estaba en su puesto cuando Bergoglio llegó como obispo auxiliar, pero es igualmente revelador observar a quienes promovió una vez que se convirtió en arzobispo. El primero en el que hay que fijarse es Juan Carlos Maccarone, a quien Bergoglio nombró obispo auxiliar en 1999. En 2005, Maccarone fue destituido del episcopado por el papa Benedicto tras ser filmado manteniendo relaciones sexuales con una prostituta homosexual en la sacristía de su catedral. Sin embargo, el cardenal Bergoglio le defendió públicamente, afirmando que la filmación era un montaje para derribar al obispo por su compromiso político de izquierdas. Otro protegido fue Joaquín Sucunza, a quien Bergoglio consagró obispo auxiliar en 2000, aunque para entonces ya había sido citado en una causa de divorcio como amante de una mujer casada. El obispo Sucunza continuó como auxiliar, e incluso fue nombrado por el papa Francisco administrador temporal de la archidiócesis en 2013, tras su propia elevación al papado.

    Estos casos muestran un patrón de cinismo moral y amiguismo clerical que Bergoglio ha mostrado entre bastidores, mientras presentaba la imagen pública de un reformador. Los ejemplos más flagrantes están relacionados con su historial como protector de clérigos abusadores sexuales. Un caso es el del sacerdote de Buenos Aires Rubén Pardo, que fue denunciado por abusar sexualmente de un chico de quince años. La madre del chico tuvo grandes dificultades para conseguir que la archidiócesis admitiera el caso; se quejó de que el cardenal Bergoglio protegía al sacerdote culpable, que le daba alojamiento en una residencia diocesana, y que cuando intentó hablar con el cardenal en la residencia arzobispal éste la hizo expulsar por el personal de seguridad. El sacerdote fue finalmente condenado por la justicia civil y poco después murió de sida, y un tribunal de Buenos Aires obligó a la Iglesia católica a indemnizar a la familia por lo que había sufrido. La opinión de la madre sobre la pretensión de Bergoglio de tomar medidas enérgicas contra esos delitos fue: "El compromiso de Bergoglio es sólo palabrería".

    Otro caso muy conocido fue el del padre Julio Grassi, que dirigía hogares infantiles que utilizaba para explotar la ambición de los chicos de salir de la pobreza a través del fútbol profesional. En 2009, el padre Grassi fue condenado por abusar sexualmente de un adolescente, pero mientras el caso estaba en curso, la conferencia episcopal argentina, encabezada por el cardenal Bergoglio, se gastó mucho dinero en encargar un documento de 2.600 páginas para afirmar su inocencia. El informe fue condenado por el tribunal argentino como un burdo intento de interferir en la justicia y de perjudicar la vista judicial. Mientras tanto, el propio P. Grassi declaró que a lo largo de las audiencias había contado con el apoyo personal del propio cardenal Bergoglio. Como sabemos, hay muchos obispos en el mundo cuyas carreras han terminado por acusaciones menos graves que ésta, y sin embargo Bergoglio ha conseguido salir indemne de ellas. Además, como Papa ha demostrado en muchos casos que no tiene escrúpulos en proteger a los delincuentes sexuales clericales, independientemente de la supuesta política de tolerancia cero que profesa aplicar.

    Creo que merece la pena ofrecer una explicación general o genérica de esta extraña laxitud, que en el fondo hunde sus raíces en la cultura sexual machista de América Latina. Eso no es más evidente en ningún lugar que en Argentina, donde tradicionalmente se ha dicho que un "maricón" se define como un hombre que sólo se acuesta con su propia mujer. Esta cultura contamina al propio clero. Muy a menudo entre estos latinoamericanos, y de hecho entre los italianos y otros, existe la inclinación a tratar la visión menos tolerante de las fechorías sexuales como una manifestación del puritanismo anglosajón. Con esta actitud, la corrupción sexual rampante en la Iglesia y en el Vaticano tiene pocas esperanzas de ser reformada y, de hecho, ha empeorado mucho bajo el actual Papa.

    Los hechos que acabo de mencionar han sido publicados en diversos artículos, o en algunos casos descubiertos por mí, en los últimos cinco o seis años, y mi comentario al respecto es el siguiente: cuando escribí El Papa dictador el estado de mi información me llevó a dar una imagen de Bergoglio como un hombre con ciertos defectos de carácter que deberían haber sido conocidos por los cardenales cuando lo eligieron en 2013; pero de hecho la realidad es mucho peor. Lo que encontramos que existía en 2013 era una situación de horrible corrupción clerical en la Iglesia argentina, y vemos a Bergoglio sentado directamente en el centro de la misma. Ahora bien, no le estoy acusando de ser él mismo corrupto financiera o sexualmente como los clérigos a los que protegía. Me remito a la descripción que el periodista De la Cigoña hizo de él como "trabajando cuidadosamente para impresionar a todos con la apariencia de un santo de yeso". Hay que admitir que Bergoglio siempre ha sido personalmente austero, de hecho ostentosamente, pero ha combinado esto con una política de rodearse de personas moralmente débiles y corruptas, precisamente para poder controlarlas y construir su propio poder a través de ellas, y esta política la ha continuado durante todo su pontificado.

    Tenemos que fijarnos en la situación que existía en el Cónclave de 2013, tras la sorpresiva abdicación del Papa Benedicto XVI. En general, se reconocía que la Iglesia se enfrentaba a una crisis, y el cardenal Bergoglio fue elegido explícitamente para realizar reformas, en particular en tres áreas: en primer lugar, el escándalo mundial de abusos sexuales por parte de clérigos, que había socavado gravemente la autoridad moral de la Iglesia; en segundo lugar, el marasmo de las finanzas vaticanas; y en tercer lugar, la corrupción moral y política dentro de la Curia Romana, de la que Benedicto XVI había recibido pruebas aplastantes en un informe presentado en diciembre de 2012. En estas tres áreas, el pontificado del Papa Francisco, lejos de aportar reformas, ha empeorado infinitamente las cosas. En un caso tras otro, hemos visto a delincuentes sexuales clericales protegidos con un descaro que eclipsa cualquier cosa del pasado. En el ámbito de las finanzas vaticanas, al principio parecía que el papa Francisco propugnaba una auténtica reforma. Nombró al cardenal Pell con amplios poderes para reformar las finanzas de los distintos departamentos vaticanos, pero en dos años quedó claro que se trataba de una promesa vacía. La auditoría de los departamentos vaticanos que Pell había puesto en marcha fue cancelada, y fue cancelada por dos de los hombres que el propio Francisco había puesto en el poder: El cardenal Parolin, como Secretario de Estado, y el cardenal Becciu, su adjunto en aquel momento. El cardenal Becciu, tras cuatro años de creciente poder, perdió el favor del papa Francisco en 2020, fue efectivamente despojado de su cardenalato y actualmente está siendo juzgado por delitos financieros. Ya en 2017, Parolin y Becciu ordenaron entre ambos la paralización de la reforma financiera del cardenal Pell, en una serie de incidentes que ilustran el régimen de dictadura sin ley que impera ahora en el Vaticano. Uno de ellos fue el trato dado al laico Libero Milone, que había sido nombrado auditor general del Vaticano dos años antes para llevar a cabo la reforma financiera. En 2017 fue despedido en circunstancias sugestivas de un estado fascista, con la policía vaticana irrumpiendo en sus oficinas y confiscando sus ordenadores, mientras se le daba allí mismo un ultimátum para que dimitiera o sería arrestado. Como parte de la explicación de este trato, el cardenal Becciu se quejó de que el Sr. Milone había estado espiando a sus superiores, en otras palabras, que estaba haciendo el trabajo para el que había sido nombrado.

    El aspecto más notorio de esta represión fue la forma en que se deshicieron del cardenal Pell. En 2017 tuvo que regresar a Australia para enfrentarse a cargos históricos de abusos sexuales, por los que fue condenado a prisión, hasta que su condena fue anulada en apelación tres años después. Para entonces ya era demasiado tarde para que reasumiera su cargo en el Vaticano. Hay muchas razones para creer que la acusación australiana fue instigada y asistida por figuras del Vaticano como medio para detener su reforma, y el cardenal Becciu ha sido nombrado específicamente como el agente de esta política.

    Cuando pasamos a la reforma de la Curia en su conjunto, la experiencia de los últimos once años ha sido tan desastrosa como la historia financiera. Y la razón es que el interés del Papa Francisco no está en reformar la Curia sino en controlarla. Como he mencionado antes, siempre ha ejercido su control nombrando para los cargos a personajes moralmente débiles y comprometidos, que se convierten en sus herramientas incondicionales. Así, en la primera mitad de su pontificado vimos cómo los pocos individuos de verdadera integridad en la Curia eran destituidos uno a uno -Burke, Sarah, Müller, Pell- y una colección sin parangón de villanos clericales ocupaba su lugar. Por ejemplo, la Administración del Patrimonio de la Santa Sede, que controlaba el dinero del Vaticano, permaneció bajo la presidencia del cardenal Calcagno, un estafador clerical italiano de la vieja escuela, a pesar de que estaba siendo investigado por negocios inmobiliarios en su diócesis anterior que perjudicaron las finanzas de la diócesis; también era un conocido protector de delincuentes sexuales clericales. Permaneció en su poderoso cargo y tuvo el privilegio de cenar todas las noches con el Papa Francisco hasta que se jubiló por motivos de edad en 2018.

    Un nombramiento aún más escandaloso por diferentes motivos fue el del arzobispo sudamericano Peňa Parra, que ocupó el puesto del cardenal Becciu como adjunto al secretario de Estado en 2018. Peňa es un hombre que, siendo estudiante, fue expulsado de su primer seminario por considerársele moralmente sospechoso, y se dice que hizo su carrera al amparo de un círculo de clérigos homosexuales que le protegieron y le hicieron progresar. Se afirma que huyó de su Venezuela natal y se refugió en Roma tras un grave incidente que provocó la intervención de la policía venezolana. Estos antecedentes no han sido obstáculo para que Peňa se convirtiera en el segundo hombre más poderoso de la Secretaría de Estado, cargo que aún ocupa. Es sólo un ejemplo del círculo de latinoamericanos desagradables que han sido ascendidos a la cúpula de la Iglesia bajo el actual Papa. Y así sigue, con un nombramiento escandaloso tras otro que hunden la reforma moral de la Curia cada vez más en el reino de lo imposible.

    Sin embargo, los medios de comunicación del mundo, que tan salvajemente atacaron a Benedicto XVI en cada oportunidad, han permanecido en silencio ante escándalos que habrían destruido cualquier otro papado. La razón es sencilla, que el Papa Francisco les da exactamente lo que quieren. Buscan un Papa que debilite a la Iglesia y la doblegue a su propia agenda secularizadora, y eso es exactamente lo que el Papa Francisco les está dando. Esta es, por tanto, la clave de la cuestión: ¿de qué trata exactamente Francisco en su pontificado? Desde el primer momento, la galería a la que ha estado jugando ha sido la de los medios de comunicación seculares, junto con el establecimiento intelectual y político woke, y por ellos se adhiere a todas las causas seculares de moda, en detrimento de la enseñanza católica real. Sus palabras y acciones han sido calculadas exclusivamente para ganarse la aprobación del mundo, y lo ha conseguido por completo. Tan enteramente que puede permitirse ignorar a cualquier otro electorado, y salirse con la suya con un amiguismo y una corrupción clericales por los que los medios de comunicación le habrían fustigado si hubieran venido de un papa conservador.

    Un corolario de esto es su impulso contra la tradición. El papa Francisco se da perfecta cuenta de que el único obstáculo real a su revolución procede de los tradicionalistas de la Iglesia católica, el único elemento con algo de espinazo dispuesto a reconocer que el emperador no tiene ropa. De ahí la campaña que ha emprendido durante todo su pontificado contra los llamados católicos "rígidos" y "retrógrados", de los que se burla en cada oportunidad. Repitió este tema hace sólo unas semanas, cuando dijo que era un escándalo que los jóvenes sacerdotes acudieran a sastres eclesiásticos para encargar sotanas y vestimentas tradicionales. Todos sabemos cuáles son los verdaderos escándalos de la Iglesia moderna, pero los únicos que molestan al papa Francisco son los de los sacerdotes que siguen la tradición. De ahí también su ascenso del cardenal Roche a Prefecto del Culto Divino en lugar del cardenal Sarah, y el Motu Proprio Traditionis Custodes para deshacer el trabajo de Benedicto XVI. (Por cierto, se ha señalado que una posible traducción de Traditionis Custodes es "los carceleros de la tradición", que es ciertamente el trabajo que al cardenal Roche y al papa Francisco les gustaría estar haciendo). Al igual que al Papa Francisco, al cardenal Roche también le gusta sermonear a los católicos tradicionales sobre lo anticuados que están. Se ha comentado que la Iglesia católica es la única institución en la que hombres de setenta y ochenta años dicen continuamente a personas de veinte y treinta que tienen que ponerse al día. Al Papa Francisco le conviene fingir que el tradicionalismo católico es una cuestión de que a los sacerdotes les gusta llevar sotana y usar incienso en la iglesia, pero sabe muy bien que es una cuestión de doctrina, del Depósito de la Fe, de la filosofía perenne de la Iglesia, de los tesoros de la espiritualidad; y por eso es un obstáculo inquebrantable para un Papa que intenta conducir a la Iglesia por los caminos del secularismo moderno.

    Antes de terminar, debo comentar la situación en la que nos encontramos actualmente. Como dije al principio, los acontecimientos de los últimos tres meses han cogido por sorpresa incluso a quienes no se hacían ilusiones sobre el régimen actual. La espiral descendente se ha acelerado hasta un punto que yo, por mi parte, no había previsto. Lo que hemos visto en los últimos tres meses son los escándalos del papado del Papa Francisco en su forma más concentrada. Empezaré por el escándalo de los abusos sexuales clericales y su encubrimiento, cuyo ejemplo más flagrante ha estado muy presente en las noticias. Se trata del caso, del que estoy seguro que todos han oído hablar, del jesuita P. Rupnik, acusado de abusos sexuales del tipo más horrendo infligidos a hermanas religiosas de las que se suponía que era el director espiritual. Los abusos incluían elementos sacrílegos espantosos en los que no voy a entrar, y llevaban produciéndose décadas, pero los jesuitas no hicieron nada al respecto. A principios de este año decidieron tardíamente que era mejor prescindir del P. Rupnik y lo expulsaron de la Compañía, pero la protección hacia él continuó por parte del Vaticano. El P. Rupnik había sido declarado culpable del grave delito canónico de absolver a una de sus parejas sexuales en el confesionario y había incurrido en la pena automática de excomunión, pero la excomunión fue levantada en el plazo de un mes. No sólo eso, sino que precisamente en ese momento el padre Rupnik fue invitado a predicar un retiro en el propio Vaticano. Los intentos de llevar a este sacerdote a juicio eclesiástico se vieron obstaculizados por el hecho de que sus delitos habían prescrito; esto puede levantarse en los casos apropiados, pero el Papa Francisco no lo hizo. Negó públicamente su implicación en el caso, pero Christopher Altieri ha escrito: "altos cargos eclesiásticos cercanos a Francisco han sugerido con fuerza que Francisco tuvo prácticamente todo que ver con la gestión del mismo". El padre Rupnik es, de hecho, típico de los inmorales compinches clericales a los que el papa Francisco ha estado protegiendo sistemáticamente a lo largo de su pontificado y antes de él.

    A mediados de este año, el encubrimiento de Rupnik estaba alcanzando su punto álgido. Había figuras, como el también jesuita cardenal Ladaria, Prefecto de la Doctrina de la Fe, que querían que el P. Rupnik fuera castigado de lleno, y se dice que esa fue la razón por la que Ladaria fue notoriamente desinvitado al reciente Sínodo sobre la Sinodalidad. Las fuerzas vaticanas intentaron incluso que se anulara la excomunión anterior del P. Rupnik por irregular. Finalmente se provocó una protesta pública, en primer lugar cuando un informe de la propia Comisión para la Protección de Menores del Vaticano criticó la laxitud que se estaba mostrando, y en segundo lugar cuando se reveló que el P. Rupnik, a pesar de su expulsión de los jesuitas y de las acusaciones que aún pesaban sobre él, había sido incardinado recientemente en la diócesis de Koper. A finales de octubre, el Vaticano anunció finalmente que los defectos en la tramitación del caso del P. Rupnik habían sido puestos en conocimiento del Papa y éste había decidido renunciar a la prescripción para permitirle ser juzgado. Sobre esto ha comentado Christopher Altieri "Plazos inverosímiles y explicaciones absurdas, este anuncio no hace sino confirmar aún más que la responsabilidad, la rendición de cuentas y la transparencia son bromuros transparentemente cínicos. El acto de poder bruto demuestra que el imperio de la ley en la Iglesia es una farsa".

    ¿Cuáles son los otros actos papales que nos han asaltado en las últimas semanas? Hemos tenido la exhortación apostólica Laudate Deum, sobre la llamada crisis climática, en la que, como alguien ha señalado, el papa Francisco se ha puesto en plan Greta Thunberg. La exhortación declara: "Ya no es posible no creer en la causa primordialmente humana del cambio climático". Tantos otros artículos de la creencia cristiana se han tambaleado, pero alegrémonos de que el Papa Francisco siga defendiendo un dogma de fe incuestionable. También hemos asistido a otros escándalos morales, como el hecho de que, por ejemplo, al cardenal Ricard de Francia se le haya permitido conservar su cardenalato a pesar de haber admitido haber abusado de una niña de 14 años hace años, o que el Papa Francisco haya vuelto a defender, en el caso del obispo Gisana de Sicilia, a un obispo acusado de proteger a abusadores sexuales y haya denigrado a sus acusadores.

    Todo esto es chocante, pero lo que debemos analizar es un acontecimiento de consecuencias más graves para la Iglesia. Se trata del curso abiertamente cismático de la Vía Sinodal alemana, que ha proseguido sin que el papa Francisco haya intentado ponerle freno o reprenderlo. El 3 de noviembre, el obispo de Speyer anunció que autorizaba la bendición de parejas homosexuales y que elaboraba una lista de sacerdotes de su diócesis dispuestos a realizarlas. De nuevo, silencio absoluto por parte de Roma. Pocos días después llegó el anuncio de que el obispo Strickland de Tyler había sido destituido por no plegarse a la línea modernista. Aquí vemos demostrado con perfecta simetría el patrón del pontificado del Papa Francisco: se protege al hereje y se destituye al fiel obispo católico. El cardenal Müller ha calificado públicamente la destitución del obispo Strickland como un abuso del derecho divino del papado. Un periodista italiano se ha animado a describir este papado como “El pontificado de las purgas”, y a contrastar la práctica de Francisco con su profesado lema de Misericordia. Peter Kwasniewski ha comentado:

Hace años Henry Sire llamó al papa Francisco 'el papa dictador', Una y otra vez esta evaluación ha sido reivindicada, y nunca más que cuando el papa depone a un obispo sin el debido proceso, en contra del derecho canónico y por ninguna falta grave imaginable. Ha combinado la mentalidad de "Yo soy la Tradición" de Pío IX con el lema de Juan Perón: "Al amigo, todo. Al enemigo, ni siquiera la justicia'.

    Por muy grave que sea todo esto, debemos prestar más atención al recién clausurado Sínodo sobre la Sinodalidad, porque es el medio por el que el papa Francisco está intentando institucionalizar su revolución. El primer comentario que hay que hacer es que todos estos sínodos, incluidos los dos anteriores sobre la Familia, han sido gestionados de tal forma que han permitido a una camarilla de modernistas hacer avanzar su programa bajo el pretexto de un proceso consultivo. Citando a un observador italiano

El desarrollo de los diversos Sínodos de este pontificado, empezando por el de la familia y terminando de forma estrepitosa con el último, demuestra que las reglas de las discusiones y deliberaciones, preparadas antes con la selección de los propios participantes, han sido cambiadas repetidamente para acallar el rechazo evidente por parte de la mayoría eclesial a la línea de pensamiento único que se le intentaba imponer, y para impedir que surgiera en el seno del Sínodo una línea que no coincidiera con la predeterminada desde arriba.

    Sin embargo, cuando surgió el informe final del Sínodo todos recibimos una sorpresa; resultó ser inesperadamente poco concluyente. Muchos nos quedamos perplejos por un momento, pero obtuvimos la explicación de una revelación noticiosa que apareció poco después. Se trataba de la revelación de un plan para cambiar las reglas de los cónclaves papales con el fin de introducir la participación de los laicos, incluidas las mujeres. Lo que esto nos demostró fue que lo importante del Sínodo precedente no había sido el documento que surgiera de él, sino el proceso en sí. Estaba diseñado para ablandar a la Iglesia para una revolución en la elección papal. Así, habíamos tenido obispos haciendo declaraciones como: "A partir de ahora será imposible celebrar un Sínodo sin la participación de los laicos". Si eso fuera así, la gente también estaría exigiendo una elección papal en condiciones similares.

    Esta noticia reveló que desde hacía meses había conversaciones entre el Papa y el cardenal Ghirlanda para cambiar las reglas del Cónclave. El cardenal Ghirlanda, por cierto, además de ser jesuita, es el propulsor de una visión teológica extrema del poder papal que lo convierte en el agente ideal para afianzar el régimen de dictadura papal. En cuanto saltó la noticia, hubo un rápido desmentido por parte del Vaticano, acompañado de furiosos esfuerzos dentro de los distintos dicasterios para averiguar quién había sido el responsable de la filtración. La lección que esto demostró fue que el Vaticano se dio cuenta de que había perdido el control de la narración, como se dice hoy en día, y se había visto avergonzado por una revelación que se adelantaba a sus planes. Creo que puede haber pocas dudas de que la reforma, así llamada, seguirá adelante, pero supongo que la prematura revelación ha trastornado la agenda del papa Francisco.

    Sin embargo, no todas las noticias papales las hace la propia Roma. Un acontecimiento muy significativo ha llegado de Argentina, en forma de las elecciones presidenciales del pasado domingo y la llegada al poder de Javier Milei. En primer lugar, esto fue directamente contrario a la política de la Iglesia, que, al parecer por orden de Roma, había estado haciendo campaña abiertamente contra Milei e instando a los electores a votar en su contra. Más concretamente, Milei es un enemigo declarado del papa Francisco y le ha insultado públicamente, mientras que su vicepresidenta, Victoria Villarruel, es una católica tradicionalista. La Croix ha comentado el resultado: "Francamente, si un grupo de adictos a los asuntos eclesiásticos se sentaran en un bar e intentaran esbozar en una servilleta de cóctel una entrada que equivaliera a un rechazo tout court de la agenda de un papa en funciones, es dudoso que hubieran podido dar con algo más vívido que lo que ocurrió en realidad". Un comentario más severo ha venido de un experto argentino en política religiosa, el profesor Peretó, que afirmó en una entrevista reciente que la victoria de Milei

representa un desaire a Bergoglio y confirma lo que todo el mundo sabe: a los argentinos no les gusta el papa Francisco y no lo quieren. Desde hace años, cuando aparecen noticias sobre Bergoglio en periódicos y portales, los administradores se ven obligados a cerrar los comentarios de los lectores, en su mayoría despectivos y duros. Muchos habrán pensado que el rechazo a Bergoglio estaba extendido sólo entre quienes leen y se mantienen informados. Ahora se ha demostrado que está presente en todos los estratos sociales, incluso entre los pobres. Por esa misma razón, Bergoglio nunca vendrá a Argentina, porque su viaje sería un fracaso. Es cierto que la mayoría del bajo clero, especialmente los sacerdotes más jóvenes, están hartos de Bergoglio y no quieren saber nada de él: un rechazo que abarca todo lo que el Papa hace y propugna.

    Esa es la opinión de Argentina, a la que el resto del mundo debería prestar atención, como habrían hecho los cardenales electores en 2013.

    Así pues, parece que también en este ámbito los planes del Papa Francisco se han desbaratado, y no deberíamos subestimar las consecuencias de ello para un Papa que es un político tan desnudo como Francisco. En resumen, ¿qué podemos esperar para el futuro inmediato? Dudo en hacer predicciones, pero lo que los acontecimientos de las últimas semanas nos han demostrado es que el Papa Francisco es un anciano con prisa. Está desesperado por institucionalizar su revolución antes de morir, y no se detendrá ante nada para conseguirlo. Así que la respuesta a la pregunta "¿cuánto más bajo podemos caer?" es que probablemente no haya límite, y podemos esperar escandalizarnos con enormidades cada vez peores. Sin embargo, el Papa Francisco debe tener en cuenta que no lo controla todo. Además de las elecciones presidenciales en Argentina, más cerca de casa hay una ley muy tradicional que él no tiene poder para derogar, y es la ley de la mortalidad humana. La realidad final es que el Papa Francisco no estará aquí para siempre, pero que Cristo nos ha dicho: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo".


Fuente: OnePeterFive

miércoles, 13 de diciembre de 2023

¿Qué pasó con Mons. Baliña?

 


Nos enteramos hoy que Mons. José María Baliña, obispo electo de Mar del Plata, ha renunciado a su cargo antes de asumirlo. La nota en la que explica su decisión a sus fieles marplatenses que nunca fueron (aquí) afirma que el motivo es un problema de desprendimiento de retina… La verdad es que suena raro, muy raro. Tan raro como que afirme en su nota que seguirá “ofreciendo mi servicio sacerdotal en la Arquidiócesis donde estoy”. ¿Por qué servicio sacerdotal y no episcopal?

    Recordemos que Mons. Baliña fue hasta su elección obispo auxiliar de Buenos Aires, nombrado por Francisco, y una de sus peores elecciones: de lo más progre y mediocre. En este blog publicamos en más de una ocasión sobre él. Pueden ver, por ejemplo, este video o esta entrada. Seguramente, son muchos los que saben la verdad detrás de la decisión episcopal de Baliña y se ventilará más pronto que tarde.

    No es la primera vez que sucede algo del género, ni en Argentina ni en el mundo entero. Si nos atenemos solamente a nuestro país, el capuchino Carlos Alberto Novoa De Agustini fue nombrado obispo auxiliar de Lomas de Zamora apenas comenzado el pontificado de Francisco, pero pocas semanas después y antes de ser consagrado, renunció. Y no hace mucho, ocurrió exactamente lo mismo con el P. Fabián Belay, elegido como auxiliar de Rosario. Algunos maliciosos opinan que en ciertas circunstancias, los muertos ocultos en los armarios cobrar vida.

    El hecho, más allá de las razones que lo provocaron, muestra una vez más el caos que significa el pontificado de Bergoglio para quien no existen reglas y normas porque, en última instancia, la Iglesia es él y puede hacer lo que quiera con ella. Es la nunciatura la que debe estudiar los antecedentes de cada candidato al episcopado con los informes que recibe de la Conferencia Episcopal Argentina. Son los nuncios y sus funcionarios los que están capacitados para esa delicada tarea, pero Bergoglio se sabe omnipotente y, como el conoce Argentina, decide saltarse todos los pasos y advertencias de la nunciatura, y nombrar directamente a quien le viene en gana. Y estas son las consecuencias.

    Y quienes deben tomar nota también de estos hechos vergonzosos son los mismos obispos argentinos, completamente sometidos al yugo papal, y que aceptan sin chistar los caprichos del tirano felizmente reinante. Nunca lo harán, pues saben que sin esos caprichos la mayor parte de ellos no serían más que curitas de parroquia perdidas en las pampas, pues para otra cosa no les da su naturaleza. Saben, y se ven reflejados el caso de Mons. Baliña, que “lo que natura non da, Bergoglio non presta”.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Obispo coadjutor para Roma ¿una hipótesis absurda?

 




La semana pasada planteábamos la posibilidad real de la candidatura del cardenal Pietro Parolin para suceder a Francisco. Días después, se publicó un informe del p. Claude Barthe (aquí en francés y aquí en inglés) sobre este inquietante personaje. Probablemente usaría hábito coral y volverían los zapatos rojos, pero sería la consumación de la ruptura entre la nueva iglesia conciliar y la iglesia de siempre. La peor opción: un lobo vestido de etiqueta. 

    Por su parteIl Giornale, publicó un artículo sobre el cardenal Mateo Zuppi, otro de los aspirantes al solio petrino, en el que, a pesar de su progresismo de aspavientos, se pronuncia claramente sobre algunos temas centrales a la fe. 

    Esta es la situación en la que estamos: discutiendo si es preferible un Papa hereje al 30% o 60%, porque sabemos que no tendremos un pontífice plenamente católico, y por tal entiendo aquél que conserve, confirme y enseña la fe de los apóstoles, esa fe a la que la Iglesia adhirió inquebrantablemente hasta la debacle del Vaticano II.

    El problema es que la Iglesia se ha acostumbrado a lo absurdo (contrario a la lógica y a la razón), a lo descabellado y al disparate. Todos lo ven pero callan. Quienes deberían hablar en primer término, los obispos, se esconden y el mayor gesto de valentía que hacen es no mencionar los dislates pontificios en sus homilías. Asustados, saben lo que les pasará si hablan. Nosotros, los laicos, damos aquí y allá algunos alaridos pero, a pesar de las declamaciones pontificias, la Iglesia sigue siendo absolutamente clerical. Nuestras voces no tienen más efecto que el necesario testimonio. 

    Todo esto, ya conocido por los lectores del blog, viene a cuento porque alguien planteó una hipótesis -no sabemos con qué fundamento- que es disparatada. Afirma que el Papa Francisco designaría un obispo coadjutor para Roma. Es decir, nombraría un obispo coadjutor que lo ayudara en el gobierno no ya de la diócesis de Roma —para lo cual tiene al cardenal vicario y a un batallón de obispos auxiliares— sino de la Iglesia universal. Una picardía peronista más. Y algunos se atreven a poner nombre a ese coadjutor: Tucho Fernández. Es decir, Tucho sería vice-papa oficial, y papa de facto. ¡Es un disparate!, dije. Sí, un disparate un poco más grave que haber nombrado ese mismo personaje prefecto del dicasterio de Doctrina de la Fe.

    Se trata no más que de una hipótesis absurda pero que, paradójicamente, tiene cierta lógica dentro de los hechos que estamos viendo y de la mente del Papa Francisco. Su bronquitis se muestra más testaruda que lo acostumbrado y cuando desaparezca, si es que desaparece, vendrá otra enfermedad y otra, que finalmente lo llevará a la tumba. Bergoglio sabe, como saben quienes lo rodean, que su fin está cercano; sabe que está débil y cansado, y sabe que los buitres y los jotes ya están volando en círculos sobre Santa Marta porque huelen un cadáver. Sabe también que será en esas semanas o meses previos a su muerte cuando quienes se disputan su sucesión comenzarán a posicionarse y él, en su debilidad, no podrá hacer mucho por espantarlos. Y es por eso que en los últimos tiempos su círculo cercano se ha estrechado cada vez más y ahora sólo lo rodean jesuitas y argentinos, aquellos en los que cree que puede confiar.

    Acerquemos más la lupa. El cardenal Víctor Fernández fue bautizado en los inicios del pontificado como il coccolato, el mimado del pontífice, y cada vez está más mimoso. Bergoglio confía ciegamente en él y ese es el motivo que explica que haya cometido, y siga cometiendo, errores estratégicos tan groseros como la expulsión de Mons. Strickland de su diócesis y del cardenal Burke de su apartamento, y haya sumado la semana pasada la prohibición al obispo Strickland, por imperium pontificio, de celebrar misa en su antigua diócesis. Los progresistas están furiosos porque en poco tiempo han perdido varios casilleros merced a las torpezas del Tucho; los conservadores sonríen con placer, y no sería raro que pusieran en el camino del coccolato algunas cáscaras de banana más para que siga tropezando él, y con él el mismo Bergoglio. La avidez del poder y de notoriedad propia del necio es incalculable, y por eso mismo no sería extraño que fuera el cardenal Fernández quien susurrara la idea de un coadjutor a los debilitados oídos pontificios.

    Pero además de la probable mano de Tucho, están también los jesuitas. Nunca en la historia de la Iglesia un Papa tuvo un obispo coadjutor. Pero seamos sinceros: esta hipotética rareza sería del mismo calibre que la figura de “Papa emérito” que Benedicto XVI sacó de la galera. Desconozco las implicancias canónicas que tendría, y supongo que levantaría una gran polvareda, pero lo cierto es que detrás está un SJ: el cardenal Gianfranco Ghirlanda, canonista de cabecera del pontífice argentino y autor del armado jurídico de todas sus trapizondas. Ya dimos cuenta en este blog del proyecto que se estaría preparando para cambiar las reglas del cónclave —en el que intervendrían también laicos— y de las congregaciones generales previas, que estarían vetadas a los cardenales de más edad. 

    Insisto: se trata de una hipótesis. Por lo absurda que se muestra, estaría tentado a decir que no es más que una fantasía. El problema es que en los últimos años las fantasías más estrambóticas se han hecho realidad. 

jueves, 7 de diciembre de 2023

Apuntes sobre el Nacionalismo Católico argentino

 


Por Eutifrón


A propósito de una entrevista publicada recientemente en este blog sobre el nuevo presidente Javier Milei, se inició una numerosísima catarata de comentarios, derivando varios de ellos en una crítica al nacionalismo católico argentino. Estas observaciones de los comentaristas fueron en su mayoría muy atinadas y agudas, tanto que algunos lectores sugirieron un post al respecto. A fin de intentar seguir en la línea de esas observaciones, se proponen algunas otras que pueden ayudar a clarificar el panorama. Con todo, es importante aclarar que resulta muy difícil abarcar a todas las vertientes del nacionalismo católico argentino, pero las siguientes reflexiones pretenden ser descriptores generales del mismo. 

Los orígenes del nacionalismo católico argentino se remontan aproximadamente a cien años atrás. Surge como escuela historiográfica y especialmente como proyecto político en oposición al liberalismo y al socialismo. Sus influencias han sido muchas y variadas, entre ellas, la Acción Francesa, el fascismo italiano, la Comunión Tradicionalista, la falange española, el franquismo, la misma Doctrina Social de la Iglesia, etc. Así lo define uno de sus representantes, Alberto Ezcurra Medrano: “El nacionalismo es un movimiento esencialmente político. Su campo de batalla es la política y su fin la supresión del Estado liberal y la instauración del Estado nacionalista” (Catolicismo y Nacionalismo, Cruz y Fierro, Bs. As., 1991, 37-38).

Hasta acá no habría mayores dudas, el nacionalismo sería eso mismo que dice Ezcurra Medrano: un movimiento político. Sin embargo, el nacionalismo católico pretende ser mucho más que eso. Una prueba de ello son las dispares conceptualizaciones que se encuentran entre sus intelectuales, de los cuales se evitará dar nombres a fin de no herir susceptibilidades, pues algunos todavía viven. Aquí un par de esas definiciones: 1- El nacionalismo es una fase superior a la del patriotismo, 2- El nacionalismo es un patriotismo militante frente a un peligro de disolución, 3- El nacionalismo es la más alta expresión del amor a la Patria, 4- El nacionalismo es el deseo de que Argentina sea un solo coro que glorifique a Dios, 5- Si el amor a la patria es patriotismo, el amor a la nación es nacionalismo, 6- Nacionalismo católico es el anhelo de reconstruir la cristiandad en la nación que nos ha tocado habitar, 7- El patriotismo es una visión religiosa de la política y que cuando esa visión se hace sistema racional es propiamente lo que denominamos nacionalismo. 

Este haz de definiciones distan bastantes de aquella propuesta por Ezcurra Medrano. El nacionalismo de movimiento político ha mutado a otra cosa: fase superadora de la virtud del patriotismo, patriotismo militante, expresión más elevada de amor a la patria, visión religiosa de la política, deseo de reconstruir la cristiandad en suelo natal, etc. Estas definiciones agregan una tesitura particular, pues ahora el nacionalismo será una doctrina político-religiosa. Será política esa doctrina porque muchos de sus postulados pertenecen a ese orden, y religiosa porque varios de los mismos adquirirán carácter de sagrados y a la postre de cuasi artículos de fe. Veamos algunos casos. 

Como el nacionalismo católico dice tener sus bases en la misma doctrina católica, no es de extrañar que la idea de patria y de la virtud del patriotismo sean las que vertebren mucho de su discurso. Para los nacionalistas, el patriotismo supone el amor al suelo natal, a las costumbres autóctonas, a la historia y a sus próceres (excepto a los llamados liberales). La patria que los nacionalistas conciben es como una persona viviente, con su propio carácter y capaz de ser objeto de la virtud de la piedad. Incluso se habla de que la patria puede asumir todas las formas que puede tener el amor a una persona humana: el filial, el conyugal y el paternal. En eso consistiría la virtud del patriotismo. Si se sigue este argumento hasta sus últimas derivaciones, se concluye que las características de esta nación llamada Argentina serían designios de Dios, al igual que lo es nuestra existencia individual y personal aquí y ahora. Si acudimos a Santo Tomás (autor de cabecera de muchos nacionalistas) veremos en cambio que el único objeto de la patria son los hombres, y el objeto de la virtud de la piedad también son esos hombres en cuanto padres, pariente, vecinos y con-ciudadanos (concivium). Con ellos tenemos una deuda contraída que se debe saldar en cuanto, cada uno a su modo, son principio de generación en nosotros. Además, un dato importantísimo es que cuando el Aquinate habla de patria lo hace casi de modo exclusivo para evocar a la patria definitiva, el cielo. En suma, el concepto de patria de Santo Tomás y el de los nacionalista tienen serias diferencias.

Ya en el campo de la historia habrá ciertos sucesos y personajes que difícilmente puedan ser puestos en tela de juicio frente a un nacionalista. Pocos dudarán de que los hechos de Mayo de 1810 y la Independencia de 1816 fueron necesarios, legítimos y que no estuvieron influidos por ningún espíritu revolucionario, sino que, por el contrario, constituyeron un acto de fidelidad a la España católica. Tampoco se dudará de la catolicidad, hispanidad y de su lealtad a la madre Patria, por caso de un Belgrano, y qué decir de un San Martín, por solo nombrar a los próceres por antonomasia. Ellos estarían del lado de los buenos, pero del otro lado encontramos el panteón de los próceres masones y liberales, como un Alberdi, un Sarmiento o un Mitre.

Otro hito histórico es el de Malvinas. Sin dejar de resaltar que muchos de sus combatientes tuvieron fe y dieron la vida heroicamente, no se puede desconocer el denodado esfuerzo que ha hecho el nacionalismo por extremar el elemento religioso. Lo que se pretendió fue el ir dotando a Malvinas de un halo fundamentalmente místico o sagrado, de lucha por la preservación de la cristiandad, de rango de cruzada cristiana contra los herejes ingleses. Para el nacionalismo la resurrección de la cristiandad es por la cruz y por la espada, por la fe y por la milicia; entonces para que ello se cumpla la consigna será malvinizar. La épica salvífica de la patria solo se recuperará si efectivamente se malviniza. 

La figura del gaucho –y de todo su entorno bucólico– tomará particular importancia para el nacionalismo. De ser denigrado en los escritos de Sarmiento, pasó a ser el prototipo del argentino, encarnando la imagen de una tradición nacional. De construir esta imagen se encargaron varios escritores del siglo XX, y algunos de ellos llegaron a sostener que los gauchos pertenecían a una estirpe que iba de Homero y de Virgilio a Dante, y de Dante a José Hernández. Así el Martín Fierro procede de los caballeros medievales y de los conquistadores españoles que eran cristianos, y la raza argentina constituiría el resultado final de la civilización europea. Está claro el intento de esgrimir argumentos que abonen la existencia de esta raza argentina, que hacía las veces de soporte ontológico de la nación. De allí se entiende también que el folklore, con su música, vestimenta y costumbres criollas haya de ser lo que rescata y devela las auténticas raíces de la patria y los sentimiento más nobles y auténticos de sus habitantes.

De la mano de esta interpretación de los conceptos, de los hechos y de los protagonistas de la historia, viene la tesis de fondo de la innegable catolicidad de los orígenes de Argentina y de su destino de grandeza. Y, por supuesto, de su preexistencia a 1810 y 1816. Precisamente ésta es una de las tesis nacionalistas más llamativas: el origen de Argentina, dicen, data del siglo XVI y su fundación fue sagrada, ya que se remonta a la primera misa celebrada en el territorio en el año 1520, la cual haría las veces de bautismo de la nación. Cuando se suele impugnar el anacronismo que significaría el bautismo de algo que no existía ni en la imaginación, los nacionalistas argumentan que el territorio sí existía y que incluso por esos tiempos había un clérigo que había escrito un poema titulado Argentina.

Ahora bien, a esta altura es necesario ir sacando conclusiones. Al parecer será difícil ser un buen católico sin ser nacionalista, o en todo caso el no ser nacionalista le restaría bastante al ser católico. En otras palabras, no alcanza con adherir plenamente a la doctrina católica si se desconocen o no se comparten o simplemente no resultan relevantes las ideas y tesis nacionalistas, pues estas tesis hablan de una esencia espiritual y religiosa de la Argentina.

Las tesis nacionalistas antes consignadas –y otras tantas– designarían a la tradición argentina e hispano católica, es decir que quienes asientan a ellas estarían en sintonía con un pensamiento tradicional. Y, por el contrario, quienes no sostengan tales tesis o quienes las pongan en tela de juicio no serán tradicionales en sentido estricto, o no han entendido bien la tradición, o son católicos engañados por el liberalismo y, en definitiva, son funcionales a la revolución. 

Dicho en breve y para cerrar: la doctrina nacionalista sería la portadora de la clave hermenéutica de la auténtica tradición. Una tradición que coincide con el ser nacional argentino y que por tener como estandarte a la fe se identifica en último término con la religión. El mito de la nación católica es lo que se necesita y se quiere preservar de parte del nacionalismo. El problema es que para preservar ese mito ha sido menester construir y adherir dogmáticamente (so pena de ser calificado de cipayo, antipatria, liberal, tibio, etc.) a posturas que tienen un carácter sumamente cuestionable y que por ende están sujetas a revisión, discusión y eventual refutación. Si no, basta ver las tesis que se han enunciado arriba y corroborar si podrían tomarse como verdades incuestionables, no solo ejercitando la ciencia sino incluso ya desde el mismo sentido común. 

Así las cosas, la narrativa nacionalista termina constituyendo un sistema de ideas cerrado sobre sí mismo al que se le da valor de verdad absoluta, esto es, una ideología. Al decir de Alfredo Cruz Prados, conocido investigador y profesor de filosofía política e historia del pensamiento político, el nacionalismo es una ideología porque la realidad que presenta y que fundamenta su proyecto político “es en verdad un producto mental propio, una noción elaborada y construida por ese mismo pensamiento, para satisfacer necesidades internas de éste” (El nacionalismo. Una ideología, Tecnos, Madrid, 2005, 120).

lunes, 4 de diciembre de 2023

El cónclave a la vista y un beso envenenado de Tucho

 

El cónclave, a medida que pasan los días, se acerca. El pontífice felizmente reinante está cada vez más viejo y las enfermedades invernales, junto con las ya acumuladas, en cualquier momento darán cuenta de él como de cualquier otro hijo de Eva. Y en Roma y en el mundo todos saben que ese momento está ad portas. Por eso mismo, como en un juego de estrategias, comienzan a aparecer ya a la luz del día los movimientos para posicionar al sucesor de Francisco. La semana pasada fuimos testigos de uno de ellos: comenzaron a mover sus piezas los institucionalistas.

    Habíamos dicho en este blog hace algunas semanas que uno de los candidatos más firmes al pontificado es el cardenal Mateo Zuppi, arzobispo de Bolonia y presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Y podíamos suponer que es el delfín del mismo Bergoglio, aunque el pontífice tenga nadando en los estanques vaticanos otros delfines de repuesto por lo que pueda ocurrir. Decíamos que Zuppi implicaría una civilizada del bergoglianismo, con “una iglesia en la que haya lugar para todos, todos, todos” pero en serio, pues habría lugar también para los tradicionalistas, y no solamente para los adúlteros o los convivientes con personas del mismo sexo, por ejemplo. Sin embargo, el sector más institucional del Sacro Colegio, integrado fundamentalmente por los cardenales de curia como Pietro Parolin, Marc Ouellet, Claudio Gugerotti, Arthur Roche o Kevin Farrell, no ven con buenos ojos a un outsider como el egidiano Zuppi, que vende papeles falsificados. Hay mucha bronca en la Secretaría de Estado por el penoso papel que le hizo jugar a la Iglesia con sus vanos intentos de mediar en el conflicto en Rusia y Ucrania. No fue capaz ni siquiera de devolver a a sus padres a uno solo de los miles de niños secuestrados por Rusia. Como bien dice la profesora Lucetta Scaraffia: “Puede que Zuppi haya hecho la paz en Mozambique, aunque muchos lo dudan, pero una paz en África, en un conflicto interno, es completamente diferente de una paz entre dos países europeos de ese nivel”. Es decir, Zuppi ha fatto una bruta figura, y ahora que tropezó, creen los institucionalistas, es la oportunidad de molerlo a golpes a fin de que llegue inutilizado al cónclave. Y es así que el último viernes Infovaticana nos informaba que dos importantísimos medios periodísticos italianos acusaron en un prolijo informe al cardenal Zuppi de financiar, a través de la Conferencia Episcopal Italiana, con dos millones de euros a una ONG que se dedica a la inmigración ilegal (¿tráfico de inmigrantes?). Se trata, curiosamente, de la organización que es presidida por Luca Casarini, el militante de izquierda —una especie de Juan Grabois italiano— invitado por el Papa Francisco a participar con voz y voto en el sínodo de la sinodalidad. El hondazo le pega de lleno al cardenal Zuppi y  al mismo Bergoglio, pues el cardenal jamás habría tomado una medida de ese tipo sin la anuencia del pontífice. Una completo detalle de lo ocurrido puede leerse en la Specola de ayer.

    No es casual por cierto que esta noticia se haya destapado en la misma semana en la que comenzó a ascender apresuradamente la estrella del primer contrincante que le disputa la tiara a Zuppi: el cardenal Pietro Parolin. En muy pocos días, el Secretario de Estado envió una durísima carta a los obispos alemanes en la que destaca los temas absolutamente innegociables para la Iglesia: las ordenaciones sacerdotales de mujeres y la legalización de la homosexualidad. Se trató de una actitud inusual, pues ese tipo de directivas poco y nada tienen que ver con su rol y, en realidad, son competencia estricta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, donde habita el cardenal Tucho Fernández.

    En la misma semana se supo también que sería el cardenal Parolin quien reemplazaría al Papa Francisco en la Cumbre de Dubai sobre el cambio climático, que será una vidriera internacional en la que mostrarse como papabile ante propios y extraños. 

    Verdad es que, en principio, Parolin no tendría demasiadas chances. Sin embargo,  juega con al menos cuatro puntos de ventaja. En primer lugar, luego de diez años del agotador pontificado de Bergoglio que no deja de zarandear a la Iglesia según sus caprichos en todos los ámbitos —desde el doctrinal al disciplinar—, todo el mundo, aún los progresistas, son conscientes de la necesidad de un retorno de la institucionalidad. La Iglesia no puede soportar mucho tiempo más los desvaríos de un tirano perturbado como el papa argentino. En segundo lugar, con la inesperada carta enviada al episcopado alemán, Parolin ha dado muestras de ortodoxia, lo cual le granjea las simpatías de los grupos conservadores alarmados por la deriva doctrinal en la que se mueve la Iglesia. Y por eso mismo, y en tercer lugar, Parolin, sin ser un conservador, podría ser un candidato de compromiso al que este grupo votaría en caso de no tener el número suficiente para imponerse y a los fines de que no ganara un bergogliano. Finalmente, es italiano, y eso siempre suma, y mucho más luego de la experiencia sudamericana, entre los cardenales electores. 

    La elección del cardenal Pietro Parolin no sería una buena noticia. Como dije en su momento, los que creemos que sin restauración de la liturgia nunca podrá existir la restauración de la fe, tendremos en él a un enemigo más letal que el mismo Bergoglio. No olvidemos que fueron Parolin y Ouellet los cardenales de la Curia que más esfuerzo hicieron para la promulgación de Traditiones custodes

    Veremos quién mueve ahora el tablero, si los conservadores o los progresistas. Y veremos si el Papa Francisco si dirige a los estanques pontificios a pescar un nuevo delfín. 

   Pasemos ahora al beso de Tucho. Causó asombro y hasta estupor en los corredores del Palacio Apostólico las dos últimas medidas draconianas del Papa Francisco: la destitución de Mons. Strickland y el desalojo del cardenal Burke, su "enemigo personal". Se trata de dos errores monumentales e incompresibles en un político astuto como ha demostrado ser Bergoglio. Strickland está ahora más activo que nunca y puede actuar con la libertad que antes no tenía, y Burke ya ha sido elevado a la categoría de mártir y confesor de la fe y fortalecido en un liderazgo del que antes carecía. ¿Qué pasó con el Papa? ¿Es que ya está con sus facultades mentales disminuidas? La certeza, y la alarma, que hay en el Vaticano, y no precisamente entre los conservadores, es que al natural debilitamiento del juicio que trae la edad se ha sumado la cercanía cotidiana del cardenal Víctor Fernández (a él, entre otros, se refirió Mons. Strickland cuando habló de las "fuerzas" que rodean al Papa), quien le estaría llenando la cabeza al pontífice y empujándolo a cometer errores garrafales. Se trataría de un beso envenenado. 

   Es sabido por todos que Tucho no es precisamente una luz; es más bien todo lo contrario aunque él se autopercibe como genio. A tal punto son virulentos los rumores y lo que podría ocasionar la dañina influencia de Fernández para la estrategia del bergoglianismo, que fue advertido por el mismísimo The New York Time en un artículo del viernes pasado (reproducido el sábado por La Nación). La situación alarmó al cardenal prefecto quien inmediatamente recurrió a su amiga Elizabetta Piqué para tratar de contrarrestar la situación, y así, la inefable periodista, publicó también en La Nación un artículo lamentable en el que busca limpiar la figura de Tucho. Como diría el gobernador de Buenos Aires, "se nota mucho" que el escrito no es más que una operación: el "alto prelado" al que hace referencia la nota para denigrar al cardenal Burke no es otro que Tucho, quien utiliza allí el mismo discurso pobre y los mismos ejemplos insustanciales de siempre. Es cuestión de hacer una rápida búsqueda en internet para advertirlo. Y, añadiendo torpeza a la torpeza, Piqué dedica algunos párrafos a decir que el cardenal Fernández no tiene nada que ver con el asunto (excusatio non petita, accusatio manifesta).  

   En fin, que el Papa Francisco viene de cometer dos errores graves que favorecerán indudablemente al sector más conservador en el próximo cónclave. Los curiales, por su parte, están preparando cuchillo y tenedor para dar cuenta de Tucho cuando llegue la hora de la cena. Están listos para cobrarse en el bufón de la corte lo que la tiranía del soberano les hizo sufrir durante años.  




sábado, 2 de diciembre de 2023

Confirmado: el Papa Francisco desalojó al cardenal Burke y le quitó su sueldo

 


No fue sólo un arrebato del Papa Francisco contra el cardenal conservador Raymond Leo Burke: en el plazo de una semana, según Open, llegaron dos cartas certificadas a la residencia romana de Su Eminencia. Una con un decreto papal informándole de la revocación de su salario cardenalicio. Otra de Apsa, la empresa vaticana que también administra el antiguo patrimonio de Propaganda Fide, informándole del fin del préstamo gratuito del piso que ahora utiliza. Para ambas medidas, la fecha efectiva es el 1 de diciembre de 2023.


La bronca a los jefes de la Curia

Fue justo el 20 de noviembre el día en que el Papa había dado —según rumores autorizados— la orden de desalojo al cardenal durante una reunión con los jefes de los dicasterios de la Curia romana: “El cardenal Burke”, había dicho el pontífice, “es mi enemigo; por tanto, le quito su piso y su sueldo”. La frase dio rápidamente la vuelta al mundo, causando revuelo y polémica sobre todo en EE.UU., donde el componente conservador de la Iglesia católica es muy fuerte e influyente.


El dilema del óbolo de San Pedro

Unos días después, sin embargo, no hubo noticias de actos concretos, y lo del Papa pareció más bien un exabrupto que sin duda señalaba las difíciles relaciones con ese cardenal. Círculos de la Secretaría de Estado habían aconsejado al Papa cierta prudencia, señalando cómo esa parte de la Iglesia estadounidense que sin duda apoya a Burke no sólo era influyente, sino también muy rica y figuraba entre los principales donantes del Óbolo de San Pedro.


Cardenal, pague 10.000 euros al mes y podrá quedarse aquí

Sin embargo, cuando el papa Francisco se propone algo, no hay realpolitik que pueda frenarle. Tanto es así que las medidas ya se habían puesto en marcha y el cardenal destinatario de las mismas —al encontrarse en estos momentos en Estados Unidos— sólo tuvo conocimiento de ellas en las últimas horas, pidiendo a sus colaboradores romanos que abrieran la correspondencia y le comunicaran su contenido. En el decreto curial, la revocación del sueldo está motivada por la actividad de “desunión” en la Iglesia que habría caracterizado durante mucho tiempo los actos, cartas y discursos del cardenal. La carta de la Apsa comunicaba que el préstamo gratuito del piso de 400 metros cuadrados terminaría el 30 de noviembre, y añadía que si el cardenal deseaba seguir siendo inquilino, tendría que pagar de su bolsillo una cantidad por metro cuadrado que habría supuesto un alquiler de más de 10.000 euros al mes.


La aclaración del Papa a su biógrafo

Más allá de los actos formales, el Papa Francisco también quiso explicar su decisión a un amigo periodista con el que se reunió en el Vaticano la tarde del 27 de noviembre. Se trata de su biógrafo británico Austen Ivereigh, que relató el contenido de ese encuentro en Wherepeteris.com tras haber sido autorizado a hacerlo por el propio Papa. En la reconstrucción, Francisco niega haber pronunciado la frase que se le atribuye el 20 de noviembre: “Nunca utilicé la palabra 'enemigo' ni el pronombre 'mi'. Simplemente anuncié el hecho en la reunión de los jefes de dicasterio, sin dar explicaciones específicas”, escribió a Ivereigh.


Francisco no quería un anuncio público

El periodista británico explica que el 27 de noviembre “en el curso de nuestra conversación, Francisco me dijo que había decidido despojar al cardenal Burke de sus privilegios cardenalicios —su piso y su salario— porque los había utilizado contra la Iglesia. Me dijo que, aunque la decisión no era secreta, no tenía intención de hacer un anuncio público, pero que la noticia se había filtrado ese mismo día (lunes)”. Ivereigh comenta en el artículo: “Un cardenal, en su juramento, promete obediencia ‘al bienaventurado Pedro en la persona del Sumo Pontífice’. La redacción no es casual. Quien sea Papa tiene el carisma de autoridad que Jesús confió al apóstol Pedro. No es una cuestión de preferencia personal por tal o cual Papa. Socavar, cuestionar y poner en duda la legitimidad de la autoridad del oficio de Pedro afirmando que a su ocupante no se le puede confiar ese oficio va directamente en contra del juramento que prestan los cardenales. Si un cardenal llega a esta convicción en conciencia, la integridad exige que renuncie a su cargo”.


Qué hará hoy el cardenal Burke

El desalojado cardenal Burke seguirá en Estados Unidos durante dos o tres semanas. Antes de finales de diciembre regresará seguramente a Roma, pero aún no ha decidido si celebrará la Navidad con sus fieles de Wisconsin en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe que él fundó o si lo hará en el Vaticano con todos los demás cardenales y el Papa. En cualquier caso, ha pedido a sus colaboradores que busquen entre las agencias inmobiliarias otro piso de alquiler no lejos del Vaticano pero a precios más asequibles. Por tanto, permanecerá en Roma apoyado también económicamente por los numerosos fieles estadounidenses que le siguen desde hace años.


Fuente: Missa in Latino, de Open.


ACTUALIZACIÓN 22.08 de 2-12-23: Dada la gravedad de la noticia, la redacción de Missa in Latino buscó confirmación en círculos bien informados sobre este increíble asunto. 

Por lo que hemos podido saber, hasta la fecha el Card. Burke --que se encuentra actualmente en Estados Unidos-- aún no ha recibido ninguna comunicación oficial sobre la revocación del emolumento cardenalicio. Además, el rumor de que se le exigiría el pago de un alquiler de 10.000 euros al mes para permanecer en su residencia actual carece de fundamento. Tampoco tendría fundamento la circunstancia de que los colaboradores del cardenal estén buscando un nuevo alojamiento.

Por otra parte, es bien sabido que los pisos de los cardenales no se conceden gratuitamente, sino contra el pago de un alquiler regular.

Hemos intentado saber más poniéndonos en contacto directamente con Su Eminencia, pero sólo hemos podido saber que no se espera que haga declaraciones al respecto, ni que conceda entrevistas sobre el tema.