lunes, 15 de julio de 2024

La poliédrica realidad del novus ordo missae

 



Hace algunos días, Rorate Coeli publicó un artículo firmado por James Baresel, titulado “¿Aceptar o rechazar la nueva misa?”. Allí sostiene lo siguiente: “Para las mentes basadas en la teología clásica, ‘aceptar el Novus Ordo Missae’ es un asunto bastante modesto: el mero reconocimiento de que ha sido promulgado adecuadamente para su uso en la Iglesia por una autoridad competente, contiene todo lo necesario para la validez (materia y forma) y la integridad (ofertorio, anáfora y comunión del sacerdote) del sacrificio de la Misa y no contiene nada que esté en estricta contradicción técnica con la doctrina católica”. Creo que la mayoría de los lectores de este blog estarán de acuerdo con la afirmación. En mi opinión, creo que el Novus Ordo es una versión sumamente empobrecida de la misa romana tradicional, en la que los elementos centrales y milenarios fueron desleídos por diferentes motivos, pero que eso no implica que haya perdido su validez o sea algo malo que debe necesariamente ser evitado.

Pero la cuestión que plantea Baresel, en el fondo, es una cuestión meramente teórica, y deberíamos comenzar la discusión estableciendo un acuerdo básico: ¿qué es la misa novus ordo? Y la respuesta rápida y católica sería: “Es aquella que se celebra siguiendo el texto y las rúbricas del misal publicado por el Papa Pablo VI”. Y la respuesta laica sería: “Es el despliegue escénico que se realiza siguiendo el libreto establecido por el Papa Pablo VI”. Es sobre este supuesto que escribe Baresel; sin embargo, es irreal, pues todos los que hemos ido, u ocasionalmente vamos, a misas celebradas según el novus ordo, sabemos que son muy escasos los sacerdotes que se ajustan al libreto. Más aún, en la enorme mayoría de los casos, cada sacerdote tiene un libreto propio, generalmente variable que, aunque referenciado en el promulgado por el papa Montini, deja importantes espacios para la improvisación. Por eso mismo, no es exagerado decir que hay tantas misas novus ordo cuantos sacerdotes la celebran. Y por eso mismo ocurre con mucha frecuencia que a los fieles les gusta más la misa del padre X que la misa del padre Z, algo que no debería ocurrir y que ciertamente no ocurre en el caso de la misa tradicional. En todo caso, podrán gustar más los sermones del padre X que los del padre Z, pero no la misa, porque todas son exactamente iguales. 

Por supuesto que esta situación, que yo planteo aquí como un problema, y un problema serio, no lo es para los liturgistas del novus ordo missae. Ellos responderían enseguida y sin dudarlo que en el “espíritu” de la reforma litúrgica y del nuevo misal está no sólo la posibilidad sino incluso la conveniencia de agregar o quitar elementos del rito; dicho de otro modo, está prevista la creatividad del celebrante a la hora de oficiar la santa misa. Este principio es ni más ni menos que un factor indiscutible de destrucción de cualquier rito; lo sabe hasta Wikipedia que lo define como: “un acto religioso o ceremonial, repetido invariablemente en cada una de las comunidades culturales”. Si a ese acto religioso o ceremonial, que es el género de la definición, se lo priva de su especie que es la invariabilidad, entonces ese acto dejó de ser un rito. Podrá ser otro tipo de escenificación u otro tipo de ceremonia, pero ya no es un rito. Y aquí podríamos avanzar en una cuestión más teórica acerca de qué ocurre con las comunidades culturales a las cuales se las priva de ritos. O bien, acerca de la necesidad intrínseca que no sólo los humanos sino hasta los animales superiores tienen de ritos, si tomamos el concepto en sentido lato. Pero eso es tema de otro artículo.

Por supuesto que los progresistas no tendrán ningún problema si se les hacer ver que la misa que celebran o a la que asisten dejó de ser un rito. Ellos buscan deliberadamente que sea un “encuentro fraternal”; el rito petrifica la espontaneidad e impide las “sorpresas del espíritu”… Pero, ¿qué dirán los conservadores? Un grupo de ellos dirá con razón que ellos celebran un rito porque siguen puntillosamente el misal de Pablo VI. Pero creo yo que ese grupo es sumamente minoritario porque, una vez más, hay varios “modos conservadores” de celebrar la misa novus ordo. Y pongo un ejemplo: quien haya asistido a la misa dominical del Oratorio de Londres o el de Oxford, o incluso de la iglesia de Maiden Lane en Covent Garden, verá que allí se celebra un rito muy similar al de la misa tradicional, aunque los sacerdotes sigan escrupulosamente el misal reformado. Si camina unas cuadras y asiste a un misa en Grandpont House, la residencia del Opus Dei en Oxford, asistirá a una misa “conservadora”, pero muy distinta a la del Oratorio, y lo mismo ocurrirá si se acerca a los Blackfriars. Y todos ellos —oratorianos, opusdeístas y dominicos— afirmarían con total sinceridad que ellos siguen el misal del Pablo VI. Conclusión: aún el mejor de los casos —he puesto ejemplos de lo que ocurre en Inglaterra que es probablemente el lugar donde más se cuida la liturgia—, el nuevo misal no es un “libreto” al que hay que seguir puntualmente, como ocurría en el caso del misal tridentino, sino simplemente una “fuente de inspiración” para las celebraciones litúrgicas.

Podrán cuestionar algunos la recurrencia a ejemplos de lo que sucede en la pérfida Albión…, pero la cuestión es que lo que sucede en el mundo conservador latino e hispánico es peor. No voy a hacer referencia al mismo recurso fácil de comparar las misas celebradas por diferentes sacerdotes conservadores. Vayamos a una cuestión aún más profunda y que tiene que ver con la formación litúrgica de los sacerdotes conservadores. Y pongo un caso que conozco bien: en el seminario argentino que fue emblema de la formación conservadora, que se ufanaba de ser extremadamente respetuoso de la liturgia y que insistía hasta el cansancio en que “el sacerdote es para la misa”, la formación litúrgica era inexistente, al menos en las primeras décadas de su existencia. En el plan de estudios, existía una materia que se llamaba “Liturgia” y que se dictaba sólo en primer año, y cuyo profesor hacía lo que podía repitiendo lo escrito dom Cipriano Vagaggini en El sentido teológico de la liturgia. Sí, repitiendo a Vagaggini, el que junto con Bugnini hizo la reforma litúrgica y dio rienda suelta a su creatividad literaria al redactar la plegaria eucarística IV. Y luego, unos pocos días antes de la ordenación sacerdotal, alguno de los sacerdotes formadores —cualquier que estuviera con tiempo— les enseñaba a los diáconos los rudimentos de la celebración de la misa según su buen saber y entender, y los candidatos celebraban una “misa seca”, a modo de ensayo, supervisados por este instructor improvisado.  Nunca se les exigía, o se les pedía o siquiera se les sugería que leyeran las rúbricas del misal romano de Pablo VI. Más aún, quien se entretenía en esas lecturas no era bien visto: era sospechoso de fariseísmo, sólo interesado en las formas exteriores y no en la verdadera piedad litúrgica; en pocas palabras, era un “rígido”. Y esto que afirmo de los seminarios de San Rafael y de Paraná (aclaro que la situación cambió para bien, y mucho, en los últimos años del seminario mendocino), ocurre también en los seminarios conservadores de España, aún en el de Toledo, el decano de todos ellos, según me han relatado quienes los transitaron, y no me sorprendería que lo mismo ocurriera en seminarios conservadores de Hispanoamérica, si es que existe alguno. Y, por supuesto, es ocioso preguntarnos lo que ocurre en el resto de los seminarios —la gran mayoría—, que son más bien progres.

En conclusión, si volvemos a la afirmación de James Baresel, yo acordaría con él siempre y cuando me diga antes, qué es, en la realidad cotidiana de las parroquias católicas del mundo entero, el novus ordo missae.


Objeción: "Wanderer, pareciera que en la crítica que hace a la formación litúrgica en los seminarios conservadores, usted da por supuesto que antes de la reforma de Pablo VI las cosas eran distintas, lo cual no es cierto. Con lo cual, debe admitir que los seminarios conservadores no hacen más que conservar lo que se hacía en la Iglesia desde hace varios siglos".

    La objeción que me hace mi objetor imaginario es muy buena. Y tiene toda la razón hasta cierto punto. Es verdad que en los seminarios católicos no había formación litúrgica. Esa es una de las quejas más fuertes que formula Louis Bouyer. Por otro lado, el Movimiento Litúrgico surge a fines del siglo XIX justamente a fin de revertir la situación: que los sacerdotes, desde su etapa de formación hasta su ministerio pastoral, le dieran importancia a la liturgia, que era no más que un accesorio en la formación y en la espiritualidad.

    No pareciera que existiera tampoco un entrenamiento litúrgico a fin de aprender a celebrar la misa muy distinto al que describí más arriba. Justamente ese es el motivo por el que el sacerdote, cuando celebraba su primera misa, lo hacía acompañado de un "presbítero asistente" que, en el rito, cumplía las funciones de instructor. Y esto ocurre también en los ritos orientales. Es decir, a celebrar la misa el sacerdote aprendía mirando como se celebraba durante todos sus años de seminario, y celebrándola con la ayuda ceremonial de un sacerdote experimentado. 

    Hasta aquí mi objetor tiene razón. Pero hay un detalle fundamental: hasta la reforma de Pablo VI todas las misas eran iguales; el seminarista, desde que había sido monaguillo en la parroquia de su barrio, había visto celebrar la misa de la misma manera: a su párroco, al vicario, al rector del seminario, al misionero pasionista y al arcipreste. La misa era siempre exactamente la misma, porque se respetaba escrupulosamente el rito. 

    El seminarista actual, en cambio, ha visto celebrar tantas misas cuantos sacerdotes han pasado por su vida, porque cada uno aporta su cuota de creatividad: un silencio aquí; una pausa allá; los brazos levantados como si lo estuvieran asaltando o extendidos en cruz como su fuera un cartujo; una reverencia al pronunciar alguna palabra que le parece importante; un santo al que tiene devoción que añade en la anáfora; etc. El seminarista, entonces, lógicamente tomará aquellos gestos y palabras que más le gusten y de esa manera "construirá" su propia misa. Y estará de lo más feliz y de lo más tranquilo en conciencia. Y también lo estarán sus superiores. 

    Es justamente por este motivo que, a diferencia de lo que ocurría anteriormente, hoy resulta necesario que los seminaristas aprendan a celebrar la misa no tanto mirando cómo celebran otros, sino leyendo las rúbricas del misal. 


jueves, 11 de julio de 2024

El cardenal Pietro Parolin y el programa del futuro Juan XXIV

 


La Iglesia de hoy, al igual que las sociedades liberales que la han llevado a su paso, se encuentra en un gran vacío, al haber borrado el rigor de su dogma y de su moral. Pero parece que no hay vuelta atrás. Los sucesores de Francisco sólo podrán ser guardianes de su legado, a saber, el Concilio “completado” con Amoris leatitia y Traditionis custodes. Salvo un replanteamiento radical, que sin duda se producirá tarde o temprano, el sucesor de Francisco será necesariamente un bergogliano. Pero puede ser un bergogliano liberal, como el cardenal Aveline, arzobispo de Marsella, o un bergogliano riguroso. Este debería ser el caso del hombre al que ya se está apodando... Juan XXIV.


Un infiltrado progresista

Bergoglianamente riguroso es el adjetivo que podría aplicarse al cardenal Pietro Parolin, 69 años, Secretario de Estado hoy, mañana... Porque todo el mundo en Roma sabe que la segunda figura más importante de la Iglesia está en campaña. Todo el mundo, incluido el Papa, que no duda en burlarse de él un tanto molesto.

Para que nadie ignorara cómo veía el futuro, hace tres meses, el 24 de abril, el Secretario de Estado pronunció una conferencia en el antiguo Colegio Romano, hoy Ministerio de Cultura de Italia, con motivo de la presentación de un libro de un experto vaticanista de la televisión italiana, Ignazio Ingrao, Cinque domande che agitano la Chiesa, “Cinco preguntas que agitan a la Iglesia”. La sala estaba abarrotada, con la presencia de numerosos prelados de alto nivel, entre ellos el anciano cardenal Re, cardenal decano, que fue uno de los grandes electores de Francisco, pero que desde entonces se ha sentido más que decepcionado por su estilo de gobierno; el ministro de Cultura, por supuesto; prefectos de dicasterios; embajadores ante la Santa Sede; y periodistas atentos a las reacciones de los ilustres oyentes tanto como a las palabras del orador.

Fue a la quinta pregunta del libro, “¿Qué será de las reformas emprendidas por el Papa Francisco?”, a la que el cardenal había elegido, como por casualidad, dar su respuesta. Aunque le cuesta desprenderse de su lenguaje eclesiástico más bien pesado, sus palabras, que incluían las palabras “discernimiento”, “paciencia” y “el largo recorrido” que se bebió el cardenal-decano, lanzaron un mensaje muy claro: “No habrá marcha atrás”. Porque cuando el progreso es deseado por el Papa, guiado por el Espíritu Santo, se produce un efecto trinquete.

Esta es la piedra angular del proyecto del hombre que muchos ya ven como el Papa Parolin: la garantía de que no habrá vuelta, ni siquiera en los márgenes, al estado postconciliar de Benedicto XVI. A fortiori a un estado ante-conciliar. Esto es tanto más seguro cuanto que el estilo de gobierno del hombre que se ve a sí mismo como califa en lugar del actual califa, mucho más tranquilo que el del Papa Bergoglio, evitará el riesgo de crisis.

Natural del Véneto, Parolin entró en la diplomacia vaticana cuando el cardenal Casaroli, el hombre de la Ostpolitik, era Secretario de Estado y Achille Silvestrini, durante décadas el líder de la Roma liberal, era Secretario para las Relaciones con los Estados (Ministro de Asuntos Exteriores). Bajo la dirección de Silvestrini, que se convirtió en su mentor, Parolin adquirió rápidamente un gran conocimiento de las altas esferas de la Curia, así como de las cancillerías de todo el mundo.

Después de varias nunciaturas, regresó a Roma en 1992, cuando el cardenal Sodano era Secretario de Estado, como Subsecretario para las Relaciones con los Estados bajo Jean-Louis Tauran, que había sucedido a Silvestrini como Secretario para las Relaciones con los Estados. Pero cuando el cardenal Bertone sustituyó al cardenal Sodano como Secretario de Estado de Benedicto XVI en 2009, envió a Parolin a la más difícil de todas las nunciaturas, la de la Venezuela de Chávez.

Un exilio que no se prolongó. En agosto de 2013, Jorge Bergoglio, ahora Papa, fue convencido por los cardenales Silvestrini y Tauran para que llamara de nuevo a Roma a este experimentado diplomático de tendencia liberal... para sustituir al cardenal Bertone.


Un hombre abierto

No hay que olvidar nunca que el Vaticano está en Italia. Aunque la diplomacia papal cultiva tradicionalmente una “neutralidad”, es decir, un cierto repliegue sobre el atlantismo italiano, este último ha sido sin embargo ampliamente compartido por la Santa Sede desde Pío XII y aún más desde Juan Pablo II. En este sentido, el antiamericanismo del papa Francisco restablece un equilibrio más tradicional, como hemos visto, por ejemplo, en las exploraciones diplomáticas por la paz en Ucrania, para las que encargó al cardenal Matteo Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana.

Parolin parece en general —excepto por su política hacia China— más pro-estadounidense. Pero desde luego no trumpiano. Mucho se ha hablado de su presencia en la conferencia de 2018 del Grupo Bilderberg, que se celebró en Turín. Este grupo está formado por un centenar de personas cooptadas entre personalidades influyentes de la diplomacia, los negocios, la política y los medios de comunicación, y hoy se ve a sí mismo como un eficaz relevo de las ideologías globalistas. En la reunión, a la que asistió la Secretaria de Estado, se analizó el “preocupante” auge del populismo.

Del mismo modo, el 5 de abril de 2019, Pietro Parolin mantuvo una larga reunión con medio centenar de abogados, jueces y políticos, que representaban a la flor y nata de los activistas LGTB y pedían la despenalización de la homosexualidad. Fue una recepción de gran poder simbólico, durante la cual el Secretario de Estado les dijo que la Iglesia condena “toda violencia contra las personas”.

Pero además está el asunto del pacto con China, perseguidor del catolicismo y enemigo mayor de Estados Unidos. El acuerdo, cuyo contenido no se ha hecho público, se firmó en 2018 por dos años, se prorrogó dos veces en 2020 y 2022, y pronto volverá a prorrogarse tras un coloquio organizado el pasado mayo en Roma sobre las relaciones de Roma con China con monseñor Joseph Shen Bin, obispo “patriótico” de Shanghái, y Zheng Xiaojun, presidente de la Sociedad Religiosa China, organismo encargado de vigilar de cerca las actividades de las religiones para que no se aparten de las leyes del país.

El acuerdo Parolin permite a las autoridades chinas nombrar a los obispos que serán investidos por Roma. Dicho claramente, el pacto en cuestión concede a los comunistas, que siguen persiguiendo a la Iglesia, el derecho a nombrar obispos. Algunos, como el obispo Joseph Shen Bin, fueron nombrados unilateralmente por Pekín y confirmados por Roma a toda prisa. En virtud de este acuerdo, los siete obispos “ oficiales” nombrados se reintegraron a la comunión romana, dos de los cuales casualmente estaban casados. Además, los obispos clandestinos, que no habían sido aprobados por las autoridades comunistas, fueron excluidos del gobierno de las diócesis. Esto provocó críticas indignadas, especialmente del cardenal Zen, que acusó a Pietro Parolin, de ser “hombre de poca fe”, de “vender la Iglesia católica al gobierno comunista” y pidió la dimisión del responsable de esta “increíble traición”. Pero también el cardenal Müller, en su libro En buena fe. El catolicismo y su futuro, dijo: “No se puede pactar con el diablo”.

Pero, ¿es realmente cierto que este acuerdo con China es un gran hándicap que impide a Parolin aparecer con sotana blanca en el balcón de San Pedro? ¿O, por el contrario, puede explicarse al Sacro Colegio como una ventaja para la Santa Sede en la remodelación de los equilibrios mundiales?


Las otras cartas de un programa de reorientación

Otra paradoja: el hecho de que se haya vuelto menos cercano al Papa podría convertirse en una ventaja para Pietro Parolin cuando haya que cubrir la sucesión de Francisco, y seguramente habrá una reacción contra el despotismo bajo el que gimen la Curia y los cardenales. El cardenal Parolin se encontró directamente afectado por la revelación, en 2019, de una operación sospechosa realizada por la Secretaría de Estado en 2012: la inversión de casi 200 millones de euros en un lujoso edificio londinense sujeto a hipoteca. El inmueble había sido adquirido a un precio muy sobrevalorado con fondos captados por el Óbolo de San Pedro, y luego vendido con fuertes pérdidas. Se trataba de una situación relativamente clásica, en la que clérigos que se creían expertos financieros resultaron ser extremadamente ingenuos. La principal responsabilidad recayó en el primer colaborador de Pietro Parolin, Angelo Becciu, por ese entonces Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, que tuvo que dimitir de su cargo, perdió todos los derechos asociados al cardenalato y fue llevado ante los tribunales vaticanos junto con otros altos funcionarios romanos. Estas acusaciones de malversación de fondos o de imprudencia temeraria hicieron que, a finales de 2020, la Secretaría de Estado fuera despojada de sus activos y de su enorme cartera de inversiones por el Papa. Hasta tal punto que la Secretaría de Estado, para pagar a su personal diplomático, tuvo que desprenderse de algunas de sus joyas familiares: las nunciaturas de París y Viena, para empezar, debían ser vendidas (Filippo di Giacomo, “La diplomazia vaticana deve fare cassa”, La Repubblica, 28 de junio de 2024).

Incluso su incierto estado de salud —Parolin ha sido tratado de un cáncer— le honra: compensaría su corta edad (69 años) a los cardenales electores que quieren limitar los riesgos de sus elecciones buscando papas para reinados cortos. La edad del cardenal Bergoglio fue uno de los argumentos esgrimidos por sus partidarios durante el cónclave de 2013....

A Pietro Parolin le gusta darse aires de moderación. Mientras que acogió de buena gana “apertura” moral del pontificado Bergogliano haciendo que el elogio del Papa a los obispos argentinos por su interpretación ultraliberal de Amoris leatitia se incluyera en el Acta Apostolicae Sedis como “auténtico magisterio” el 7 de junio de 2017 (para decirlo claramente: la interpretación más liberal de AL es oficialmente la correcta), fue, por el contrario, extremadamente cauto al dar su aprobación sólo a regañadientes a Fiducia supplicans, un documento altamente divisivo que permite la bendición de parejas homosexuales. El 12 de enero de 2024, en la ocasión extrañamente elegida de una conferencia celebrada ante científicos en la Accademia dei Lincei de Roma, incluso dio un paso atrás con respecto al documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe: “Este documento ha provocado reacciones muy fuertes; esto significa que se ha tocado un punto muy delicado y sensible; será necesaria una investigación más profunda”.

Comparado con los cardenales más progresistas, Tagle, antiguo arzobispo de Manila y Prefecto del Dicasterio para la Evangelización, y el jesuita Hollerich, arzobispo de Luxemburgo, Parolin representa un cierto retorno al centro. Se ha dicho que, en el Sínodo sobre la Sinodalidad del pasado mes de octubre, intervino para “defender la doctrina”, aunque no se reveló el contenido preciso de su intervención, pero el tema era que la doctrina debe situarse en el centro de la sinodalidad, es decir, que la sinodalidad no debe hacer estallar la institución. También sabemos que, sin cerrarse ninguna puerta, quiere distanciarse del sinsentido de la vía sinodal alemana. Porque este “realista· sabe que la transacción entre progreso y conservación es el gran medio por el que la Iglesia postconciliar ha durado y puede seguir durando.


El escollo de la misa tradicional

Pero hay un punto en el que Parolin no quiere transigir, y es el de la liturgia tradicional, a diferencia de los liberales bergoglianos que mencionábamos al principio, que piensan que se le puede dar cierta libertad para controlarla mejor.

Como Secretario de Estado, el cardenal Parolin desempeñó un papel clave en la redacción de la carta apostólica Traditionis custodes de 2021. Como se recordará, el primer acto fue la encuesta a los obispos del mundo organizada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 7 de marzo de 2020, con el objetivo de hacer balance de la aplicación de Summorum Pontificum. Los resultados podrían interpretarse ciertamente como una aprobación de Summorum Pontificum, pero lo que estaba previsto era su derogación. En las reuniones de la Congregación en las que se discutió el asunto, hubo oradores muy hostiles al usus antiquior, como el cardenal Stella, entonces prefecto de la Congregación para el Clero, el muy virulento cardenal Ouellet, que era prefecto de la Congregación para los Obispos, y el cardenal Versaldi, entonces prefecto de la Congregación para la Educación Católica (encargada de los seminarios). Pero el cardenal Parolin se mostró especialmente decidido, y en una de estas sesiones se dice que dijo, jugando con el apelativo de la Misa tridentina como la Misa de todos los tiempos: “¡Hay que acabar con esta Misa de todos los tiempos!”.

Para él, como para el nuncio en Francia Celestino Migliore, de quien se rumorea que podría convertirse en Secretario de Estado del Papa Parolin (véase nuestra Carta 1059 del 27 de junio de 2024, Paz litúrgica Francia), el eje de Traditionis custodes es esencial para salvaguardar el Vaticano II. Puede resumirse así: sólo hay una lex orandi que corresponde a la única lex credendi, la del Vaticano II. Son posibles algunas tolerancias provisionales y limitadas, pero en ningún caso una libertad paralela y concurrente. Más que cualquier otra reforma conciliar, la reforma litúrgica es irreversible.

La lógica de esta intransigencia es básicamente el deseo de empujar a los partidarios de la liturgia antigua, y especialmente a los sacerdotes que se dedican a ella, a los márgenes y, en última instancia, hacia el cisma: “¡Que se vayan!”. Este rigorismo ideológico no tiene en cuenta la creciente importancia relativa de esta liturgia, sobre todo por su fecundidad vocacional. De hecho, en las Iglesias occidentales, la liturgia tradicional es cada vez más visible. Sin embargo, la determinación de lo que constituye un cisma —como era bien sabido en la antigüedad— también tiene providencialmente algo de relativo, donde acabamos descubriendo que el excomulgante es en realidad el verdadero excomulgado. En el gran vacío doctrinal que es hoy la Iglesia docente, la Iglesia que debería enseñar, es ciertamente explosivo chocar frontalmente con la Misa de antaño, que representa la doctrina de antaño.


Fuente: Paix Liturgique


lunes, 8 de julio de 2024

La paradoja conservadora: la unidad por sobre la verdad

 


El viernes pasado, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe declaró que Mons. Carlo Maria Viganò había sido excomulgado por cisma, según lo establece el canon 751. Para un ajeno al derecho canónico como soy yo, parecería que la pena corresponde a un delito efectivamente cometido por el arzobispo; se trata de un grave delito contra la unidad de la Iglesia pues el reo se niega a reconocer la figura y autoridad del Romano Pontífice.

Ese mismo día, se conoció que la diócesis de Linz (Austria) había decidido dejar expuesta en la catedral una imagen de la Santísima Virgen brutalmente blasfema: se la representa sentada en el piso, con las piernas —que son de hombre— abiertas, con el rostro adolorido, y en el momento de dar a luz: Crowing, se llama la imagen, es decir, en el momento en el que el bebé asoma su cabeza del canal de parto. Ni el rector de la catedral ni el obispo de Linz han sido excomulgados, ni sancionados; ni siquiera se les ha mandado una advertencia. 

Cualquier católico que permite y celebra que en un templo se exponga una imagen de esa naturaleza, ciertamente no tiene fe en la virginidad de María ni en su maternidad divina. Esa persona no sólo está cometiendo un gravísimo delito contra la unidad de la fe católica, que entiendo que es más importante que la unidad ante la figura del pontífice de Roma, sino que también blasfema y escandaliza. Según el CIC de 1917, “El que blasfemare […], sobre todo si es clérigo, debe ser castigado según el prudente arbitrio del Ordinario” (c. 2323). Claro que ese código fue derogado por Juan Pablo II; ¿habrá quedado derogada también la blasfemia? Un detalle.

Ejemplos como este tenemos a montones: miembros de la Iglesia, algunos de ellos con puesto muy altos en la jerarquía, que niegan de un modo u otro verdades de fe; es decir, son herejes y hasta blasfemos. Pero para ellos no hay penas de ningún tipo. Muchas veces hay encomios.

Por cierto que, si preguntáramos a esos personajes acerca de la naturaleza de su fe, no dudarían en decirnos que son católicos y que adhieren a las verdades proclamadas en el Credo. Y es verdad que lo hacen, lo que ocurre es que la suya es una adhesión racionalista a la fe. Es decir, conciben a las verdades de fe como una serie de enunciados producidos en una época determinada y que responde al lenguaje y a la cultura de esa época. Consecuentemente, en un mundo avanzado como el nuestro, esas “verdades” tienen que ser interpretadas de acuerdo a las luces de la razón y de la ciencia. María, ciertamente, no pudo ser virgen y concebir sin concurso de varón, y Jesús no puede ser Hijo de Dios. Estos, entre otras muchos, no son más que relatos propios de los hombres de los primeros siglos del cristianismo y que hoy deben ser reinterpretados. En otras palabras, la herejía modernista que el Papa San Pío X condenó en 1907, a pesar de lo cual, surgió con mucha mayor fuerza y vigor en los años 60, y hoy atraviesa todas las capas de la Iglesia. 

En el Tracto 73 y aquí y allá a lo largo de su obra, John Henry Newman se enfrenta con este racionalismo, que otorga las bases teológicas para lo que él llamaba liberalismo en materia de religión, y vale la pena seguirlo en su argumentación.

No defiende Newman ningún principio contra la razón ni se opone a ella, ya que racionalismo no es el uso de la razón para elaborar pruebas racionales de lo que se puede probar en la Verdad revelada, ni tampoco es racionalismo investigar las verdades de la religión natural, ni determinar qué pruebas son necesarias para aceptar algo como revelado, ni reflexionar sobre el significado de las verdades reveladas y de su lenguaje. Es racionalismo hacer irreal la profesión de fe, decir que uno acepta la Revelación y “luego negarla con explicaciones; hablar de ella como Palabra de Dios y tratarla como palabra de hombre; resistirse a dejarla hablar por sí misma; alegar saber el porqué y el cómo del trato de Dios con nosotros… y asignarle a Dios un motivo y una mente nuestra”, tomar sólo una parte de la Revelación, eludir lo oscuro, llevar las cosas a un terreno ajeno a la Revelación. En definitiva, racionalismo es no dar a Dios la última palabra sobre Él mismo y sobre su designio para el mundo. 

Desde el Concilio Vaticano II, con mayor o menor intensidad, la iglesia de Roma ha ido vaciando la fe católica; ha dejado la cáscara pero, como una polilla, ha roído la pulpa de la nuez, y ya casi no quedan más que algunos pequeños trozos aquí y allá. La enorme mayoría de los católicos del mundo, ha dejado hace mucho tiempo de concurrir a la Iglesia o de mantener con ella alguna relación que no sea cultural. Y los que continúan yendo, conservan la fe como pueden, más por sensus fidelium que por enseñanza e instrucción de sus pastores. 

Es llamativo que los católicos, aún aquellos conservadores y los más conservadores de entre los conservadores, se rasgan las vestiduras por el cisma cometido por Mons. Viganò o por las monjas de Belorado; y para afirmar su adhesión al papado romano aparecen en fotos y videos junto a una gran fotografía del Papa Francisco y la bandera de la Santa Sede. “Jamás, dicen, aceptaremos el cisma”. Sin embargo, muy calladitos o apenas con leves balidos, se oponen a aquello que es mucho más grave: la pérdida de la fe de los pastores. Y sin fe, no hay unidad que pueda ser rota. La figura del Papa y la adhesión a él no es una cuestión totémica; no se trata de adherir a un ídolo que se viste de blanco. La adhesión es en tanto y cuanto el Papa de Roma "confirma a los hermanos en la fe", es decir, en tanto y cuanto garantiza la integridad de la fe católica. Pero, ¿qué ocurre cuando a ojos vista no lo hace? Porque seamos honestos, desde el inicio de su pontificado, Francisco se ha preocupado por "confundir la fe de sus hermanos" y no confirmarlos en ella. ¿Qué otra son si no, Amoris laetitiae, el documento de Abu Dhabi o Fiducia supplicans? ¿Hasta que punto al adhesión al Papa es garantía de unidad? O, mejor dicho, ¿garantía de qué tipo de unidad es la adhesión al papa romano? 

Estamos frente a la paradoja de los conservadores: la unidad por sobre la verdad.

miércoles, 3 de julio de 2024

Dos noticias sobre la misa tradicional

 


Dos noticias relevantes han aparecido en las últimas horas. Ayer, el sitio alemán de referencia para el catolicismo tradicional, katolisch.de, publicaba la siguiente noticia:

Informe: No habrá más restricciones a la Misa Tradicional Latina por parte del Vaticano


PARÍS - ¿Desea el Vaticano restringir aún más o incluso prohibir la Misa Tradicional Latina? Varios blogs tradicionalistas han difundido el rumor de que pronto se publicará un nuevo documento al respecto. Sin embargo, ahora hay otra información.


Contrariamente a muchos rumores, por el momento no se publicará ningún nuevo documento del Dicasterio para el Culto Divino sobre una mayor restricción de la Misa Tradicional Latina. Según un informe del periódico francés “La Croix” del lunes, el Vaticano ha decidido no desmentir oficialmente los rumores que han estado circulando en blogs tradicionalistas durante semanas. Se añadió que es habitual dejar sin comentarios los rumores de este tipo para no darles ningún peso. Un alto representante del Vaticano calificó los rumores sobre un endurecimiento de las restricciones como “chismes” y “completamente infundados”.

Varias fuentes dijeron al periódico que los rumores posiblemente se debían a una mala interpretación de las decisiones romanas sobre ciertas comunidades o institutos. Una de ellas concierne a los Misioneros de la Divina Misericordia en el sur de Francia. Roma ha suspendido indefinidamente la ordenación de cinco seminaristas. Se está examinando si tendría sentido permitir que los futuros sacerdotes de la comunidad tradicionalista celebren la misa en la forma preconciliar, como prevén los estatutos de la comunidad. Tras el Motu Proprio Traditionis custodes de 2021, el Papa Francisco impuso una restricción a la Misa Tradicional Latina. Los sacerdotes ordenados después de su publicación y que deseen celebrar según el Missale Romanum de 1962 deben presentar una solicitud al obispo diocesano. Este último debe consultar al Vaticano antes de conceder el permiso.


Reproche a los representantes del Vaticano

Según un informe de los medios, el cardenal alemán Gerhard Ludwig Müller subrayó en una ordenación sacerdotal cerca de Chartres el pasado fin de semana que la liturgia preconciliar no cuenta con la aprobación de todos los representantes del Vaticano. El ex Prefecto de la Fe acusó a altos representantes del Dicasterio para el Culto Divino de perseguir tradiciones antiguas como la liturgia preconciliar porque ven “un mayor peligro para la unidad de la Iglesia” en esta liturgia que en la “reinterpretación del Credo”. Entre otras cosas, Müller informó sobre una conversación con un representante del Dicasterio para el Culto Divino, a quien había informado sobre la fidelidad de los jóvenes católicos a la fe en la reciente peregrinación tradicionalista en Chartres. El representante del Vaticano respondió a Müller que eso “no era en absoluto motivo de alegría, ya que esta Santa Misa se celebró en el antiguo Rito Latino Extraordinario”.

Desde hace varios días circulan rumores en los círculos tradicionalistas de que el Vaticano quiere restringir aún más la celebración de la Misa Tradicional Latina. Los rumores se intensificaron después de que el Papa Francisco recibiera en audiencia la semana pasada al prior del Instituto Cristo Rey, Gilles Wach. El instituto celebra la liturgia en la forma preconciliar. Inicialmente no se reveló nada sobre el contenido de la conversación. Posteriormente, el instituto informó que el Papa les había pedido que se mantuvieran fieles a su carisma.


Esperemos que los alemanes tengan razón. Por cierto, y como lo hemos hablado muchas veces, el caos francisquista y la persecución a los católicos tan propia de su pontificado ha generado saludables reacciones, como la del cardenal Müller, que no creo que otras épocas haya tenido particular simpatía por el mundo tradicional. 



La segunda noticia tiene que ver con una carta firmada por importantes personalidades del arte y la cultura que se publicó The Times (Londres) de hoy en la que se pide al Vaticano salvar la misa tradicional. Entre otros firmantes, se encuentran Bianca Jagger (nicaragüense, mujer de Mick Jagger), Lord Lloyd-Webber (compositor y productor teatral), Dame Kiri Te Kanawa (cantante lírica), Princess Michael of Kent (mujer del duque de Kent, tío del rey Carlos y miembro de la familia real), Sir Andras Schiff (pianista húngaro), Tom Holland (escritor e historiador), Lady Antonia Fraser (historiadora angloirlandesa) y Lord Fellowes of West Stafford (escritor, autor entre otros, de Downton Abbey). La noticia con el listado completo de los firmantes pueden consultarla en la página de la Federación Internacional Una Voce. 

La carta está acompañada por una nota escrita por el director y compositor Sir James MacMillan, que dice:


Señor,

El 6 de julio de 1971, The Times publicó un llamamiento al Papa Pablo VI en defensa de la Misa en latín firmado por artistas y escritores católicos y no católicos, entre ellos Agatha Christie, Graham Greene y Yehudi Menuhin. Se la conoció como la “carta de Agatha Christie”, porque, según se dice, fue su nombre el que indujo al Papa a emitir un indulto, o permiso, para la celebración de la Misa en latín en Inglaterra y Gales. La carta argumentaba que “el rito en cuestión, en su magnífico texto latino, también ha inspirado logros inestimables... de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas. Pertenece, pues, a la cultura universal”.

Recientemente han llegado noticias preocupantes desde Roma de que la misa en latín va a ser desterrada de casi todas las iglesias católicas. Se trata de una perspectiva dolorosa y confusa, especialmente para el creciente número de jóvenes católicos cuya fe se ha nutrido de ella. La liturgia tradicional es una “catedral” de textos y gestos, que se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos como esos venerables edificios. No todo el mundo aprecia su valor y es previsible que así sea; pero destruirla parece un acto innecesario e insensible en un mundo en el que la historia puede perderse en el olvido con demasiada facilidad. La capacidad del antiguo rito para fomentar el silencio y la contemplación es un tesoro difícilmente reproducible y, una vez desaparecido, será imposible de reconstruir. Este llamamiento, como su predecesor, es “totalmente ecuménico y apolítico”. Entre los firmantes hay católicos y no católicos, creyentes y no creyentes. Imploramos a la Santa Sede que reconsidere cualquier nueva restricción de acceso a este magnífico patrimonio espiritual y cultural.


El año pasado, reseñamos un libro editado por Joseph Shaw en el que se tratan detalladamente todos los pedidos que se hicieron a la Santa Sede para preservar la misa latina, desde 1966 hasta 2007. La primera petición fue iniciativa de la escritora italiana Cristina Campo quien pensó el pedir el apoyo de personas de la cultura y de las artes, más allá de su fe o práctica religiosa. Consiguió un buen número de adherentes, entre ellos, dos argentinos: Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo.

La situación actual es un reflejo de la misma paradoja de los duros años ’60. Los católicos le decimos al Papa que si no le importa conservar la misa tradicional para la Iglesia como un acto de piedad y de respeto a la Tradición, que la conserve al menos para el mundo como un intangible monumento cultural. La diferencia es que Pablo VI era progresista pero un hombre indiscutiblemente culto y lector al menos de Agatha Christi, y por eso accedió al pedido. Francisco, en cambio, es una persona vulgar y escasamente cultivada. Es por eso que algunos proponen reunir las firmas de Riky Maravilla, el Polaco, la Bomba Tucumana y Lía Crucet a fin de ablandar su corazón. Tarea difícil. 

lunes, 1 de julio de 2024

Sobre cismas y rumores de cismas

Goya, El tío Paquete, museo Thyssen-Bornsemisza

 

Y oiréis de guerras y rumores de guerras;…

Mt. 24,6.



Una de las evidencias más indiscutibles —como de hecho son todas las evidencias—, del fracaso estrepitoso del pontificado del Papa Francisco, es la pasmosas situación de estrés y división a la que ha llevado a la Iglesia. Pocas veces en la historia de la iglesia romana se han suscitado tantos cismas más o menos expuestos, y más o menos encubiertos. En las últimas semanas hemos tenido la exposición de uno de ellos, claro, abierto y diminuto: el de las clarisas de Belorado, al que la prensa, incluso la más conservadora, y los mismos obispos le han dado una relevancia que no tiene. Creo que todos estaremos de acuerdo que, en última instancia, se trata de unas pobres monjas desorientadas y engatusadas, y los responsables no son ellas sino quienes han llevado a la Iglesia a tales niveles de confusión.

Otro caso que también surgió en los últimos días es el juicio y posterior excomunión que quieren ejecutar contra Mons. Carlo María Viganò. Personalmente lamento que Mons. Viganò, que podría haber sido un referente de peso y con liderazgo para los sectores de la resistencia al bergoglianismo, haya entrado hace ya algunos años en una deriva discursiva que cuesta comprender en una persona de su capacidad e inteligencia. En mi opinión, malogró la oportunidad que se abrió no sólo para él sino también para toda la Iglesia luego de su valiente denuncia de 2018. Sin embargo, constituirlo en cabeza de un grupo cismático, convocarlo al Santo Oficio de la Inquisición y amenazarlo con la excomunión es una torpeza que sólo puede ser cometida por personajes incapaces como el cardenal Tucho Fernández. Se trata de una reacción que quizás no puede ser calificada de desproporcionada, como sí lo es el caso de las clarisas, pero ciertamente muestra la ineptitud táctica, y de toda índole, que sufre el pornógrafo cardenal prefecto.

    Otro de los cismas que se avizoran es el de la FSSPX, que era “cismática”, después entró en una suerte de limbo con el levantamiento de las excomuniones y ahora no sabemos qué es o en qué se convertirá, aunque todos estaremos de acuerdo en que es católica. Desde hace un tiempo viene preparando a sus fieles para un próximo anuncio de nuevas consagraciones episcopales. Se comenta que el superior general de la Fraternidad, P. Davide Pagliariani,  hace un tiempo tuvo una entrevista con el Papa Francisco a quien le planteó el caso, y el pontífice le habría respondido que hicieran lo que les parezca mejor. Tendrían, entonces, una suerte de visto bueno tácito y, probablemente, si las ordenaciones se dieran, en Roma se harían los distraídos. No me parece probable que volvieron a la carga con excomuniones a los nuevos obispos y consagrantes. Y esto por varios motivos, entre otros, porque todos sabemos las inexplicables simpatías de Bergoglio hacia la FSSPX y porque, además, han demostrado que con las primeras consagraciones de manos de Mons. Lefebvre hace ya cuarenta años, hicieron lo que dijeron: asegurar los sacramentos celebrados según el rito tradicional. Salvo el incidente con Mons. Williamson, que manejaron muy bien, a la Fraternidad nunca se le ocurrió andar ordenando obispillos, ni creando jurisdicciones ni haciendo el tipo de disparates típicos que suelen hacer muchos personajes que entran en esa variante. Sin embargo, aún en el caso que no se produjera una nueva declaración de excomunión, las hipotéticas nuevas ordenaciones profundizarían y consolidarían el “cisma lefebvrista”, para espanto de los conservadores.

Mucho más grave, aunque de otro signo, es el cisma de la iglesia alemana. Ellos no han proclamado la invalidez de la elección de Bergoglio ni tampoco la vacancia de la sede apostólica a partir de Juan XXIII. Ellos simplemente ignoran a la sede apostólica, a la Tradición y al magisterio de la Iglesia. Mucho más astutos, y mucho más ricos, no necesitan hacer ninguna declaración de guerra. Simplemente, siguen en lo suyo, recorriendo sus caminos sinodales. Quién sí debería actuar en este caso, con mucha firmeza y claridad, o al menos con la firmeza y claridad con la que se actuó con Mons. Viganò y que el arzobispo de Burgos aplicó a las monjas de Belorado, es el cardenal Fernández, que para eso está: defender la doctrina de la fe. Y sin embargo, él y su valedor callan y dejan hacer. La mayor parte de la iglesia alemana está, de hecho, en cisma, y lo está en connivencia con la sede apostólica. El viernes pasado, luego de una reunión conjunta, afirmaron que «Se comparte el deseo y el compromiso de fortalecer la sinodalidad en la vida de la Iglesia, con miras a una evangelización más eficaz». Un caso rarísimo, ser cismático con la anuencia del Papa, es sólo posible en un pontificado jesuítico como el de Francisco: la voluntad está por encima aún del principio de no contradicción. 

¿Qué ocurriría si, tal como se amenaza desde hace algunos días, el Vaticano lanza un nuevo documento autorizando la misa tradicional sola y exclusivamente a los sacerdotes de los institutos ex-Ecclesia Dei? Creo que sería la ocasión, probablemente buscada, de visibilizar un cisma que ya existe en los hechos. No soy adivino para decir qué ocurriría en el ámbito  de la política eclesial. En Hispanoamérica no ocurriría nada, porque en nuestras tierras, lamentablemente, casi la única que ha defendido la tradición litúrgica romana es la FSSPX, con la excepción de algunas pocas casas de institutos ED y valientes sacerdotes diocesanos. En todo caso, lo que veríamos es que muchos de estos sacerdotes se apartarían con o sin la anuencia de sus ordinarios de las actividades pastorales de la diócesis, pasando a vivir en sus propias casas y mantenidos por sus propios fieles. Eso ya está sucediendo desde hace varios años en Argentina y el fenómeno podría extenderse.

Otra sería la situación en Europa y Estados Unidos, donde los fieles y sacerdotes de misa tradicional son mucho más numerosos y poderosos. No habría un levantamiento episcopal como el sucedido luego de Fiducia supplicans, pero probablemente habría un levantamiento más o menos visible de fieles y sacerdotes. Los modernistas que se han asentado en Roma cometerían un error gravísimo si tomaran la decisión con la que amenazan. Es verdad que para sus planes, lo mejor es que la masa tumoral de los tradicionalistas sea finalmente extirpada de la Iglesia: la experiencia les ha enseñado el poder metastásico que tiene es enorme. Pero, justamente, es allí donde deberían darse cuenta que es tarde ya para pretender tal ablación. En mi opinión, la mayor parte de los fieles que desde hace años que asisten a misa tradicional, resistirán cualquier tipo de mandato despótico del poder romano. 

Los motivos de la resistencia los conocemos todos y sobre ellos se han escritos infinidad de páginas desde los ’60 a esta parte. Resumámoslo: lo que siempre fue santo, no puede desaparecer; el Papa no es dueño de la Tradición; es sólo su custodio y, por tanto, no puede abrogar ni prohibir los libros litúrgicos con los que la Iglesia celebró el culto durante más de mil quinientos años. Es decir, el Papa no puede prohibir la Tradición. Fin. Y si ilegítimamente pretende hacerlo, resistiremos. Pero todos sabemos que el litúrgico, si sucediera, no sería el único motivo de visibilización del cisma oculto que ya existe. Aunque no siempre seamos capaces de decirlo, y no sea prudente hacerlo, todos sabemos que en el fondo es una cuestión de fe: el Papa Francisco mantiene una adhesión al menos ambigua hacia la fe de los apóstoles, y muchos de sus obispos más cercanos la han abandonado. Y si aún no lo han hecho expresamente, lo hacen cotidianamente en los hechos. Se relativizó el sacramento del matrimonio con Amoris letitiae, se relativizó la salvación universal en Jesucristo con el documento de Abu Dhabi, se cayó en la repugnancia de bendecir la sodomía, contradiciendo no solamente el magisterio inmemorial de la Iglesia sino la misma palabra de Dios y se pretende refundar una novedosa "iglesia sinodal", alejada de cualquier concepción tradicional. 

   La fotografía de la situación de la Iglesia presentada rápidamente en este artículo es muy rara: la Sede Romana, que en épocas de crisis siempre defendía la doctrina católica frente a los cismáticos, está ahora con quienes niegan la doctrina católica, y ella misma la pone en duda. Los “cismáticos” actuales, en cambio, insisten y afirman la enseñanza tradicional mientras son ridiculizados, desplazados y perseguidos por los obispos mientras el custodio de la fe apostólica, el sucesor del apóstol Pedro, permanece en una actitud hacia ellos que, en el mejor de los casos, podría definirse como ambigua. 

“Y oiréis de guerras y de rumores de guerras; pero no os turbéis, porque es menester que todo esto acontezca; mas aún no es el fin”. (Mt. 24, 6).