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lunes, 13 de enero de 2025

Sí la vimos. Y hace nueve años

 


Hace algunos días publicamos un post titulado “No la vimos. Y la Iglesia tampoco”. Sin embargo, un amigo me advirtió que sí la habíamos visto, y que habíamos dejado constancia de ello hace casi nueve años, en un post escrito por Ludovicus, titulado “El derechismo gramsciano de la Dra. Pignata”, y que ahora publico nuevamente.

Para quienes no sepan quien fue la Dra. Alcira Pignata, aquí pueden ver una semblanza, elaborada hace diez años. Una experiencia muy interesante que permite ver el cambio de época del que hablamos pues adelantaba en una década lo que ahora se ha revelado: las redes sociales han desplazado a los medios de comunicación tradicionales como formadores de opinión y buena parte del mundo, debido a los desastrosos gobiernos que hizo la izquierda, está virando a la derecha.



por Ludovicus


Que la única batalla cultural ganada en esta década perdida por la derecha sea el éxito del blog de la Dra. Pignata es un índice de lo mal que estamos.

El kirchnerismo, parido entre miasmas cleptocráticas y clientelistas, inventó un dispositivo fabuloso para robar tranquilo: blindarse por izquierda. Néstor, agudo observador del gobierno de Menem, advirtió que el gran déficit de su gestión fue la permanente hostilidad de la izquierda argentina. Este hecho no hubiera tenido mayor importancia si el 80% o más de los periodistas argentinos —no los medios— no fuera de izquierda. Asegurarse el flanco izquierdo es asegurarse la tropa del periodismo y consecuentemente de la opinión pública. Cuenta Ceferino Reato en su último libro que ante la requisitoria de Ramón Puerta a Kirchner respecto de por qué se inclinaba tanto a posiciones sobreactuadas de izquierda cuando habían estado toda la vida con Cavallo, el gran cleptócrata le contestó: “Ramón, la izquierda te da fueros”.

Prevemos la objeción del lector, el Lugar Común por excelencia de la menguada cultura política argentina: “la distinción izquierda-derecha está superada”. Pues para nada. Aunque sea provisoriamente, arriesgamos esta definición: derecha es la afirmación de una naturaleza humana, sustancialmente la misma a lo largo del tiempo. En consecuencia, existen derechos inmutables, valores objetivos como la justicia y la libertad, tradiciones y costumbres válidas como modo de decantarse la experiencia de los siglos. Y una Voluntad superior a la humana que ha diseñado esa naturaleza, que debe desarrollarse en su línea de perfección. El buen sentido, el sentido común, es respetar ese orden.

Izquierda es lo contrario: la afirmación de la relatividad de todo valor, la mutabilidad permanente y caótica de lo humano, carente de una esencia determinada. La guerra a toda costumbre por el mero hecho de ser tradición, la afirmación de que no existe voluntad ni ley superior a  la voluntad humana, el desdén por el sufragio callado de los muertos. El sentido común es una trampa burguesa, la red que atrapa las conciencias en el bloque cultural, afirma Gramsci.

Para decirlo de otra manera, existe el tradicionalismo o conservadurismo por un lado, el progresismo por el otro. Cuanto más se afirme un orden objetivo y una ley natural más de derecha será la persona; cuanto más se diga que el hombre tiene el derecho de darse su propia ley y orden, sin respetar naturaleza u orden alguno, más izquierda. En esta línea, por supuesto, el nazismo no deja de ser un progresismo con toques reaccionarios, inscripto en la línea de la exaltación del hombre y de su voluntad prometeica.

El kirchnerismo, que descubrió paulatinamente la coartada de la corrección política progre, fue consecuencia y a la vez causa de la modificación del bloque hegemónico cultural, como diría Gramsci. El desprecio de la cultura del trabajo, la combinación de idiotización cultural y obscenidad televisiva con sobreactuaciones varias en materia de derechos humanos, el establecimiento de una Inquisición progre corporizada en el INADI, la increíble adopción de una ley que sólo exige inventarse oralmente el sexo para cambiar la documentación, la idea de que una minoría de personas productivas pueda mantener a una mayoría tiránica de mantenidos, entre otros cientos de delirios, permitió correr por izquierda a la sociedad argentina, a los medios y sobre todo a una pálida oposición que sólo atinaba a acompañar la mayoría de las iniciativas progres y oponerse nada más que a los más lancinantes latrocinios, privada de una crítica ideológica sistémica, de un pensamiento conservador robusto, de una orgullosa valoración de las tradiciones. La campaña progre dirigida contra los valores, llevó a votar por virtual unanimidad un Código Civil que ya no contempla la obligación de fidelidad como elemento esencial del matrimonio (cabe preguntarse entonces qué es ahora el matrimonio), habla de “personas humanas”—dicho sea de paso, no fueron kirchneristas los que interpusieron un habeas corpus por un orangután—, o exige pedir la opinión a los hijos antes de adoptar (la progresía no estableció todavía análoga exigencia a la hora en que los padres se disponen a cumplir el officium naturae al modo tradicional).

Ante este panorama desolador, ante este espectáculo de pluralistas uniformados por el doble pensar, en el que se podía presenciar una orgía en una universidad pública como actividad extracurricular o burlarse de las religiones,  pero se prohibía expresar dudas sobre la cantidad de desaparecidos, o de pobres, o cuestionar la enseñanza de la homosexualidad o del uso de la marihuana a los niños, surge el fenómeno de la Dra Pignata, un desafío desaforado a la represión del pensamiento y a la soberanía intelectual de la izquierda progresista. Esta soberanía se basaba en una pretendida superioridad moral del kirchnerismo, que identificaba a la derecha con la represión, el latrocinio y la explotación, llevando a los propios derechistas a avergonzarse siquiera de proclamarse “de centro”. Lo sorprendente del kirchnerismo es que aunaba un absolutismo del poder (“vamos por todo”) con un relativismo radical y disolvente.

Toda represión totalitaria (y el kirchnerismo lo fue) genera reacción y humor, como réplicas lúcidas y a la vez demenciales generaba en el bufón la conducta caprichosa del Rey Lear. “Es una linda tarde para recordarles que Néstor sí se murió y que no vive en ningún pueblo”, es el twitt más repetido de la Doctora, desmintiendo la apoteosis del hombre más prosaico y vulgar que se haya intentado divinizar en la historia argentina.

Su sarcasmo desacraliza el dogma progre, delata los pliegues del ladriprogresismo,  destruye los tabúes sexuales del Estado Sacerdote y las hipocresías de nuestros periodistas bienpensantes de sueldos de diez mil dólares y de nuestros estadistas hoteleros. Lo hace con un mecanismo ingenioso: a través de la parodia de una vieja retrógrada, ninfómana y fascista que entre exabruptos varios, critica a la izquierda con fundamentos reales, desnudando su costado hipócrita, disolvente y delincuencial, su locura patológica, su alteración del orden lógico y natural. La Doctora Pignata está loca, pero el kirchnerismo está más loco, parece decir. Y el mecanismo resultó eficaz, y horadó la monolítica caradurez del Modelo y seguramente contribuyó a su derrota política y —ojalá— cultural. Conocemos sólo un ensayo análogo, el facebook de Carlos Maslatón, otra cumbre de la incorrección política, pero esa es otra historia. Wanderer, para los happy few, también ha resistido en la contracultura de derecha, pero sería irreverente comparar su exquisita línea doctrinal con la goliarda Doctora. Esperemos que haya otras iniciativas, cuanto más masivas mejor, que restauren el sentido común en la inteligencia argentina.

Bajo la máscara de una burla a la reacción-porque nadie cree en serio que la Doctora o su autor postula fusilar a los negros o exaltar a Videla y al Falcon verde-, se esconde una sátira aún más revulsiva al progresismo. En la prosa falstaffiana de la Doctora, de entre la ganga y la morralla de mil disparates brutales, surge la verdad inconfundible: el kirchnerismo es una estafa, caricatura de otra, el progresismo, que a su vez es la muerte del hombre y de la civilización. Por eso los intentos de censura, porque el humor dio bajo la línea de flotación de la Inquisición Progre.  Si hasta quisieron yugular el twitter con un proyecto de ley de la inefable Diana Conti. Si buscaron su identidad bajo las piedras, acusando a un ministro macrista que respondió, con picardía pignatesca, delatando como furiosos derechistas a Patoruzú, a Isidoro, a Boggie el Aceitoso y a Susanita.

A no engañarse: la Argentina no es Inglaterra, con su vieja tradición orwelliana, ni la Doctora Pignata Paul Johnson. Pero a pesar y también con la ayuda de sus excesos y procacidades —que son un índice de la decadencia moral del pueblo argentino y que no podemos aprobar—, la Dra Pignata, con una inteligencia inédita en la derecha, desgasta, esmerila, corroe las bases del bloque hegemónico cultural progre, haciendo gramscismo de derecha. Impone el sentido común a través de la transgresión, de lo que no se puede decir, rompiendo con su declamado autoritarismo la paradoja de que los más autoritarios en este país sean los progres: de ahí su éxito. Sólo una vieja loca puede aportar cordura a un país que la ha perdido. 

miércoles, 24 de julio de 2024

Sobre la nueva sede primada de Argentina


 

La curiosa decisión del Papa Francisco de trasladar la sede primada de Argentina de Buenos Aires a Santiago del Estero ha sido sobre sobre interpretada por muchos.

    En este blog, un comentarista aseguró que se debía a que pronto estallaría un escándalo relacionado con Mons. García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires y este era un modo de atajarse. El motivo no tiene ningún asidero; si efectivamente se destapara algún escándalo, lo que haría el Papa sería echar al arzobispo escandaloso, y no castigar a su sede, lo cual no afectaría para nada al culpable.

    Otro aseguró que el motivo es que se estaría preparando el aterrizaje del cardenal Víctor Tucho Fernández en Santiago del Estero para cuando sea eyectado de su puesto vaticano. Pensar de este modo es desconocer la psicología de Fernández: él jamás aceptaría ir a una ciudad de provincia, bastante secundaria y venida a menos como es Santiago del Estero aunque eso le garantizara el título de primado, que no es más que un honor sin efecto práctico alguno. Si dijo públicamente que su pueblo de nacimiento, Alcira Gigena, era un “pueblo de m…..”, no creo que tenga un concepto mucho más elevado de Santiago del Estero.

    El motivo de la decisión del Papa es nada más que otro de sus caprichos o berrinches. Quienes trabajaron con él en la curia porteña aseguran que una de sus cantinelas periódicas era que la sede primada no le correspondía a Buenos Aires y que había que trasladarla a Santiago del Estero. Es lo que dice en este video, grabado el 13 de diciembre de 2008, en la misa de consagración episcopal de Mons. Ariel Mosconi Torrado. 

No hay más que eso. 


miércoles, 26 de junio de 2024

El retrato del cardenal Tucho Fernández

 


Nadie puede dudar de que el cardenal Tucho Fernández es un purpurado de avanzada. En este blog nos hemos referido en muchas ocasiones a sus opiniones que dejan atrás los viejos tiempos de la Iglesia cuando los obispos y cardenales se creían príncipes y grandes señores. La Iglesia clerical ya ha pasado. Estamos ahora en una Iglesia en salida, y Tucho es quien abre la puerta.

    Sin embargo, y a pesar de sus aperturas, hay cosas que no se negocian. La púrpura que le gusta vestir apenas tiene ocasión para ello; el chofer que lo traslada desde su casa dentro del Vaticano al palacio del Santo Oficio (una distancia de pocos metros) y, por supuesto, los retratos, algo tan propio de los cardenales rígidos y principescos, que inmortalizarán al hombre del Alcira que llegó tan alto. No sería extraño que Su Eminencia esté buscando ya algún buen escultor para que construya su sepulcro.

    Nos hemos enterado que el cardenal Fernández contrató al artista plástico Raúl Berzosa, el mejor pintor español de temas religiosos en la actualidad, que cobra honorarios particularmente altos, a fin de que pinte su retrato como cardenal de Santa Romana Chiesa, ataviado, por cierto, con toda la parafernalia púrpura. Los comentarios de los lectores del Facebook del pintor sobre el retrato cardenalicio son casi más pintorescos que el atavío.

    Llama la atención la picaresca sonrisa que distingue al cardenal mientras posa para el artista. Algunos malvados aseguran que se debe a que estaba mirando las morisquetas que le hacía el P. Daniel Pellizón que, curiosamente, fue nombrado secretario personal del Papa Francisco al mismo tiempo que Mons. Fernández dejada los lodazales de La Plata para instalarse en Roma. 

    Hay rumores también de que, en realidad, el retrato aparecido en las redes de Berzosa no está completo, puesto que sólo muestra la parte superior del impoluto cuerpo de Su Eminencia. Y, como prueba, ofrecen la versión completa de la obra de arte que puede verse aquí

Desconocemos la veracidad del hecho.

lunes, 15 de enero de 2024

De la farsa a la catástrofe

 

Jean Georges Vibert (1840-1902),  El pavo real se acicala,  Colección privada.



[Aclaración previa: Seguramente resultará ya cargante y aburrido para los pacientes lectores del blog, como lo resulta para mi, seguir hablando del malhadado documento promulgado por el Vaticano y de los desaguisados del pornocardenal Víctor Fernández. ¡Qué más quisiéramos discutir en esta página, como hacíamos en los buenos tiempos del Papa Benedicto, temas más profundos y apasionantes! Sin embargo, la situación de la Iglesia es de extrema gravedad, y los manifiestos culpables de ella, en los últimos meses, son el Papa Francisco y el prefecto de Doctrina de la Fe. Y un cónclave se acerca. Nosotros, como laicos, podemos hablar libremente de estos temas -¿no es que el Concilio Vaticano II nos consideró ya maduros hijos de la iglesia con plenos derechos?- cosa que no pueden hacer los muchos sacerdotes y los muchos obispos que de buena gana lo harían por el razonable temor a una tormenta de misericordia que, por ahora, no puede cernirse sobre los seglares.]


El cardenal Mauro Gambetti, arcipreste de la basílica de San Pedro en el Vaticano, hizo saber en una entrevista, que las parejas de personas del mismo sexo que lo soliciten, podrán recibir la bendición de su unión en el templo mayor de la cristiandad. Se trata del mismo purpurado que ha prohibido terminantemente en la basílica la celebración de la misa tradicional, aquella que la Iglesia celebró durante dos mil años, e incluso de la celebración privada de la misa novus ordo, la que solamente puede ser concelebrada. Estamos frente a una catástrofe que, con razón, algunos le adjudican connotaciones apocalípticas: en San Pedro se pueden casar dos homosexuales pero no se puede celebrar la santa misa.

    El pontificado de Francisco, que comenzó siendo una farsa, se ha convertido en una catástrofe. En este blog lo previmos desde el fatídico 13 de marzo de 2013: el problema de Bergoglio no es que fuera progresista; el problema es que era un compadrito porteño que había alcanzado las ambiciones de poder que albergaba desde su juventud (el nuncio Bernardini lo definió como “un hombre enfermo de poder”) y que llevaría a la Iglesia a una inédita situación de ruina. Lamentablemente, no nos equivocamos. 

    Y es importante dejar en claro que el culpable es Jorge Mario Bergoglio, devenido en Francisco por una imperdonable imprudencia de los cardenales,  aunque ha sido su favorito, el cardenal Víctor Fernández, quien ha llevado al extremo la situación de crisis. Como él mismo lo dijo hace pocos días, Francisco sabía de la existencia del pornolibro antes de que fuera nombrado en Doctrina de la Fe. Y como bien señaló Scrosati, el affaire Tucho no es una casualidad; es un método. Estamos bajo un régimen pontificio que bien puede ser señalado como pornocracia. Basta recordar nombres como Battista Ricca, Arthur McCarrick, Gustavo Zanchetta, Francesco Coccopalmiero, Godfred Daneels o Víctor Fernández para convencernos que, quienes manejan a la Iglesia, en buen número son personas capaces de las peores perversiones. Y todos ellos fueron elegidos personalmente por el Papa felizmente reinante.

    Hay una pregunta sin embargo, que sobrevuela en todos los ámbitos católicos: ¿cómo fue posible que se cometiera error tan garrafal como la publicación de Fiducia supplicans? El cardenal Fernández, como siempre, trasladó su responsabilidad el Papa. Lo acaba de decir en una entrevista a la agencia EFE. Los conocedores de la Curia sostienen en cambio, que el único culpable es Tucho quien, convencido de su inteligencia y capacidad, entró a su cargo de prefecto creyendo que se llevaría el mundo por delante. Comenzó a escribir, a emanar documentos y a otorgar entrevistas sin los debidos controles de la Secretaría de Estado cuyos habitantes probablemente no tengan fe, pero son los burócratas del país más antiguo del mundo. Y el Tucho, de Alcira Gigena, pensó que los iba a manejar. Como se dice en los ambientes de la terza loggia, "No estamos formados para ganar, sino para hacer perder a los demás", y hacer perder al Tucho fue la cosa más fácil del mundo: sólo era cuestión de animarlo a que siguiera haciendo lo que hacía.

    Nadie esperaba, por cierto, que con la develación de sus aficiones por la redacción de relatos pornográficos, el Papa fuera a apartar a Fernández de su cargo. Jamás se permitiría tal muestra de debilidad. Sin embargo, Tucho ha quedado gravemente herido.  Y no sólo por la aparición del libro, sino también por el rechazo a sus maniobras pro-gay del episcopado de un continente entero y de muchos obispos más de todo el mundo. Ha sido desautorizado, entre otros, por el cardenal Fridolin Ambongo, presidente de todos los obispos africanos, y por el mismo Secretario de Estado, el cardenal Parolin. Tucho ya no tiene autoridad propia para imponer nada a los obispos del mundo. Se trata de una situación nunca vista con anterioridad en la historia de la Iglesia. 

    Pero volvamos a la pregunta, ¿cómo es posible que Tucho haya cometido error tan brutal como FS? En su favor hay que decir que él siempre dijo, y escribió, lo pensaba acerca de los amores homosexuales: aparece en el libro La pasión mística, apareció en artículos periodísticos publicados hace décadas en periódicos argentinos, lo decía abiertamente en sus clases en la Facultad de Teología de Buenos Aires y lo escribió largamente hace tan solo seis años nada menos que en la revista de la Conferencia de Obispos Latinoamericanos: "Es lícito preguntarse si los actos de una convivencia more uxorio deban caer siempre, en su sentido íntegro, dentro del precepto negativo que prohíbe “fornicar”. Digo “en su sentido íntegro” porque no es posible sostener que esos actos sean, en todos los casos, gravemente deshonestos en sentido subjetivo" (p. 455). Pero más allá de que todo esto fuera conocido por Francisco, ¿cómo se explica la flagrante torpeza de Tucho, de creer que en un ambiente como la curia romana es suficiente con tener la protección del beatísimo? 

    La torpeza era previsible porque estamos en presencia de un personaje infatuado en su púrpura, que se autopercibe hombre de genio pero que, por más que se acicala, no puede esconder su mediocridad. Es el caso típico que ocurre a muchos dictadores como Bergoglio que, a fin de evitar recibir sombras de sus subordinados, eligen para rodearse a personajes limitados y ramplones. Todo funcionará más o menos bien mientras el jefe pueda ejercer el control de daños; cuando esta posibilidad desaparece por el motivo que sea, el pavo real que ha sido colocado en un puesto relevante, esponja su plumaje y comienza a pasearse por la granja cometiendo un sinfín de tropelías.

    De ese modo se entienden las respuestas que el cardenal Fernández ha expresado a las críticas de FS, en las que divide a quienes lo cuestionan en tres grupos: los que no entendieron el documento; los africanos, que son una suerte de categoría especial y primitiva de cristianos que habitan en países bárbaros donde la homosexualidad todavía es penada por la ley, y los que tienen "mala leche" (sic).  ¿En qué categoría, por ejemplo, incluiría a los cardenales Müller o Sarah? ¿Son burros que no entienden, o más bien tienen "mala leche"? Realmente, resulta más que asombroso que un personaje de este (bajo) calibre ocupe un lugar tan importante y decisivo en la Iglesia.  

    ¿Cómo es posible que el cardenal Fernández no haya tanteado antes el terreno para conocer la reacción que tendría el documento? Es la actitud básica que adopta cualquier persona que ocupa un cargo de gestión por más elemental que éste sea. Y preguntas como estas conducen a la intriga sobre las verdaderas motivaciones del documento. Como dije anteriormente, y más allá de las declamaciones que puedan escucharse aquí y allá, la declaración no posee una causa y un fin pastoral. Habilitar la bendición para parejas heterosexuales que se encuentran en situación irregular parece superfluo. Si se trata de personas casadas, separadas de sus cónyuges legítimos y que viven en situación de concubinato, pareciera que, después de Amoris letitiae, la nueva declaración llegó tarde, pues si esas parejas pueden comulgar, cuánto más podrán recibir una bendición. Quien puede lo más, puede lo menos. Y si, en cambio, la pareja está constituida por novios convivientes, todos sabemos que si los tales eran católicos prácticos antes de iniciar la convivencia, lo siguen siendo también después ya que muy pocos sacerdotes son los que les advertirían que viven en pecado mortal. Desde hace mucho tiempo están convencidos que lo importante es el amor, y que si ellos se aman, un papelito, o un vestido blanco o la marcha nupcial no vendrán a cambiar nada. Por tanto, no hay objeciones para ese tipo de convivencias que ya son la cosa más normal del mundo. 

    Si, en cambio, la pareja está integrada por personas del mismo sexo, no parece que sean muchas las que estén interesadas en recibir una simple bendición, a la que perciben como un premio consuelo que los ofende más que conforma. Y, sobre todo, porque cualquiera de esas parejas que estuviera interesada en una bendición podía obtenerla sin necesidad de declaración pontificia; simplemente debía dirigirse al sacerdote indicado. Hemos visto fotos de bendiciones de este tipo ocurridas en Alemania o en Bélgica; el obispo de Almería nos dice que él ha bendecido “a bastante gente así” y me consta que en muchas ciudades argentinas, sobre todo en los templos jesuitas, desde hace al menos treinta años, se bendicen parejas homosexuales. Y no se trata de bendiciones espontáneas y privadas; a ellas asisten familiares y amigos de los bendecidos, se realiza en el templo y el sacerdote utiliza ornamentos sagrados. Es decir, la práctica ampliamente aplicada es muchísimo más generosa de lo que admite la declaración. ¿Cuál fue entonces su objetivo? ¿Por qué arriesgarse a que sucediera lo que está sucediendo: una enorme división dentro de la Iglesia?

    No podemos saber con certeza los motivos, pero podemos conjeturarlos. Un interesante artículo de Paolo Giulsiano publicado en el blog de Aldo Maria Valli, conjetura que FS está "destinada al clero, a los religiosos y religiosas de tendencia homosexual, que encontrarían así justificación, ante sí mismos y ante los feligreses, de su sentimiento, un sentimiento que recibiría la aprobación de un cofrade, en nombre de la misericordia y de la acogida". Es probable. Y es probable también la interpretación del P. Santiago Martín: FS no es más que una subida de temperatura del agua donde se cuece la rana; la finalidad no es otra que la aceptación lisa y llana de las relaciones homosexuales y la habilitación del matrimonio entre personas del mismo sexo, tanto para laicos como para sacerdotes. Sin embargo, y sin descartar otras teorías, yo me inclino por el proverbio acuñado por un buen y sabio amigo y que dice: “Todo es autobiografía”. Detrás de muchas de las decisiones que se toman anidan motivos personales, muchas veces desconocidos para el mismo protagonista. Por eso mismo, yo conjeturo que el principal -aunque no único- motivo de FS ha sido de carácter personal. La elevación del cardenal Fernández al importantísimo cargo que ocupa y su incurable tendencia a la verborragia y al protagonismo, ofrecen a cualquier observador la posibilidad de delinear su particular psicología. Fue muy reveladora la crónica escrita por un habitante del pequeño pueblo donde nació y que publicamos hace pocos días. Tucho fue un niño y jovencito de ánimo delicado, con una inteligencia superior a la media de sus vecinos, y que siempre se sintió disminuido por sus coetáneos. En su pueblo natal, justamente porque sus sensibilidades contrastaban con los modales recios de los hijos de granjeros que allí habitaban; en el seminario, por las mismas razones y por su propensión a adular a sus superiores; en su vida de clérigo, por la poquedad de sus orígenes; en su vida de académico, por su inteligencia modesta, pues ya no tenía que medirse con muchachitos más amantes del fútbol y de las mujeres que de los libros, sino con intelectuales de fuste. Cualquier psicólogo podrá explicar que este tipo de personalidades tienden a generar en lo más profundo de su psicología, un enorme resentimiento que busca compensación a través de, por ejemplo, reivindicaciones. El hecho a todas luces extraño de que el cardenal haya vuelto a su pueblo vistiendo sus relumbrantes talares púrpuras es una clara reivindicación de la que probablemente no sea él del todo consciente; es el modo que tiene el pobre hombre de vengarse de las humillaciones sufridas en su niñez y adolescencia. Sus compañeros ahora no son más que granjeros sudorosos o verduleros panzones; él es una celebridad mundial. Y así se puede explicar su incontinente manía por publicar libros insulsos, y también Fiducia supplicans y las respuestas a las dubias y demás catarata de documentos emanados en las semanas previas: se reivindica de las humillaciones que le hicieron sufrir los teólogos de Buenos Aires y de Roma y, sobre todo, de las sombras que esparcieron acerca de la calidad de sus saberes desde el mismo dicasterio que ahora preside en tiempos del cardenal Levada, y cuando él se postulaba a rector de la Universidad Católica Argentina.

    Algunos opinan que la declaración salió porque el tema de las bendiciones a parejas homosexuales no alcanzó las mayorías necesarias en el sínodo de la sinodalidad, que era la estrategia que había ideado Francisco para pagar sus votos a los alemanes y demás europeos que lo hicieron papa. El texto se habría estado preparando desde hace mucho y se habría dado a conocer luego del fracaso sinodal. No podría explicarse de otro modo, arguyen, la rapidez con la que fue redactado (apenas tres meses después de la toma de posesión de Fernández). Una cosa no quita la otra, pero yo no pondría el ojo en la velocidad de su elaboración: para cualquiera resulta evidente que se trata de un texto de la más baja y elemental calidad teológica, como toda la producción de Fernández, y que puede ser redactado fácilmente en pocos días.

    Se podría objetar que la explicación psicológica sería suficiente siempre y cuando el responsable último de la declaración hubiese sido el cardenal Fernández, pero lo cierto es que fue refrendada por el mismo Papa Francisco. ¿Por qué lo permitió? Veo aquí tres posibilidades que no se excluyen totalmente entre sí. La primera es porque el pontífice está seriamente presionado por los episcopados progresistas, principalmente el alemán, sobre las reformas que prometió realizar en la Iglesia a cambio de votos, según fuera relatado en su momento por el cardenal Daneels. Y con FS les tira un hueso descarnado para que se entretengan un rato mientras él gana tiempo… para su próxima muerte. Es la táctica que ha seguido durante todos estos años: darles lo que ya tienen, tema sobre el cual ya hablamos en este blog. La segunda es que Bergoglio está mayor y enfermo, y ya no tiene la astucia que tenía hace algún tiempo. Se deja envolver más fácilmente, cede a las zalamerías de su favorito y se confía ciegamente en él. Las cosas ya no funcionan tan bien como antes. Finalmente, podría darse el caso que Fiducia supplicans haya sido un error garrafal de Tucho, el que pagará muy caro. Sobrevinieron consecuencias del todo inesperadas que complicarán no solamente lo que resta del pontificado de Francisco sino también el próximo cónclave. Se trataría de un error análogo al de Traditionis custodes que provocó el exilio a la insignificancia del cardenal Arthur Roche (a propósito, la interpretación que dimos hace poco menos de un año sobre la anunciada constitución apostólica que barrería los restos supérstites de la liturgia tradicional y por la cual fuimos severamente criticados, resultó acertada).

    Finalmente, advierto sobre un aspecto metodológico que plantea FS y que resulta preocupante. La declaración se apoya para sostenerse argumentalmente en una distinción innovadora: la existencia de bendiciones litúrgicas o rituales y las bendiciones pastorales, distinción que tendría como único locus theologicus el magisterio del papa Francisco. Se trata, por cierto, de una argucia que no pasa el mínimo análisis serio y que podrá ser desbaratado fácilmente. El problema, sin embargo, es que el cardenal Fernández, según se comenta, planea continuar aplicando este mismo principio para otros casos. El próximo sería la ordenación de diaconisas. Para ello recurriría a la distinción de ordenaciones sacramentales, que seguirían reservadas solamente a los varones, y ordenaciones pastorales o como quiera llamarlas, a las que podrían acceder también las mujeres. Más allá de los disparatado de esta novedad teológica, el principio podría ser aplicado de modo análogo a una infinidad de casos; por ejemplo, podríamos tener sacerdotisas pastorales que estarían habilitadas para una consagración no sacramental del pan y del vino, y para otorgar un perdón misericordiante y no sacramental en la confesión. O bien, podría darse el caso que la inventiva del cardenal Fernández distinguiera entre relaciones sexuales pecaminosas y relaciones sexuales amorosas: las primeras serían las que se dan entre personas de cualquier género en situaciones de sexo casual, y continuaría siendo pecado mortal, y las segundas cuando media una relación afectiva entre los intervinientes. Las posibilidades son infinitas.

    El pontificado de Jorge Mario Bergoglio -todos lo recordamos-, comenzó siendo una farsa. Diez años después de ha convertido en una catástrofe. 

    

viernes, 29 de diciembre de 2023

El cardenal Fernández: un príncipe que retornó a su pueblo

 


por El jején de Alcira


Alcira Gigena es un pueblo ubicado en el suroeste de la provincia de Córdoba. Araña los seis mil habitantes y es uno de los tantos pueblos ventosos y aburridos de las pampas argentinas, más aburrido y deprimente aún que Calchín, el pueblo donde nació el escritor Héctor Bianciotti, cuya vida monótona y polvorienta inmortalizó en Lo que la noche le cuenta al día.

    Calchín dio al mundo dos celebridades: Bianciotti, que ocupó en la Academia Francesa el puesto de André Frossard, y Julián Álvarez, un joven futbolista que se lució en la selección argentina en el mundial de 2022. Alcira Gigena también tiene su celebridad: como una amapola de las pampas, de aquí emergió el cardenal Víctor Fernández, prefecto del dicasterio de Doctrina de la Fe.  

    Yo vivo en Alcira, en una casa intrascendente sobre el bulevar de palmeras y farolas azules que divide el pueblo en mitades. Poco antes de la Navidad de este año se supo que, desde Roma, el cardenal Tucho hacía saber a nuestro párroco, el buen padre Germán, que quería regresar a su pueblo. “¡Qué orgullo para ustedes!”, decía el purpurado mientras preparaba su maleta en su casita de los jardines vaticanos. Él nació y creció aquí, en Alcira Gigena. Siempre fue un niño y adolescente “raro”, medio poeta, de languideces existencialistas, amante de cosas piadosas y de ánimo delicado. Después se fue al seminario, donde su personalidad perseveró en la delicadeza de sentimientos. Son conocidas en el ambiente clerical de la diócesis de Río Cuarto sus pertinaces acercamientos a los superiores y sus suspiros cuando, hablando con el rector, le confesaba: “Ay padre; cuánto sufro cuando escucho a mis compañeros criticarlo a usted y a otros formadores. ¡Qué doloroso es que se rompa la unión de nuestra comunidad”. De Río Cuarto pasó a la ciudad de Córdoba, y de allí a Buenos Aires. Y así, Víctor Manuel se fue yendo del pueblo, el que comenzó a olvidar su silueta delgada y su andar pizpireto. ¡Y llegó a Roma y fue hecho cardenal! Y él quería regresar en estas navidades con su sotana roja a recibir el afecto de los suyos y los honores pueblerinos. Y así lo hizo.

    Se vistió con sus mejores galas cardenalicias, propias de los rígidos clericalistas como el cardenal Burke, y entró saludando por la nave central de la única iglesia local. Parecía una novia ingresando al templo; sólo faltaba la marcha nupcial y el novio esperándola al pie del altar ("Roja y radiante va la novia", me susurraba al oído un antiguo compañero de la escuela primaria del cardenal mientras contemplaba el espectáculo y recordaba la sesentosa canción de Antonio Prieto). Se descubrió una placa inmortalizando su visita y señalando que allí solía rezar él, de modo que todos los conductores distraídos y los adormilados viajantes de comercio que en lo sucesivo se aventuren a las soledades de Alcira Gigena, sepan que están pisando un lugar histórico. También la intendente lo declaró ciudadano ilustre; hubo regalos, muchas fotos  y besos. Los lectores de este prestigioso blog pueden ver aquí un breve video que resume el recorrido del cardenal.

    Pero la hilacha aparece siempre. El estupor de los alcirenses fue creciendo al escuchar las palabras que el homenajeado desparramaba en la homilía de la misa. Insistió en marcar que Alcira es un pueblito insignificante (dijo otra palabra grosera que prefiero evitar), que no tiene posibilidades de nada y que por eso hay que irse. Pero él, sin embargo —mírenlo bien—, él ha logrado sobresalir y hoy es mundialmente conocido. En ese contraste, entre lo que es la insignificancia de Alcira y la magnitud de su actual figura, sin embargo se puede extraer una enseñanza. Y así, como sabio que es, la verbalizó frente a los alcirenses: aún de lo más irrelevante y despreciable puede surgir lo más grande. Por ello no hay que deprimirse ni dejar de aspirar a la grandeza y a las altas dignidades.

    Nos echó una capa de alquitrán y nos dijo que él pudo quitársela de encima; a él, que era negro como la pez por haber nacido en Alcira,  podemos verlo ahora rojo como la grana viviendo en Roma. La distancia entre el príncipe y el común de los plebeyos, que somos nosotros, nos debe servir de orgullo y de consuelo en el horizonte gris y ventoso que habitamos.

    El colmo de la molestia de mis vecinos se dio cuando, a propósito de la distinción municipal de ciudadano ilustre, el purpurado, siempre de sotana y solideo rojos, bromeaba acerca de lo que significaba la distinción recibida (él, aclamado por las naciones, es distinguido con un pergamino inútil por una gruesa y teñida intendente) y no tuvo mejor idea que hacer mención a la película de Gastón Duprat El ciudadano ilustre. La sarcástica referencia no cayó nada bien y sigue comentándose después de su partida. Ese paralelismo no era lo que la gente esperaba.

    Es cierto que las formalidades pueblerinas suelen ser un poco cursi. Es cierto que para quien se codea con el Papa y le escribe sus papeles, los discursos escueleros, las flores, los regalos de artesanía local, los libros del párroco y los pergaminos municipales son poca cosa, y apuesto a que los habrá tirado en el primer cesto de basura que encontró. Pero el afecto con olor a oveja suele ser así. Y el sinsabor de las ovejas queda, hasta que el olvido se lo lleve.

    El ciudadano ilustre vino y no pudo ocultar su sobradora superioridad; por algo está donde está. Pero ya se fue, como el de la película y, como Mambrú, no sé cuando vendrá otra vez.


[Junto a agradecer al jején de Alcira por esta crónica, no quiero dejar de llamar la atención sobre la vulgaridad del cardenal Tucho Fernández, cada vez más desatada. En el minuto 3 del video enlazado más arriba, se expresa de un modo soez durante la homilía, y poco después, en una entrevista concedida a la inefable Elizabetta Piqué, utiliza la expresión “mala leche” para referirse a quienes cuestionan Fiducia supplicans, expresión que, aunque en España sea de carácter coloquial, en Argentina es particularmente vulgar y zafia. Este es el nivel de quienes gobiernan la Iglesia. Al respecto, recomiendo este artículo del esclarecido intelectual argentino Bernardino Montejano].

lunes, 23 de octubre de 2023

Recomendaciones varias


 Servais-Théodore Pinckaers, O.P., La vida espiritual. Ensayo de teología espiritual según San Pablo y Santo Tomás de Aquino.

Un gran libro. De lo mejor que he leído sobre espiritualidad. Y no es para menos viniendo de un eximio conocedor de la materia y también de la teología moral: el padre Pinckaers, autoridad indiscutible en el ámbito de la ética de las virtudes.

Hay un hecho curioso que hace poco señalaba un sabio amigo: cuando se lee la Suma de Santo Tomás de Aquino, habitualmente se pasan sin prestarle demasiada atención las cuestiones 106 a 108 de la Prima Secundae, que son las que tratan sobre la Ley Nueva. Para Pinckaers, en cambio, estas cuestiones son centrales para comprender la espiritualidad cristiana, pues en ellas el Aquinate explica como toda nuestra vida espiritual está sostenida sobre la Ley Nueva que trajo Nuestro Señor y que consiste en la gracia del Espíritu Santo. A diferencia de la Ley Antigua, no es una ley escrita sino que es vida en el corazón de los fieles. En otras palabras, se trata de pasar de una moral de la obligación a una moral de las virtudes.

La espiritualidad católica, luego del Concilio de Trento y por influencia del nominalismo, dejó poco a poco de lado la dimensión interior que debe reglarla y que consiste en la práctica de las virtudes, para concentrarse en una dimensión externa: la obligación de la obediencia a ciertos mandatos. Ya no es el amor el que rige sino el deber. 

Lo que explica Pinckaers, basado en San Pablo y en Santo Tomás, es la moral tradicional que puede parecer una moral novedosa y que cambia la perspectiva no solamente de nuestra conducta sino de todo el entramado de la vida espiritual. Y, además, Santo Tomás deja de ser visto solamente como un gran teólogo para convertirse en un maestro espiritual.

El libro está disponible en Amazon en versión Kindle y papel. 



Rodrigo Menéndez Piñar, El obsequio religioso. El asentimiento al Magisterio no definitivo.

Don Rodrigo Menéndez es un sacerdote de la arquidiócesis primada de España y ha publicado un interesante estudio sobre el últimamente remozado tema del “magisterio”. Hace pocos días hemos visto como el prefecto del dicasterio de Doctrina de la Fe ha querido meter a empellones su propia interpretación de Amoris letiatiae en la categoría de “magisterio ordinario”, obligando a todos lo católicos a aceptarla. Afortunadamente, el cardenal Müller le puso los puntos sobre las íes a nuestro compatriota de Alcira.

Pero el tema es complejo. ¿Qué es el “magisterio ordinario”? La cuestión podría no haber despertado confusiones si los papas se dedicaran, como antes, a hacer cosas muchos más productivas que escribir encíclicas o exhortaciones apostólicas. León XIII, por ejemplo, escribía poesías latinas y aspiraba rapé. Esos sí que eran papas… Pero la gran multiplicación de expresiones magisteriales por parte de los papas en los últimos tiempos, así como la inseguridad cada vez mayor de muchos fieles ante la confusión doctrinal en la que vivimos, provoca la necesidad de indagar sobre la cuestión. En efecto, algunas recientes intervenciones pontificias  (especialmente desde el Concilio Vaticano II) afirman cosas contrarias a lo que el mismo Magisterio venía presentando anteriormente como garante de la Tradición. Algunos ven en estos cambios la liberación de la Iglesia de las deudas oscurantistas del pasado. Si amamos a la Iglesia y poseemos el deseo de conocer la verdad, debemos saber cuáles de sus enseñanzas —sobre todos las producidas a toneladas en los últimos cincuenta años— pertenecen efectivamente al Magisterio, y cuáles no son parte de él.

El libro del P. Menéndez Piñar, prologado por Mons. Athanasius Schneider, es un instrumentos privilegiado, por la seriedad con la que fue escrito, para resolver esas dudas.

El libro fue editado en España por el Instituto San Ildefonso de Toledo y en Argentina por ediciones Del Alcázar. Aquí puede conseguir mayor información sobre el libro.


José María Pemán, Doce cualidades de la mujer.

Creo que no es necesario presentar a Pemán, una de las mejores plumas de la lengua española del siglo XX y, como corresponde, convenientemente silenciado por el progresismo. Porque Pemán era católico y tradicionalista, y aún teniendo estos graves defectos, era un hombre talentoso, capaz de incursionar en todos los géneros literarios y hacerlo bien, con genio, de modo tal que muy pocos pueden aburrirse cuando lo leen.

En este caso, Doce cualidades de la mujer, es un libro integrado por doce capítulos, escrito a comienzos de los ’50, y que contó con una sola edición. Se comprende que es un libro que en la actualidad no podría escribirse porque el feminerío se levantaría horrorizada al leer que Pemán dice nada más que la verdad sobre la mujer. No la denigra ni se burla de ella; la describe, con sus aspectos positivos y sus aspectos negativos. Y lo hace con su genio y su gracejo de modo tal que aún cuando no se esté del todo de acuerdo con él, al menos arranca varias sonrisas.

Ciertamente, se podrán discutir algunas de sus afirmaciones; otras podrán ser consideradas como meros prejuicios culturales. Sin embargo, la cuidada descripción de la psicología femenina está allí, patente e innegable para todos… y todas. Un libro interesante y divertido, para aprender y para pensar, recomendable para varones y mujeres; para los maridos y también para sus cónyuges, y para aquellos que se aprestan a entrar en el grupo de conyugados. 

Disponible en Amazon en versión Kindle y papel.




Sensatez, un canal de Youtube: Curso sobre “El nacimiento de la cultura cristiana”.

Siguiendo el libro homónimo, publicado por Homo Legens, el autor desarrolla en varios videos las diversas etapas, personajes y factores que contribuyeron al nacimiento de la cultura cristiana. Ya están subidos los dos primeros videos y los restantes se irán habilitando semanalmente.

En el canal hay también varios videos sobre temas relacionadas con la espiritualidad de los Padres de la Iglesia. 

domingo, 3 de junio de 2018

Bala de plata

 Lo que no parecía posible puesto que, pensábamos, desnudaría la miseria del papa Francisco y su falta de virtudes cristianas, sucedió el sábado último. Aceptó la renuncia de Mons. Héctor Aguer al arzobispado de La Plata y nombró en su lugar a Mons. Víctor “Tucho” Fernandez. Disparó una bala de plata que no matará al hombre lobo pero que será efectiva para matar lo mucho de bueno que quedaba en esa arquidiócesis y en su seminario, y también para asestar el tiro de gracia al episcopado argentino que quedará definitivamente marcado por la mediocridad y la insignificancia.
Tal como el mismo Mons. Aguer explicó en su homilía de despedida y como completaron otras fuentes, la renuncia fue presentada cuando cumplió 75 años, el 24 de mayo. Siete días después recibió la llamada del encargado de negocios de la Nunciatura para transmitirle las órdenes pontificias: Corpus Christi debía ser su última liturgia pública; se nombraba administrador apostólico a  Mons. Bochatey; debía irse de la arquidiócesis inmediatamente después de la celebración,  no podrá residir en ella como arzobispo emérito, ni tampoco deberá hacer el traspaso de la sede a su sucesor. Al finalizar la misa, el obispo ortodoxo que se encontraba presente, tomó el micrófono y le ofreció a Mons. Aguer su casa para alojarse puesto que, literalmente, no tiene dónde ir (sus planes eran retirarse el ex-seminario menor de La Plata).
Me pregunto si esta desembozada venganza y manifestación de la carencia no sólo de virtudes cristianas sino también humanas, e incluso de la más elemental caballerosidad que ha demostrado el papa Francisco, no será también una suerte de bala de plata para él mismo. Mons. Aguer tenía predicamento y era apreciado por la mayor parte de los fieles argentinos debido a la claridad con la que decía las cosas y su valentía en defender el Evangelio, que es justamente lo que los fieles buscan en sus pastores, y no encuentran. En pleno debate por el aborto, la voz de Aguer había sido particularmente clara, y los católicos que están librando una buena batalla encontraban en él un cierto liderazgo. Desplazarlo de un modo tan humillante provocará que muchos de esos fieles terminen de comprender quién es verdaderamente Bergoglio. 
¿Pero quién es el arzobispo electo de La Plata? Víctor Manuel Fernández nació en Alcira Gigena, una pequeña población de la provincia de Córdoba e hizo sus estudios religiosos en el seminario mayor de la arquidiócesis de Córdoba. Uno de sus compañeros de ese entonces, y ahora sacerdote en una diócesis cordobesa, me comentaba hace algunos meses: “Fernandez siempre se ocupó de botonear [es una expresión coloquial argentina que significa delatar o acusar a alguien]. Se unía a grupos de conversación donde se criticaba a los formadores, para luego ir a contárselo. Ese fue siempre su modus operandi en el seminario y en su vida presbiteral. Trepó haciendo de buchón del poder [expresión coloquial rioplatense que se aplica a una persona que delata a otra, denunciándola a sus espaldas o contando sus secretos]. Siempre estuvo del lado del poder, pero haciéndose el víctima: “Ay, padre Rector, cómo me preocupan mis compañeros que dicen tal cosa ... me preocupa que no tienen sentido eclesial porque fíjese lo que dicen de usted que es el rector…”; “Ay, monseñor, qué dolor que me producen los sacerdotes Fulano y Mengano. Cómo quisiera que tengan más sentido de unidad diocesana y eclesial , que no critiquen así al obispo (que es usted)”. Estas artes y un mediocre doctorado en teología conseguido en la Universidad Católica Argentina, lo llevaron a convertirse rápidamente en el valido del cardenal arzobispo de Buenos Aires, condición que aún ostenta y que ha ocasionado que en la curia vaticana se lo conozca como il coccolato, es decir, el consentido del papa. 
Como profesor en la Facultad de Teología porteña no se destacó particularmente por sus méritos intelectuales sino más bien por lograr, con ayuda de sus conocidas habilidades, convertirse en decano de esa Facultad en desmedro del padre Carlos María Galli, teólogo de referencia en Argentina, y a quien le correspondía naturalmente el puesto. Esto sucedió a mediados de 2008 y pronto lanzó su candidatura al rectorado de la Pontificia Universidad Católica Argentina. Fue propuesto en varias ocasiones para ese cargo por el cardenal Jorge Bergoglio, pero la Sagrada Congregación para la Educación Católica lo rechazó siempre no sólo por el modesto nivel académico del candidato, sino también por las dudas en cuanto a la ortodoxia de su doctrina. El padre Fernández, en efecto, había hecho declaraciones públicas bastante vidriosos y ambiguas cuando se discutía en el Congreso de la Nación la ley del matrimonio igualitario. Pero el arzobispo porteño no se dio por vencido, presionó a oficiales de la curia e incluso, viajó él mismo a Roma para lograr su propósito. Finalmente, el 15 de diciembre de 2009 Tucho Fernández se convertía en rector aunque el juramento de rigor, debido a la oposición romana, recién pudo efectivizarse casi dos años más tarde. 
El cardenal de Buenos Aires, que “es un dictador despiadado y vengativo”, [estas fueron las palabras de una prelado de la curia romana cuando aconsejó a los miembros del Consejo Magistral de la Orden de Malta que no reeligieran a frey Matthew Festing como gran maestre. Cf. Marcoantonio Colonna, The Dictator Pope, 2017] dos meses después de convertido en sucesor de Pedro, nombró al padre Víctor Fernández ordinario de la desaparecida arquidiócesis de Tiburnia, es decir, arzobispo in partibus, como un premio para él y una humillación para quienes se habían opuesto a sus intenciones. Esa venganza y humillación, propia de corazones pequeños y almas miserables, se coronó con la designación de Tucho como sucesor de Mons. Héctor Aguer, un teólogo de valía, uno de los pocos con los que contaba el episcopado argentino.

La amplísima producción bibliográfica del arzobispo electo de La Plata comprende título tales como Para liberarse del aburrimiento y la rutina (San Pablo, Buenos Aires, 2004); Para liberarse de esa sensación de debilidad interior (San Pablo, Buenos Aires, 2004) o Para mejorar tu comunicación con los demás (San Pablo, Buenos Aires, 2005). Es importante notar que, con excepción de un solo libro publicado en Herder, todo el resto de sus abundantes obras teológicas han sido publicadas en editoriales destinadas a la divulgación y que no exigen ningún tipo de referato o evaluación previa sobre lo que editan, procedimiento que garantiza la seriedad del trabajo. Es el caso de ediciones San Pablo o Ágape de Argentina, o Dabar y Palabra de México. Un rápido recorrido por los catálogos de estas editoriales permite corroborar, además que, en promedio, los libros escritos por Mons. Fernández tienen una extensión máxima de ochenta páginas.
  El libro insignia del teólogo pontificio es el titulado Sáname con tu boca. El arte de besar (Lumen, Buenos Aires, 1995), en el que Su Excelencia comienza explicando al lector:
Te aclaro que este libro no está escrito tanto desde mi propia experiencia, sino desde la vida de la gente que besa. Y en estas páginas quiero sintetizar el sentimiento popular, lo que siente la gente cuando piensa en un beso, lo que experimentan los mortales cuando besan. Para eso charlé largamente con muchas personas que tienen abundante experiencia en el tema, y también con muchos jóvenes que aprenden a besar a su manera. Además consulté muchos libros, y quise mostrar cómo hablan los poetas sobre el beso. Así, tratando de sintetizar la inmensa riqueza de la vida, salieron estas páginas a favor del beso. Espero que te ayuden a besar mejor, que te motiven a liberar lo mejor de tu ser en un beso. [p. 11]
Pese a los esfuerzos realizados, no he podido dar con un dato cierto sobre el factor de impacto de esta importante publicación, es decir, mediciones científicamente realizadas que muestren si, efectivamente, desde su fecha de publicación a esta parte, los jóvenes y adultos han aprendido a besar mejor, o si lo mejor de cada uno de ellos se ha liberado eficazmente a través de un beso. 

La ingente producción bibliográfica de Mons. Víctor Fernández y su calidad académica podrían poner de manifiesto que los curiales vaticanos comenten una gran injusticia calificándolo de coccolato (o chupamedias) del papa. Su cercanía al pontífice y la confianza que éste ha depositado en su capacidad teológica estarían plenamente justificadas. Y para ejemplo de esta hipótesis, propongo el siguiente párrafo de una carta escrita por Su Excelencia pocos meses después de la elección del papa Francisco y publicada en la revista argentina Vida pastoral:
No jodamos. Por favor, los que queremos estar con la gente no dejemos de reconocer los valores que encarna este papa Francisco. Hoy estos valores no son tan frecuentes. Dejémonos de joder. Podemos detenernos a encontrar el pelo en la leche y lo vamos a encon­trar. Pero en este mundo no existe la pureza absoluta y creo que estamos ante una oportunidad inmensa para volver a poner en el centro a Jesu­cristo y al pueblo que Dios ama. Las últimas declaraciones de Jalics, junto a la opinión de gente de iz­quierda con buena información, como Pérez Esquivel, Oliveira, Fer­nández Meijide, Navarro y otros, muestran que Bergoglio no cagó a nadie, no fue cómplice de la dicta­dura, no dejó de ayudar a ocultarse o a escapar a quienes se lo pidieran e intercedió por algunos en la medi­da en que podía, porque ni siquiera era obispo.
Es notable la capacidad literaria de Mons. Fernández que, en un breve párrafo, es capaz de conjugar verbos particularmente significativos y apropiados para su investidura de arzobispo, rector de una universidad pontificia, teólogo papal en funciones y ahora, arzobispo de La Plata, tales como “joder” o “cagar”. Recordemos que, en la lengua española y según el diccionario de la Real Academia, “joder” significa “practicar el coito” o “poseer sexualmente a una mujer” y, en el Río de la Plata es un modismo sumamente vulgar de expresar fastidio por algo. “Cagar”, por su parte, significa literalmente “evacuar el vientre”.
Alguien, con toda razón, podrá cuestionar si, como aquí se afirma, Mons. Fernández es quien oficia en la práctica de teólogo pontificio. El “teólogo de la casa pontificia”, o “maestro del Sacro Palacio” como era conocido tradicionalmente, es el dominico Wojciech Giertych, que resulta prácticamente desconocido para todo el mundo. Su función es asesorar el Sumo Pontífice en las cuestiones teológicas, asistiéndolo en la redacción de los documentos que emanan de su sede, tales como encíclicas, exhortaciones apostólicas, discursos, etc. Lo curioso es que en los documentos más importantes con los que el papa Francisco ha ejercido su función magisterial, fray Wojciech no solamente no ha tenido intervención alguna, sino que ellos reproducen literalmente párrafos completos de libros escritos por Mons. Victor Fernández. 
Detengámonos en el que quizás sea el documento pontificio más importante y controvertido del pontificado de Bergoglio: la exhortación apostólica Amoris laetitia. Tres de los parágrafos centrales -el 300, 301, 302 y 305- y que son los que han causado mayor inquietud y confusión en los fieles, contienen copias textuales de párrafos completos de las obras de Mons. Fernández, tal como Sandro Magister demostró fehacientemente.
Que en las encíclicas y documentos papales haya innumerables citas de otros autores debidamente referenciadas, es regla y norma. Y esto es así porque de esa manera queda claro a los fieles que lo que el Papa está afirmando no es nada nuevo -cosa que no podría hacer- sino simplemente explicitando de otro modo algún punto del Depósito de la Fe que la Iglesia ya poseía a través en las Escrituras y en la Tradición. Y lo hace siguiendo las enseñanzas de los Padres, doctores y pontífices que lo han precedido. 

También se sabe que, en general, no son los papas quienes escriben sus encíclicas sino los teólogos que lo asesoran, aunque el pontífice es quien da su aprobación y estampa la firma. Es lógico que así sea. El papa está envuelto en un sinnúmero de ocupaciones; pocas veces son teólogos o intelectuales y el magisterio es demasiado serio para escribirlo a la ligera. Los papas que escribieron sus propios documentos fueron pocos: León XIII y Benedicto XVI, entre los reciente, por ejemplo. Pero una cosa muy distinta es utilizar el método estudiantil de “cortar y pegar”, esperando que el profesor no se dé cuenta que se está cometiendo plagio. 
Otra posibilidad, y la más probable desde mi punto de vista, es que el mismo Víctor Fernández sea el que escribió el documento, o buena parte del mismo. Esto añade un elemento de preocupación más a todos los fieles católicos, puesto que nada menos que el autor del clásico Sáname con tu boca. El arte de besar, es quien establece la enseñanza de la Iglesia universal.
Concedamos una vez más el beneficio de la duda y supongamos que, en realidad, estas copias textuales de las obras de Mons. Fernández asumidas como propias por el papa Francisco no tienen pretensiones de convertirse en parte del magisterio ordinario y, por tanto, pueden ser desantedidas por los fieles. Pero no es así. El mismo arzobispo de Tiburnia afirmó en una entrevista a un diario italiano que: “El Papa está convencido de que lo que ya ha escrito o dicho no pueda ser castigado como si fuera un error. Por lo tanto, en el futuro todos podrán repetir esas cosas sin miedo a ser sancionados”. Tanto para Su Santidad como para su teólogo de confianza, lo que él dice, es palabra incuestionable y sagrada. 
Hagamos una última concesión. En definitiva, muchos monarcas a lo largo de la historia han tenido favoritos y han mostrados particular aprecio y debilidad por personajes que estaban muy lejos de lo que se requería para sus funciones. Podemos, entonces, perdonar al papa Francisco que tenga un coccolato al que, de vez en cuando, deja echar mano en su escritorio. 
Sin embargo, los estropicios que provoca Mons. Fernández a toda la Iglesia con sus pininos teológicos no pueden pasarse por alto. Durante el último sínodo sobre la familia fue nombrado por el Santo Padre vicepresidente de la comisión que redactó el documento final de ese encuentro. Días antes, y en conferencia de prensa, declaró: “El matrimonio cristiano es un ideal hermoso, pero cuando se habla de gradualidad se pretende decir que hay que tomar en consideración la realidad concreta de las personas que no pueden llegar a aquel ideal, por lo que hay que recordar esa categoría del bien posible evocada por Papa Francisco en la Evangelii gaudium, a la que hay que aspirar incluso con el riesgo de ensuciarnos en el lodo del camino”.
Esta pieza de teología del Riachuelo, o del Río Cuarto, merece alguna profundización. Sabemos que a la perfección cristiana a la que todos los cristianos están llamados se llega de a poco, a través de un camino que los maestros dividen en tres etapas, y supone la adquisición de virtudes, que son hábitos, y que, como tales, se adquieren gradualmente. Pero pareciera que Mons. Fernández confunde el estado de perfección cristiana o el estado de virtudes adquiridas con el estado de gracia. A la gracia –el Dios Uno y Trino habitando en el alma-, no se llega gradualmente: se llega o no se llega; se posee o no se posee; se encuentra o se pierde. El cristiano está en gracia o está en estado de pecado. Nunca hasta ahora la teología católica enseñó que se puede estar gradualmente en gracia; media gracia o un cuarto de gracia no son medidas teológicamente vigentes.
Mons. Víctor Fernández pretendía en esa conferencia de prensa, explicar por qué un divorciado que contrajo nuevas nupcias civiles y que, por tanto, vive en estado objetivo de adulterio, puede comulgar según lo enseña la nueva doctrina católica, y es porque aún no ha llegado al grado de “matrimonio perfecto” sino que se está acercando gradualmente a él. Esto quiere decir que su alma vive en un estado gradual de gracia, inferior al máximo deseable, pero la suficiente para poder recibir la sagrada eucaristía sin cometer sacrilegio.
Cuando Jesús salía para irse, vino un hombre corriendo, y arrodillándose delante de Él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús le respondió: Tú sabes los mandamientos: ‘No mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.’ (Mc. 10, 17-19)
El Señor no le dijo al joven rico: “Mermale un poco al asesinato; de a poco andá dejando de cometer adulterio; gradualmente…”. Mons. Fernández está proponiendo y contaminando el magisterio pontificio, con una nueva teología basada en una nueva exégesis, el “gradualismo misericordioso”. Me pregunto hasta qué punto no se trata de una falsificación lisa y llana del mensaje evangélico cuya protección y cuidado es deber fundamental del obispo de Roma.
Este es el triste personaje que ocupará la sede platense. Francisco lo hizo.